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PACO GRIS: LA CABEZA ESTRELLADA

Cien años después de la Primera Guerra Mundial en olvidos.es ofrecemos una versión diferente, que mostramos a través del nuevo trabajo de Paco Gris, realizado en Granada. En este proceso el lector encontrará un texto (1) del propio pintor inspirado en una fotografía de Apollinaire, a partir de la cual encontraremos cubrecabezas y lamentaciones que se muestran en unas galerías adjuntas (2 y 3). Finalmente Sergio Hinojosa (4) nos permite ver los dibujos de Paco Gris con un argumento establecido a través de unas frases o sentencias que dan lugar a una narrativa distinta.

Paco Gris

Fases de este proceso

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1La cabeza estrellada

Paco Gris

La exposición que presento en olvidos.es, bajo el titulo La cabeza estrellada, surge a raíz de la sensación que me produjo, unos años atrás, una fotografía realizada en 1916, en la que el poeta Guillaume Apollinaire (FOTO APOLLINAIRE, anchura media columna a la derecha) aparece postrado en una cama, convaleciente, de una herida en la sien izquierda producida por las esquirlas de un obús, cuando combatía en el frente de la Primera Guerra Mundial. Lo primero que atrajo mi atención de aquella enigmática imagen fue la cabeza del retratado, rodeada por un lienzo blanco, que más me pareció el despojo de una fiesta de disfraces que las secuelas de un trauma bélico. Me inspiró desde el primer momento que la vi, quizás, atraído por esa apariencia magna que destila el personaje a la par que buñuelesca.

Esta inspiración inquietante me lleva a investigar sobre la historia que hay detrás de la escena fotográfica, y descubro, que al inicio de la Gran Guerra ninguno de los combatientes iba equipado con ningún tipo de protección lo que provocó un enorme incremento de bajas por heridas sufridas principalmente en la cabeza debido, en gran parte, a la excelente precisión y capacidad letal que habían alcanzado las nuevas armas de fuego. Para dar al lector una sucinta idea de la magnitud y transcendencia del asunto, basta decir que oólo en los primeros minutos de la batalla del Somme, la más larga y sangrienta de toda la guerra, perdieron la vida más de 20.000 combatientes británicos barridos sin piedad por las ametralladoras alemanas. Durante los cinco meses que duró la matanza se cobró la vida de más de un millón de hombres y ninguno de los objetivos fijados había sido conseguido, ni por uno ni por otro bando. A día de hoy siguen apareciendo cadáveres por la zona. ¿Qué pasó? ¿Por qué ese menosprecio absoluto a la vida de los soldados que se entregaron sin reservas a aquel diluvio de fuego?

Una parte importante de la respuesta a esta pregunta la encontramos en el libro de José Ramón Mélida editado en 1887 bajo el título Historia del casco, donde puede leerse “ (…) extinguido en el siglo XVII el uso de la armadura, que vino a ser innecesaria cuando la adopción de las armas de fuego en la guerra quitó importancia al combate de arma blanca cuerpo a cuerpo, el casco se convirtió en objeto de lujo u ostentación, perdiendo todos sus caracteres de arma defensiva”.

Aunque sólo sea una débil sombra de la monstruosa dimensión del asunto, creo que la imagen del célebre poeta surrealista refleja de manera alegórica el sinsentido y la crueldad del momento, y además, me sirve como excusa para darle una cohesión temática al trabajo realizado, ya sea en sentido literal, nominal o metafórico.

Cubrecabezas

Realizada expresamente para la ocasión y desarrollada en un terreno conceptual, destaca un conjunto de 15 cuadros de pequeño formato, que forman parte de la serie titulada Cubrecabezas y que remite a la idea de las relaciones que las personas establecen con las cosas y su función social, y como la tecnología inventada puede crear o destruir el sentido de dichas cosas.

Decía Andy Wharhol : ” Cuando uno ve una imagen atroz una y otra vez, acaba por no afectarle”, y no le faltaba razón, máxime, cuando la actualidad tiende a asumir el accidente y la catástrofe como algo cada vez más rutinario y menos extraordinario. Quizás en este trabajo esa idea subyacente de la repetición de lo serial haga referencia a la interpretación visual del dicho “la historia está condenada a repetirse”. Cuando todo está patas arriba, la sociedad simplemente se reacomoda y nada cambia y lo que antes era un casco militar, en los tiempos que atravesamos, se transfiere en prendas protectoras apropiadas para repeler el riesgo de contagio biológico de un virus como el ébola, cuya tasa de letalidad puede llegar al 90%. Si a esto le sumamos una sobredosis de casos de personal sanitario infectados por no ir adecuadamente equipados nos lleva a hacernos la misma pregunta que cien años atrás se hacían los propios soldados en las trincheras: ¿estamos preparados para soportar una amenaza de este tipo?

