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DIRECCIÓN ÚNICA

El profesor Sergio Hinojosa inicia una colección de reflexiones sobre la imposición del pensamiento único, sus mecánicas, tácticas y estrategias. Como señala el profesor « nuestras sociedades occidentales ofrecen a sus “ciudadanos” un contexto de precariedad y emprendimiento, en el cual, el entramado de comunicación posee una idea de sujeto individualista, competitivo y a-político, derivada en gran medida de este ámbito cognitivo y de eficiencia tecnócrata de los modelos REDER para toda organización».

Sergio Hinojosa

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3Moldeado del pensamiento

Las Ciencias cognitivas: historia de una confluencia para el moldeado del pensamiento.

Hasta el pasado siglo, la literatura, la historia, la sociología y la propia psicología han estado insertas en una producción cultural y encontraban su función a partir de ejercicio de una intelectualidad más o menos local y más o menos instituida. Su dialéctica suponía la existencia de un sujeto rodeado de libertades políticas, ciertamente limitado, pero capaz de exponer sus ideas, de reflexionar libremente, de transitar caminos no trillados sin que su horizonte se viera oscurecido por un enjambre de expertos con sus dogmas sobre cualquier aspecto de lo cotidiano o sobre cualquier decisión social o política. Tampoco aparecía el diálogo entre profesionales, de las más diversas disciplinas, interceptado por imperativos mediáticamente “correctos”, para cerrarle la boca bajo la amenaza de atentar contra esa misma sociedad. Pensemos en el cariz que tomaron las campañas contra el tabaco hace tan sólo una década o el que toma ahora el cerrado en falso debate sobre el “género”. Pues bien, la extensión de este cientificismo y el ocaso del discurso político están dejando atrás toda aquella laboriosidad intelectual y crítica como cosas del pasado. La relativa autonomía en aquellas creaciones culturales -me temo- también va siendo agua pasada.

Las denominadas ciencias cognitivas están a la base de esta nueva imago mundi que se expande con su afán homogeneizador por el globo. Estas disciplinas, cuya legitimidad “científica” se busca en la estadística y en las neurociencias, han sido definitivamente agraciadas por dos vectores en tensión: por un lado, el desarrollo digital e industrial, junto al descarnado territorio de la burocracia y de los estándares científicos; por otro, la extensión de una espoleada demanda global.

Por el polo de la configuración y el formateo de la demanda, la emergencia de diversas disciplinas en las universidades ha ido configurando esta convergencia, para desplazar a las viejas disciplinas, dada por superadas y obsoletas. Por el polo de la generación de demanda, las propias prácticas generadas están ampliando su campo.

La amalgama, que sirve de emulsionante y que encuentra amparo bajo el rótulo de “Ciencias Cognitivas”, está integrada esencialmente por la psicología cognitiva , la lingüística , las neurociencias y la inteligencia artificial con una serie de ingenierías derivadas. Se añade a estas disciplinas, más o menos formalizadas, otras más cercanas al área humanística como la antropología cultural y la filosofía cognitiva . Todas ellas parecen haber nacido para contribuir a un nuevo orden humano global, basado en un paradigma capaz, aparentemente, de unir “científicamente” el sustrato físico de lo humano con lo inmaterial... o simplemente hacer desaparecer a este último.

El declive de las disciplinas humanísticas es evidente. En los centros clave de decisión, en los que el asesoramiento e influencia de estas disciplinas tenía cierto peso, actualmente, se ha abierto la puerta a la extensión de la experticia y el cientificismo. La imagen, el esquematismo y la simplicidad (no ajustadas a “ciencia”) han sido claves en su extensión, previa minusvaloración, o incluso eliminación de las teorías y materias que prestaban tiempo y espacio a la reflexión y a la crítica dentro de las universidades, institutos centros de investigación, etc.

Quizá el mayor éxito de esta simplicidad explicativa haya sido la metáfora de la computadora, que encontró gran predicamento entre sus seguidores por ver en ella una perfecta analogía con el cerebro. La fascinación por este talismán de la nueva modernidad y la desaparición del sujeto entre las boscosas entrañas de la nueva máquina digital vinieron de la mano de la extensión de internet. Esa fascinación encontró en esta afortunada metáfora la posibilidad de reunir los distintos campos. Pero su horizonte, como en toda teogonía, se escinde en dos mitades irreconciliables: el horizonte físico y el mental. Por esta razón, uno de sus prometeicos objetivos ha sido y será el de sustanciar la relación entre ambos niveles.

