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Olvidos de Granada Nº 11

De noviembre a noviembre

Ignacio Mendiguchía

El número 11 de Olvidos incluye una separata, segunda de la serie Fragmentos iniciada en el número anterior, con el relato breve de Justo Navarro El Ángel Caído. Hasta que uno no repara en su discreta contraportada, no encuentra mención alguna de que esta entrega de la revista corresponde a noviembre de 1985. Mención, por otra parte, cuya evidencia probatoria es puesta en cuestión en el interior por las ilustraciones de Valentín Albardíaz, fechadas el 3 y el 4 de diciembre. La verdad es que más de una vez me he sorprendido, repasando por uno u otro motivo mi colección de la revista, por el descuido frecuente del detalle de la fecha. La ventaja es que eso sirve de acicate para la historiografía amateur: resulta entretenido tratar de precisar la probable fecha de publicación efectiva de ciertos números a partir de las pistas que algunos artículos ofrecen; la memoria pronto dejó de estar para esas bromas. Como iremos viendo, hay suficientes indicios en los contenidos de esta entrega que permiten establecer que fue elaborada en buena medida a lo largo del mes de los muertos.

En cualquier caso, el número 1 (20 páginas, 100 pesetas) había aparecido en noviembre del año anterior. En su primer año de vida, pues, Olvidos había sacado a la calle diez números, un buen ritmo para una publicación en la que todo el mundo, desde el director hasta los encargados de su distribución en los quioscos, trabajábamos gratis et amore. Bien es cierto que, precisamente a partir de este número, ese ritmo se fue haciendo bastante más moroso e irregular, con cierta tendencia a sacrificar la frecuencia a la extensión, que en algunos casos llegaría a ser considerable. El número 17 (179 páginas, 500 pesetas), aparece en mayo de 1987, cuando la expresión "mensual de la cultura en Granada" ya había caído por su propio peso. Claro que esa entrega iba a ser la última, y ya lo sabíamos. Sin embargo, en el ingenuo momento de nuestro primer cumpleaños, estábamos lejos de sospechar que no íbamos a cumplir muchos más.

Nada auguraba un cambio de mayoría política. Aunque las aguas distaban mucho de estar en calma en ese otoño de 1985, con las cuestiones de la permanencia en la OTAN y, peor, la cada vez más obvia implicación del gobierno en la actividad terrorista de los GAL ensombreciendo la aplastante mayoría absoluta obtenida por González hacía tres años, lo cierto es que la indignación prendía solo a la izquierda del tablero; la baqueteada derecha de la época nada tenía que objetar, ni a la Alianza Atlántica ni a la guerra sucia contra ETA. La hegemonía socialista, pues, parecía garantizada para una buena temporada. Para Olvidos , cuyo proyecto independiente dependía sin embargo de fondos públicos que financiaran su impresión, el destino no se tejía, claro está, en las lejanas cumbres de la administración estatal sino en sede mucho más cercana, como correspondía a una revista "editada por la Diputación Provincial", según constaba regularmente en sus portadas. En este ámbito tampoco resultaba concebible una alternancia partidaria en el gobierno, que seguiría detentando el PSOE durante largo tiempo; pero las circunstancias traumáticas que rodearon la designación de presidente de la diputación en 1983 -aquella bizarra Rebelión de los Catetos- iban a provocar que el nuevo triunfo socialista en 1987 se tradujera en una auténtica purga (¿del izquierdismo?) dentro de la institución. En el área de cultura, la cosa fue de órdago a la grande y, como varios trabajadores1, también Olvidos recibió bruscas noticias acerca del cese de su actividad.

Pero volvamos al número 11. Ese noviembre se cumplían diez años de la muerte de Franco, circunstancia de la que casi no hay rastro en sus páginas, apenas una mención del aniversario al comienzo del artículo de Pablo Alcázar Pornógrafo de guardia. Este breve recordatorio, por cierto, está lejos de ser rutinario o inocente, ya que el imaginario pornógrafo comparece como representación satírica de aquellos medios nostálgicos (El Alcázar, ABC; lo que entonces, en papel, venía a ser lo que cuarenta años después, en TDT, sigue siendo caverna mediática) que se escandalizaban, entre otras muchas cosas, de las obscenidades que era posible descubrir en la lúbrica noche de la televisión democrática. Hay otra alusión a la muerte del dictador en otro artículo que mencionaré al final, pero allí no se trata de los diez años transcurridos desde entonces, sino más bien de marcar un final de época.

Hacía también diez años de la muerte, ésta por desgracia sí fue violenta, de alguien que verdaderamente merecía un nombre. Pero ni el nombre ni la circunstancia de su asesinato durante la madrugada del día de difuntos de 1975 se mencionan en la página de apertura del Curso de los astros: junto a un brevísimo párrafo, sólo una foto minúscula que, sin embargo, llena toda la blancura de la página. Otra pequeña imagen y, ahora sí, el nombre de Pier Paolo Pasolini aparecen en la (larga) columna Sobre la mesa, pero no sólo por el aniversario de su muerte. Pasolini , el director de cine, el poeta de Las cenizas de Gramsci, el intelectual luterano y corsario, era para nosotros una fuente de inspiración e interpelación muy poderosa, capaz, por cierto, de mantener su fuerza de atracción a lo largo de muchos años hasta hoy.