A diferencia del gurú de la modernidad, que utilizando la técnica de la serigrafía suprimió toda huella de la mano en sus ” repeticiones”, en mis cuadros siempre está presente, imponiéndose a la más alta jerarquía de la esencia de lo representado. Son pura sensación táctil. Simplemente los llevo a mi terreno y los interpreto sobre estructuras terrosas, en los que la textura es la protagonista y aunque la técnica normalmente no tiene demasiada importancia para estas obras conceptuales, en este caso, subraya el carácter personal y único de cada pieza que además, supone un universo en sí mismo, y cada imagen es tratada con infinitas variaciones como si se tratara de metamorfosis de un mismo núcleo original, adquiriendo de esta forma un sentido individual. Desubicado espacialmente, el rostro aparece flotando sin que nada lo una al cuerpo, en la soledad total sobre un fondo crudo, perfilándose como un estigma de la barbarie de un mundo que ya no volvería a ser el mismo.

Lamentaciones

Siguiendo el sentido narrativo de la muestra, se completa con un significativo número de obras pertenecientes a la serie que he titulado ”Lamentaciones“ y en la que el observador puede ver como único objetivo representado a la figura humana, no exaltada por la belleza sino deteriorada por el dolor. Esta serie es concebida a lo largo de un espacio temporal que se remite a finales de los años 90 siendo abandonada y retomada de forma intermitente durante todo este tiempo, pero siempre empujada por la inquietante inspiración que me produce la poderosa imagen del poeta.

Revestida de una carga comunicativa humana, sólo quiere ser sensación, el registro del horror que millones de hombres pudieron vivir en las trincheras. La presencia intemporal del sufrimiento.

Hecha y desecha al mismo tiempo, la figura, inmersa en su propio aislamiento, nos transmite un mosaico de gestos desencajados, de espantos, de lamentos que se perfilan como cacofonías del terrible grito del horror ante la muerte, provocando el efecto de una sensación atroz de tragedia, unidas por un único sentimiento: la necesidad de sobrevivir, de seguir adelante en un mundo fragmentado, caótico y destructivo.

Vida y muerte son reflexiones constantes aquí.

EL color queda reducido a almagres, sutiles toques de ocres, negros y grises, (“los colores del pensamiento, la reflexión y la introspección”, que diría Tápies) ensuciando y encerrando el espacio, como si se tratara de un agujero cavado en la tierra ausente de toda impresión luminosa, confiriéndole a los cuadros una apariencia fría y distante como los poemas vacíos de Apollinaire. Escenarios desolados para personajes desolados, signos de la degeneración de la simple enemistad entre los hombres llevada al extremo, a través del rostro angustioso de la persona que sufre, sobre la superficie torturada, con todos sus errores e irregularidades como ocurrió en la guerra real.

Realizada en diferentes formatos y soportes la exploración pictórica penetra en territorios puramente informalistas y combina una variedad de técnicas y materiales que he ido aplicando durante el largo periodo de desarrollo del proyecto (inconcluso) y que son fruto de los hallazgos con los que he topado en mi formación artística alejada de los métodos académicos. En cualquier caso estamos ante trabajos muy marcados por la influencia de los grandes maestros de la pintura matérica (Tápies y Dubuffet) y de la icónica serie del expresionista noruego Edvard Munch, (”No podemos pintar eternamente mujeres que cosen y hombres que leen”) titulada El grito (1893).

El 9 de noviembre del año 1918 a las 17:00 horas, fallecía Apollinaire a la edad de treinta y ocho años a consecuencia de una congestión pulmonar durante la pandemia de gripe española que azotaba París. Los investigadores creen que los sistemas inmunológicos de los soldados se debilitaron por la tensión del combate y los ataques químicos. Dos días después Alemania se rendía. El armisticio firmado a las cinco de la madrugada entra en vigor a las once de la mañana. La guerra había terminado.

La primera guerra mundial causó más de nueve millones de muertes (una media de 5.059 bajas diarias) y a esto hay que sumarle el doble de heridos y desaparecidos, además de dejar una crisis en Europa de alcance incalculable. Fue una guerra en la que todo lo que pudo salir mal, salió mal.

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