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MANUEL FALCES/II

En septiembre de 2013, olvidos.es ofreció una primera parte sobre los trabajos de Manuel Falces: sobre todo se editó el último libro de Manolo, su gran obra “José Ángel Valente. Para siempre: la sombra”. Ahora en julio de 2014 olvidos.es presenta Autorretratos, una pequeña colección de las muchísimas fotografías de Manuel Falces para recordar su obra desde el principio hasta el final. A esta galería unimos una conversación entre Matilde Sánchez Imberlón y Mariano Maresca grabada en 2011; un texto de Fernando Valls sobre la nueva obra Autorretratos; otro de Fernando García Lara; y un reportaje que se pudo ver en Canal Sur, en la serie Tesis, sobre la muerte de Manuel Falces.

Fases de este proceso

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4La duración de la mirada

FERNANDO GARCÍA LARA

Manuel Falces solía disparar sus máquinas instantáneas innumerables veces sobre un mismo objeto o persona para detener el instante, para inmovilizarlo y arrastrarlo al gigantesco archivo de su memoria. Utilizaba para ello unas simples maquinitas instantáneas cuyos flashes se oían ininterrumpidamente mientras él se movía y transitaba o danzaba en torno al objeto. No siempre fue así. La madurez de las instantáneas y de su tratamiento posterior correría a la par que sus preocupaciones por la incorporación de nuevas tecnologías, sobre lo que dejó escrito páginas certeras.

Contemplando ahora la espléndida serie de autorretratos que se despliega  en este número de OLVIDOS, nos percatamos de la fortaleza de los cuestionamientos a los que Falces sometió su labor, la inspiración de su práctica meditativa. La relación entre el sujeto y la fotografía apunta aquí a lo que Walter Benjamin denominó “aura” y Susan Sontag su cualidad “primitiva” o “cuasi mágica” porque manifiestan una continuidad material entre lo fotografiado y la imagen como huella del cuerpo representado. Huellas que permiten la comunicación con el otro, aunque éste estuviese ausente, y que de otro modo no podría llevarse a cabo: la fotografía como mediación imprescindible para el acto comunicador, comunicación que aquí se pretende llevar a cabo a través de la cualidad mágica de la fotografía.

Y, sin embargo, sabemos que no siempre fue así en su labor, no siempre hubo un divorcio entre el sujeto y su contexto. Los elaborados montajes de sus paisajes, circunscritos fundamentalmente a la naturaleza del Cabo de Gata, las inusitadas apariciones de objetos, animales y artefactos que irrumpen en el sujeto de sus fotografías, actúan no sólo como elementos oníricos, que también, sino como flechazos, como cortes o punctum por decirlo en lenguaje de Barthes. Una pequeña mancha en la fotografía que va al encuentro del sujeto porque también se trata de algo que habita al sujeto. Para Barthes un buen síntoma de ese encuentro es la incapacidad de nombrar lo que punza, la incapacidad de dar nombre a lo que provoca o atrae.

>Hay un momento en la biografía de Manuel Falces en el que todo ese universo meditativo va a sufrir una convulsión que le conducirá a definitivas reafirmaciones. Su encuentro con el poeta José Ángel Valente será fundamental por su común interés en la colaboración entre las artes, que derivará en varias publicaciones conjuntas,  y por una  amistad mantenida hasta el fallecimiento del poeta el año 2000.

>El otro para el uno fue motivo de sugerentes asociaciones que proliferaron con ocasión de este acercamiento y que se materializaron en los tres espléndidos libros que fueron apareciendo entre 1991 y 2001: Las ínsulas exrañas  (1991), Cabo de Gata. La memoria y la luz (1992) y José Ángel Valente. Para siempre: la sombra (2001), un espléndido catálogo de una no menos espléndida exposición celebrada en la sede madrileña de la Fundación Telefónica. De la elaboración de esta muestra recuerdo la paciencia con la que Manolo esperaba los textos manuscritos de José Ángel, por entonces con una salud ya muy quebrantada, y a quien le costaba mucho fijar la escritura de estas inscripciones que, a modo de flechazos, irrumpen en los paisajes fantasmagóricos de la Almería de Falces.