Orson Welles había fallecido el 10 de octubre. En la redacción de Olvidos no dudamos en declararlo uno de los nuestros al que se debía homenaje. Me tocó a mí, que entonces colaboraba también en el aula de cine de la Universidad, preparar lo que al final resultó en un Inventario que revisaba su filmografía a partir de fragmentos de diferentes autores que se habían ocupado de su obra (Borges y Cabrera Infante entre ellos) y de una selección de imágenes, rebuscadas con dificultad (y pirateadas sin escrúpulo) en la bibliografía disponible. Al rememorar aquella búsqueda, que para algunas películas resultó del todo infructuosa, no he podido resistirme a realizar la consabida prueba en Google, con los melancólicos resultados que no es preciso describir.

Bastantes películas de Welles eran nuestras favoritas, pero recuerdo que en aquella época Mariano y yo solíamos detenernos con frecuencia en el fabuloso Falstaff de Campanadas a medianoche. Cuando, mucho tiempo después, se publicó una recopilación de los artículos escritos por Mariano para El País entre 2004 y 20052, hay que saber que los versos de Shakespeare revivieron para nosotros en el film de Welles. En el número posterior a éste del homenaje puede encontrarse una primera resonancia de ellos en la entradilla para El curso de los astros: “Uno de los amigos de Falstaff solía apostillar todos los ruidosos acontecimientos de su época con la misma frase: '¡Las cosas que hemos visto!'

El tema destacado en la cubierta, Postales de ninguna parte, se despliega en el interior con artículos de Antonio Muñoz Molina, Cristina García y Pedro Salmerón, tras una breve introducción en la que se desliza la sospecha de que “… todas las ciudades son la misma, y mandar postales de una a otra puede esconder la macabra intención de reducir la presunta originalidad de cada mito a pura redundancia”. Parece poco discutible que la redundancia aludida no ha hecho sino hipertrofiarse en las últimas tres décadas, hasta el punto de que la turistificación urbana parece crecer en proporción inversa a la relevancia de los viajes que se realizan; pero, más allá de estas consideraciones atrabiliarias, lo que quisiera destacar es la importancia que Olvidos venía concediendo desde su aparición a la reflexión multidisciplinar sobre la ciudad, ya fuese incidiendo en controversias específicas de la propia Granada o, como en este caso, escapando del caso concreto y ampliando considerablemente la imagen, quizá para poder comprender mejor el sentido de los detalles. El último de los artículos (cuyo autor, por cierto, tenía como arquitecto y urbanista un papel clave en esta faceta de la revista) es un excelente ejemplo de ello, con un final, referido a Venecia, que probablemente ya barruntaba su vigencia para otras ciudades detenidas del futuro próximo, ciudades convertidas en “una extraña representación de un barco que se hunde con un hormiguero ininteligible a cuestas que la mira por todos los rincones”. En la Granada de 2017, como en muchos otros lugares, estas palabras están muy lejos de resultar ininteligibles.

La revista había iniciado ya desde el número anterior la publicación de varios textos sobre la poesía y la novela de la generación literaria del medio siglo. En noviembre, a menos de un mes para la celebración en Granada de los encuentros Palabras para un tiempo de silencio, se dedican varias páginas a la publicación de una encuesta sobre el grupo realizada por la revista entre escritores y especialistas de generaciones posteriores. La última de las tres preguntas formuladas se interesa por la actualidad que pudiera mantener esta generación como punto de referencia; la entradilla correspondiente establece con claridad la posición de Olvidos : se había convocado a quienes constituyen una referencia privilegiada en el campo de la literatura española. La contraportada anticipa la publicación en el siguiente número de las intervenciones, materiales y entrevistas fruto de estos Encuentros de los 50. Pero este número extraordinario, cuya preparación supuso un trabajo editorial notable, no aparecería hasta varios meses más tarde.3

Podría demorarme todavía en la glosa de otras muchas colaboraciones, desde los rostros del Polisario fotografiados por José Garrido en aquellos campamentos que todavía hoy perduran, hasta el cómic Blues Smog de Carlos Hernández o, incluso, la recensión de El amor como pasión de Niklas Luhmann que yo mismo escribí y que había (casi) olvidado; pero quisiera cerrar esta presentación con el nombre de Jesús Arias, inesperadamente fallecido a comienzos de diciembre de 2015, treinta años después de haber publicado en este número 11 el artículo La última muerte de la postmodernidad, en el que se dedica a pintar un retrato bastante sombrío de la generación del posfranquismo; la de la movida, vamos. Creo que puede decirse sin hipérbole alguna que Jesús estuvo en Olvidos desde antes que apareciera el primer número4y que fue una de las voces que, hasta el final, contribuyeron a mantener la pluralidad de perspectivas e intereses que, quiero pensar, fueron marca de la casa.

1 Recomiendo el relato detallado de estos hechos que hace uno de sus protagonistas, Miguel Benlloch, en Era 1987, texto publicado como 'adenda digital' a su libro Acaeció en Granada, Ciengramos 2014. Adenda y libro de fácil acceso en internet.

2 Mariano Maresca, Las cosas que hemos visto, Renacimiento, Sevilla 2011.

3 Un nuevo caso de fecha ausente. En el ejemplar que conservo aparece manuscrita la de septiembre de 1986.

4 Pienso, por ejemplo, en el disco Rimado de Ciudad (1982), en el que el grupo TNT, liderado por Jesús, interpretaba las Coplas a la muerte de un colega, con letra de Luis García Montero y la participación de Mariano Maresca como productor oficioso de aquel invento.

 

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