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MANUEL FALCES/I

Manuel Falces es un hito en la fotografía española del último tercio del siglo pasado. Su memoria goza ya de un unánime reconocimiento internacional, y en su obra y su legado se suman dos logros al alcance de muy pocos: el trabajo de un creador a contracorriente que nunca respetó los límites estéticos e institucionales establecidos en su tiempo, y la decidida voluntad de hacer de la fotografía un lenguaje de utilidad pública. Nos parece un creador imprescindible porque nunca dejó de hacer y porque nunca dejó de poner en cuestión lo que estaba haciendo. Su obra está del lado de acá de la belleza. Es una celebración ferviente del poder del lenguaje artístico, de la soberanía de la ficción como respuesta a los términos en que lo real nos viene envuelto.

Les invitamos a visitar la página dedicada a Manuel Falces (www.manuelfalces.com)  dirigida por Matilde Sánchez donde se realiza un encomiable trabajo de recuperación y exposición de la obra.

En esta primera entrega contamos con un texto, escrito en 2011, de Mariano Maresca;, una biografía sobre Manuel Falces de Miguel Ángel Blanco Martín; el programa emitido por TVE en su espacio Metrópolis en el año 1987 dedicado al fotógrafo; un texto introductorio de Manuel Falces, Miradas Compartidas, correspondiente a la primera edición del libro José Ángel Valente: Para siempre la sombra;  y finalmente las fotografías incluidas en dicho libro.


Fases de este proceso

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4MIRADAS COMPARTIDAS*

MANUEL FALCES




Texto introductorio a José Ángel Valente. Para siempre: la sombra, de Manuel Falces, Madrid,Fundación Telefónica, 2001


José Ángel irrumpió en mi vida -en nuestras vidas, en la de mi familia- a mediados de 1980; con él mantuvimos una estrecha amistad. Entre otras colaboraciones, realizamos dos libros: Cabo de Gata. La memoria y la luz y Las ínsulas extrañas. Lugares andaluces de Juan de la Cruz. Un tercer libro quedó pendiente (como otros proyectos en la Costa de la Muerte en Galicia, Lanzarote y Almería). De este último sólo le quedó el recuerdo de una maqueta y un gran interés en haberlo visto impreso; la muerte urgió en retirárselo de las manos. Recuerdo su forma de trabajo: escribía en directo, no le gustaba hacerlo en diferido sobre una imagen; o lo que es lo mismo, sobre las fotos que le dejaba en la mesa. Siempre quería participar del acto fotográfico, compartir la mirada, estar en directo en el escenario, analizarlo minuciosamente, escrutarlo para llevarse algo más que una vaga imagen de los espacios. Recuerdo los paseos que hicimos juntos entre las ruinas del paraje nijareño conocido como El Higo Seco para la Memoria y la luz. Escribí, al respecto, que mientras yo disparaba la cámara, él tomaba notas en un bloc con rapidez singular; parecía ausente; casi ido como los místicos. Allí concibió poemas como «Imágenes de imágenes de imágenes» o el que comienza como «What killed the dinosaurs». Sintió una especial fascinación por este lugar: «hay higueras y olivos en el Higo Seco y un gran espacio en el que se suspende, repentino e insólito, el canto de algún pájaro». Decía que estaba en un contexto «donde se aposenta y vive con todo su poderío la luz», que era «reserva inapreciable de belleza, paraje que invita a la quietud  del ánimo, a la contemplación o al despacioso movimiento sumergido en el que toda contemplación tiene su origen» (Cabo de Gata. La memoria y la luz). 

Ahora tengo en mis manos un libro, No amanece el cantor, del cual recupero con especial añoranza su dedicatoria (1992): «para Matilde y Manolo con el reiterado afecto de un viejo amigo». Sin este «reiterado» afecto, difícilmente podríamos entender la presente edición: José Ángel Valente. Para siempre: la sombra. Toda la obra de Valente tiene una cita recurrente con este planeta infinito de insinuaciones que parten de la sombra -uno de los ejes de este libro. Aquí nos encontramos en un universo poético donde la palabra es la sombra de sí misma: «EL CUERPO del amor se viste transparente, usado como fuera por las manos. Tiene capas de tiempo y húmedos, demorados depósitos de luz. Su espejo es la memoria donde ardía. Venir a ti, cuerpo, mi cuerpo está dormido en todas tus salivas. En esta noche, cuerpo, iluminada hacia el centro de ti, no busca el alba, no amanece el cantor.» Se trata de un poema que pertenece a No amanece el cantor, incluido en una serie titulada Nuevos textos sagrados, de Tusquets Editores. En él conecta con la espiritualidad de la totalidad de su producción -su palabra poética- y que corre en paralelo con lo difuminado de la imagen pretendida para sus textos: «La médula de la palabra poética es -no como mero adorno del decir o sobreimposición a lo ya conocido de un ornamento de cierta o dudosa fortuna, ni tampoco o mucho menos todavía como transcripción de la mecánica vulgaridad del vivir-, sino como generadora de lo aún no conocido ni jamás dicho, es decir, como núcleo de la creación, como portadora de la revelación». Palabra a la que, a su vez, conecta con las visiones bíblicas del profeta Isaías y el Apocalipsis de San Juan a través de un poliedro infinito de imágenes reales, ficticias e imaginadas. «Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva […] anuncia la palabra poética», escribía en el texto del discurso pronunciado ante S. M. la Reina con ocasión de la entrega del VII Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana., en el que categóricamente asertaba que «la palabra es la raíz de toda creación».