Los orígenes de la asociación difieren, sin embargo. Durante los diez años de esta estrecha colaboración, Valente continuó unido a diversos creadores: pintores, escultores y músicos, pero también a fotógrafos, de cuyas miradas le interesó sobremanera entrar con ellas en los recovecos por donde viajaban. Una fotografía de Falces tomada en un restaurante almeriense en el invierno de 1991, recuerda el encuentro de Valente con Cristina García Rodero y la ubicua pregunta que un año antes se había hecho a propósito de una exposición de ésta, España oculta: “¿Qué puede haber en definitiva detrás de un objetivo fotográfico, sino una teoría de la paciencia, de la penetración y de la duración del mirar?”, y su posterior conclusión de la naturaleza oculta de la mirada fotográfica y la inutilidad, por tanto, de hilar un discurso sobre las imágenes  “… pues parecen ellas existir para que la coherencia del discurso manifiesto se quiebre.” Principio contradictorio del que ambas creatividades emergen liberadas y autónomas, sin sometimiento mutuo y predispuestas, cada una por su lado, a adentrarse en la memoria material de sus territorios.

Fue también por esos mismos años cuando Falces recuperó su teoría de la lenta muerte de la fotografía, avasallada por las nuevas tecnologías y declinante ante el embate electrónico. Su relación al respecto es una relación histórica que va desde el daguerrotipo como productor de espectros a la banda magnética como captadora de “instantes decisivos”: “Fotomontar en este periodo de fin de siglo –escribía ya en 1980- equivale a un bello desorden de todo o casi todo. Incluso hasta esos “instantes decisivos” de Cartier Bresson (…) han de compartir escenas con otros actores o con otro decorado, y para ello han de caer en manos de un arreglista”.

Esta crucial conclusión para entender la naturaleza de su labor, está jalonada de sucesivas imágenes que parten de la primera: el encuentro entre la máquina y el hombre y el de los sucesivos decorados que desde el siglo XIX  -la cortina, la columna y el velador de los talleres fotográficos, accesorios imprescindibles hasta bien entrado el siglo XX- poblaron la imaginación de los fotógrafos hasta las diversas técnicas y prácticas del fotomontaje y la instantánea. Ese fue el territorio en el que Falces se instaló, no sin un cierto resentimiento por el entreguismo de la fotografía al voraz mercado tecnológico y una crítica añoranza por la pérdida del celuloide emulsionado, para enriquecer las formas que la poesía de Valente –en el caso de las tres publicaciones mencionadas- le proporcionaba.

La primera de ellas fue producto de un luminoso viaje por las clausuras de los conventos carmelitanos andaluces que recorriera Juan de la Cruz cuatro siglos atrás. Allí, la(s) prodigiosa(s) cámara(s) de Falces supieron captar una vida conventual intemporal en donde las haldas monjiles se mueven con inusitada maestría y unos rostros, a veces sonrientes, contrastan con la severidad de unos fondos despojados, interrumpidos a veces por imágenes de cristos y santos sufrientes. Búsqueda de espesura que tuvo el envés de un divertido anecdotario que salía a colación cada vez que algún motivo divertido nos reunía, sobre todo si se refería a la vida social o política de la provincia,  y que Manuel subrayaba con estruendosas  carcajadas que aún resuenan en mi memoria.

La segunda tiene un marco más formalmente canónico. Se trataba de ilustrar mutuamente el descubrimiento de un espacio, mundo con vida propia, que había madurado ya en la visión poética de Valente y que venía siendo un lugar recorrido incansablemente por Falces desde muchos años antes: el Cabo de Gata. Lugar en el que captar materialmente el silencio, la desolación y el despojamiento, tan adecuado para poblarlo de elementos metafísicos, que se convirtió en obsesiva tarea en la muy grata compañía de la poesía de Valente y que constituye la más alta cima de la plasmación de las formas fotográficas.

José Ángel Valente. Para siempre: la sombra es probablemente el trabajo creativo de Falces con el que culmina su tendencia a una estética fundada en el espacio íntimo de la contemplación. Confeccionada a la manera de un reportage, vuelve sobre los primeros pasos de la referencia contemplativa del autorretrato para reflexionar sobre los límites de la materia y el espíritu a través de las correspondencias en el juego entre vida y muerte. Disolución o indistinción de sujeto y   objeto fotográficos, comparten ambos, los primeros autorretratos y estas imágenes del despojamiento, una

común ubicación: rodeado por Matilde, su mujer, o por sus hijos; desplazado hacia la soledad de una habitación de hotel; proyectado infinitamente en un reflejo especular… y un mismo designio: la negativa a ser fijado en el tiempo, la voluntad de intemporalidad, la vocación de diluirse en lo incógnito, de adentrarse en la sombra donde toda forma pierde su firmeza.

Recuerdo las dificultades de Valente para llevar a cabo las labores de calígrafo que Falces le había asignado. Su precaria salud se resentía y pronto agotaba sus fuerzas. Entretanto, Falces disparaba sus maquinitas incansablemente y en cualquier lugar y circunstancia. Sin duda que fue entonces, tras de su montaje y contemplación cuando Falces, vislumbró las inquietantes figuras y sombras de los poemas de Valente, su plena identificación.

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