El núcleo reverenciado y visible de esta amalgama es el cerebro ( Brain ) que, asaeteado por una multitud de discursos, se convierte en eje de rotación. Gracias a su carácter material, tangible y mapeado, viene a prestar infraestructura a la más etérea “mente” ( Mind ). Esta, cuyo término es de tradición sajona, se nos muestra como de naturaleza inmaterial y no localizable. Sin embargo, paradójicamente, parece quedar más a mano a la hora de justificar cualquier aspecto, en el que esté implicada la dimensión humana.

La confluencia trata de unir el discurso científico (con su nomenclatura específica y en su complejidad funcional y bioquímica) con el discurso cognitivo - altamente matematizado, aunque con nociones carentes de profundidad y un tanto ambiguas. Los puentes temáticos que se tienden sobre los “procesos mentales”, tales como la sensación, la percepción , la memoria , la inteligencia o el conocimiento , pretenden salvar el abismo entre discursos y presentar expediente suficiente para su unidad legitima… al menos hasta la fecha.

Las disciplinas implicadas en la formación de la llamada “revolución cognitiva” componen un orden escalonado de perspectivas, inscrito en el famoso hexágono cognitivo , actualmente desfasado. Así, según su cercanía al discurso considerado científico y formalizado, nos encontramos con las siguientes disciplinas:


http://scienciacognitiva.blogspot.com/p/hexagono-de-howard-gardner.html

En la cúspide de su abstracción, el ámbito cognitivo cuenta con una filosofía, que encuentra su salvación frente al peligro de extinción en el abrazo científico al conocimiento de “la mente”. Tras ella, una antropología cultural, inaugurada como cognitiva por Harold Conklin y heredada de Franz Boas y del quizá más importante antropólogo del siglo XX, el estructuralista Lévi-Strauss. Le siguen, de manera más enclaustrada en los laboratorios experimentales, las distintas corrientes y familias en el seno de la llamada psicología cognitiva. Como ciencia sapiente y cofundadora, la lingüística, sobre todo la derivada de la teoría de Chomsky y, por fin, las dos joyas de la corona: el entramado de neurociencias con sus distintas metodologías, ingenierías y disciplinas asociadas; y la glamurosa inteligencia artificial (IA en alza), que unida a las anteriores, dan caché científico al asunto. Mientras, la gamificación de los entornos presta apoyo desenfadado y juguetón a sus demandas de beneficio.

El objeto común a todas estas ciencias y disciplinas de la conformación social es la “cognición” (cuya infraestructura es el cerebro), si bien, cada vez más, como conjunto simple conjunto de reglas desnudas. Unas reglas transformativas que comandan esta cognición, entendiéndola como el producto de un sistema, inserto en el marco de una tecnología que lo alimenta con información. Una información que puede prescindir del diálogo y la reflexión, para pasar a ser filtrada por automatismo según sus capacidades específicas y sus características.

Fue en los años 50 cuando comenzó a enfocarse la “inteligencia” como simple proceso de transformación de la información , es decir, como conjunto de reglas transformativas, a partir de las cuales se podía manipular símbolos de mayor o menor abstracción. Por entonces, la “mente” había alcanzado ya un grado notable de recubrimiento estadístico y su naturaleza ya se había diseccionado en “procesos”. En los años 60 ya se habían conseguido realizar los primeros mapas cerebrales.

El estudio de la mente es, desde el comienzo, inseparable de la noción de representación. Se suponía, ya entonces, la existencia de un modo específico de “representación” de los procesos mentales, por cuanto implicaba la dimensión subjetiva, y se veía como producto de una elaboración interna en el sujeto, sin ser directamente observable.

Con el avance de la tecnología de la computación se postulará el estudio y la modelización de ese nivel de representación mental, más allá de la biología y la ciencia neurológica. De hecho, la emergencia de las neurociencias supone ese punto de partida “mental” que venía manejando la psicología cognitiva.

En 1962 las neurociencias vieron la luz con la creación del programa “ Neuroscience Research Program ” (NRP). Un programa, que e l biólogo estadounidense Francis O. Schmitt ayudó a crear e impulsó en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), del que fue presidente de 1962 a 1974. El programa pretendía comprender, desde una base fisiológica, el funcionamiento cerebral a nivel “mental”. Y, en especial se interesaba sobre todo por las “facultades superiores” y el “comportamiento”. Su novedoso carácter interdisciplinar permitió la confluencia de neurólogos, psicólogos y lingüistas. El objeto formal se había perfilado en 1960, cuando Jerome S. Bruner junto con A. Miller dieron nombre a este campo de investigación, al establecer un laboratorio de psicología, llamado Centro de Estudios Cognitivos en Harvard.

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