Sostenía Valente que «Toda creación nos remite interminablemente al comienzo. Toda creación es nostalgia del acto creador inicial. Toda creación asiste al nacimiento de las letras[…] La primera cosa creada -dos mil años antes que el cielo y la tierra-, dice la tradición, fue la Torá.  Es decir el Pentateuco, los cinco libros fundantes de la tradición bíblica y, en particular, el Génesis. La Torá estaba escrita con fuego negro sobre fuego blanco y colocada en las rodillas de Dios. La Torá es la primera y más radical emanación de la sabiduría de aquél. Por eso cuando Dios decidió crear el mundo pidió consejo a la Torá». Para él, la totalidad de este corpus literario. El de la palabra poética en abstracto, se podía integrar en cualquier área de creación (y, por supuesto, en la fotografía).

Juntos recorrimos los itinerarios de San Juan  de la Cruz por Andalucía: aquí fue donde manifestó su interés en visitar el aula donde impartió clases Antonio Machado (Baeza,  Jaén) y hacerse un retrato en la misma. Durante este viaje nos introdujimos en los pacíficos laberintos de los conventos de clausura del Carmelo. Recuerdo haber escrito, entonces, cómo nos sorprendió la contemporaneidad de los comentarios expresados por sus habitantes en unas moradas que parecían sacadas de la noche de los tiempos. Allí ya avanzó algunos de los comentarios que redactaría después: «Cuando el Santo, bendito sea, quiso crear el mundo, miró la Torá, palabra por palabra, y en correspondencia con ella cumplió la obra del mundo; pues todas las acciones de todo el mundo están en la Torá […].Cuando Dios emprendió la creación dd mundo por Su Palabra -y adviértase que estamos girando en todo momento en torno a la identidad última de creación y palabra- las veintidós letras del alfabeto descendieron de la corona de Dios, donde habían sido grabadas con una pluma de fuego ardiente. Todas menos el Alef, que representa la energía envolvente de todo lo divino, pidieron al Padre que creara el mundo empezando por una de ellas. Dios atendió la súplica de la letra Bet, la segunda del alfabeto […]».

Entonces explicaba cómo escribió en clave de género sacro Tres lecciones de tinieblas (1980), influido por ·la música de François de Couperin, sin olvidar otros que la cultivaron, desde los grandes maestros anónimos del gregoriano a Victoria, Palestrina, Thomas Tallis, Charpentier, Delalande... : «me situé para hacerlo en el eje vertical, el eje de las letras, cuyo canto no tiene argumento, la letra se dice a sí misma en un canto melismático. Desde esa perspectiva, mi poesía se hace «canto de la germinación y del origen de la vida como inminencia y proximidad». Fueron palabras que transcriben su noción poética -perfectamente transferibles al espacio poético fotográfico-; siempre vio en el medio algo mágico; decía que las instantáneas participaban de la naturaleza de una especie de verbo capaz de articular infinitos relatos; que una foto era una huella, una evidencia susceptible de múltiples lecturas, tantas como el número de ojos que las leen. Lo cierto es que jamás tuvo una especial afinidad por una corriente o tendencia fotográfica determinada, si bien su nivel de exigencia llegaba a los límites de que una foto contara «algo», que describiera "una atmósfera y que al menos arrastrara una dosis mínima de misterio.

Su apuesta por lo multidisciplinar justifica, en cierta medida, la realización de José Ángel Valente. Para siempre: la sombra. Había que conectar con esos territorios de nadie donde armonizan palabra e imagen; con un método similar al que empleó con la música. En un artículo aparecido al día siguiente de su fallecimiento en las páginas de cultura de El País, explicaba Mauricio Sotelo cómo Valente, «con una lucidez extrema», le recordaba, durante el trayecto que hicieron juntos por Madrid en un coche, las palabras ·con las que termina el acto de la ópera Moisés y Arón, de Arnold Schönberg: «So war alles Wahnsinn, was ich gedacht habe, und kann und darf nitch gesagt werden! O Wort, Du Wort, das mir fehlt» ( «Así era una locura, todo lo que he pensado, y no puede ni debe ser dicho. ¡Oh, palabra; tú palabra que me has abandonado!»). Alguno de los textos escritos para la obra Mnemosine, El teatro de la memoria, de este mismo autor, aparecen reproducidos fotográficamente en este libro, en un cuaderno que le era inseparable durante uno de sus ingresos hospitalarios. Fue su obsesión por el desierto, por «Nadie», la misma que le atrajo a los parajes pletóricos de ausencias del Cabo de Gata, a los de esa presunta nada arquitectónica, a los del paisaje  impreciso.

En este contexto construimos la presente narración; el eje conceptual fue el citado discurso que leyó ante S. M. la Reina Doña Sofía. Sus textos caligrafiados sobre las fotografías están abrigados por dos poemas pertenecientes a Tres lecciones de tinieblas (1980): «Bet» y «Zayin». En «Bet» contaba que esta letra nos lleva a «casa, lugar, habitación, morada: empieza así la oscura narración de los tiempos: para que algo tenga duración, fulguración, presencia». Como contrapunto: la ausencia, la huida de los lugares primarios, los de querencia. Es este el justo instante en el que las imágenes reclaman las palabras: textos que refuerzan los registros, escritos convulsivamente; un París hablado, Venecia revisitada, Berlín extraño, de nuevo los desiertos, Roma y sus foros... Escenarios para la palabra poética. El instante en que «se hace mano lo cóncavo y centro la extensión». Para Valente no existió ni la memoria ni el tiempo -«no hay memoria ni tiempo: y la fidelidad es como un pájaro que vuela hacia otro cielo» (Zayin). De aquí su fascinación por la revisión del universo y los sistemas que fijan las imágenes.

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