AVISO Y RECOMENDACIÓN

Su navegador web (Internet Explorer 6) está obsoleto lo cual puede provocar que ciertos elementos se muestren descolocados o no se carguen correctamente. Además, tampoco podrá ver bien, populares webs como Youtube o Facebook, entre otras muchas.

Le recomendamos actualizar su navegador aquí o instalarse otros fantásticos nevagadores gratuitos como Firefox o Chrome.

Ah, y no olvide guardar nuestra web en favoritos! Muchas gracias :)

DIBUJOS DE UNA GRANADA DESAPARECIDA

A lo largo de los últimos meses olvidos.es ha ofrecido una serie de dibujos de Joaquín López Cruces sobre la Granada que pudo haber sido, imaginando la ubicación en 2014, en el actual panorama urbano, de edificios, plazas, transportes y monumentos que han desparecido. Juan Calatrava, Catedrático de Arquitectura, reflexiona sobre el trabajo del ilustrador.

Juan Calatrava

En 1765, el arquitecto francés Pierre Patte superpuso sobre un plano de París todos los proyectos presentados al concurso para una gran plaza en honor a Luis XV y se permitió fantasear con lo bella que podría ser una ciudad semejante. Ciento cincuenta años más tarde, en 1920, Bruno Taut se preguntaba en Die Auflösung der Städte: "¿Se puede dibujar la felicidad?". Y, de hecho, en esos años terribles de la primera postguerra mundial, él trató a menudo de dibujarla, con sus construcciones oníricas que habrían de albergar al hombre nuevo surgido después de la masacre del 14. Pero mucho antes de que el arquitecto alemán hiciera explícita esta pregunta, ya había sido respondida en la práctica innumerables veces, y ha seguido siéndolo desde entonces. Y es que desde hace tiempo sabemos que dibujar arquitectura es mucho más que un mero retrato pasivo de la realidad o que una simple herramienta de comunicación que permite pasar del proyecto a la ejecución. Desde que los hombres del Renacimiento rodearan al dibujo con el halo que le daba su relación directa con la cosa mentale, éste se ha ido cargando de valores críticos, de potencialidades expresivas y de posibilidades hermeneúticas cada vez más amplias. Cientos de artistas y arquitectos le han confiado durante siglos la capacidad de reflexionar graficamente sobre el entorno del hombre, de visualizar un mundo mejor o también de anclar a la memoria colectiva aquello que en algún momento existió pero que ya desapareció. Le Corbusier, el arquitecto moderno por antonomasia, llamaba a dibujarlo todo como ejercicio esencial para empujar hacia adentro, al almacén de la memoria, esos trozos de realidad que en un momento dado, quizás décadas más tarde, podrían ser convocados para un nuevo proyecto, trazando así el imprescindible puente entre memoria y contemporaneidad.

Dibujar edificios y ciudades se ha convertido, asi, en un ejercicio crítico, y debemos acostumbrarnos a otorgar a esa "arquitectura de papel" toda su relevancia, a dejar de considerarla un mero comentario de la arquitectura construida y existente -o, en el peor de los casos, un simple divertimento para turistas- y a comprender su papel esencial en la construcción de la imagen y de la memoria histórica de una ciudad y de sus gentes.

En una ciudad tan marcada no tanto por su historia propiamente dicha como por el particular modo mitificado en que ésta ha pasado a formar parte de su imaginario, dibujar la arquitectura desaparecida equivale siempre a plasmar el sentimiento por una pérdida. Los románticos que en el siglo XIX hicieron de nuestra ciudad uno de sus lugares clave fueron los primeros en elevar su protesta contra la secuela de destrucciones patrimoniales que la imparable modernización acarreaba consigo. Ya a finales de siglo, Angel Ganivet llevaba a su culminación el discurso antimoderno lanzando su elegía por una Granada ideal a la que se le asignaba la obligación de complacerse en su aureo arcaismo y considerar como agresión cualquier atisbo de modernidad: sólo quienes no han leído Granada la Bella pueden seguir hoy esgrimiendo impunemente el mito pertinaz de "la Granada de Ganivet".

Pero no es en esa visión nostálgica y antimoderna en la que se sitúan los dibujos de Joaquín López Cruces, sino en otra línea muy diferente: la que plantea la necesaria interrelación entre historia y modernidad, la que comprende que toda ciudad histórica fue en algún momento "contemporánea" y entiende la construcción continuada de nuestro entorno como una dialéctica entre las diversas capas de ese palimpsesto (como decía Walter Benjamin) que es toda ciudad con algo de historia a sus espaldas. En 1923, un Leopoldo Torres Balbás que acababa de hacerse cargo de la conservación de la Alhambra retraducía en clave moderna las preocupaciones románticas por las destrucciones del patrimonio al escribir su Granada, la ciudad que desaparece, una llamada pionera a un modelo de ciudad que combinara las necesidades de la vida de sus habitantes con la conservación y protección (pero no momificación) de su rico patrimonio arquitectónico y urbano. Casi ochenta años después, cuando en 1999 Juan Manuel Barrios publicaba la primera edición de su Guía de la Granada desaparecida (a la que había antecedido su fundamental Reforma urbana y destrucción del patrimonio histórico en Granada) nos invitaba a realizar un paseo virtual por esa Granada que en algún momento existió. Los dibujos de Joaquín López -de los que es de esperar su continuación- nos permiten ahora visualizar la posibilidad perdida de la integración en la ciudad actual de diversos hitos de calidad arquitectónica desigual pero de significación histórica indiscutible.

Del viejo Maristán árabe hace ya mucho tiempo que apenas queda nada (salvo ciertas partes musealizadas). Tras su origen hospitalario, fue sucesivamente casa de moneda, cuartel y corrala de vecinos. En cada una de estas fases fue desdibujándose hasta convertirse, desde los años 1980, en un mero solar en estado de vergonzoso abandono sobre el cual se reclama periodicamente una intervención patrimonial que permita la recuperación no tanto de su materialidad, definitivamente perdida, cuanto de su lugar en la memoria de la ciudad.

El teatro Cervantes, por su parte, nos habla de otra Granada que pudo ser: la de los ideales cívicos de una ilustración que aquí nunca pasó de epidérmica. Ligado al recuerdo de la dominación napoléonica (aunque estaba ya practicamente acabado cuando fue inaugurado por los ocupantes como "Teatro Napoleón"), llegó, con diversas transformaciones, hasta 1966, pero en ese año cayó víctima de la piqueta del nefasto desarrollismo de los sesenta y del particular concepto de ciudad del alcalde Manuel Sola. Más efímera aún fue la vida del Coliseo Olimpia, uno de los mejores ejemplos en nuestra ciudad de la arquitectura cinematográfica en su edad de oro. Inaugurado en 1920, sobre proyecto de Marías Fernández Figares, con una pomposa arquitectura clasicista, tampoco resistió el rodillo especulativo de finales de los sesenta; sólo el nombre de la cafetería que se abrió en los bajos del nuevo bloque de pisos conserva el recuerdo de lo que fue un hito en la memoria de miles de granadinos.

De otra historia diferente nos habla el Hotel Bosques de la Alhambra, que fue popularmente bautizado como "la Maleta", por su forma, u "Hotel Reuma", por encontrarse en la zona más húmeda de Granada. Abierto a principios de la década de 1910, su vida como hotel fue muy breve, ya que enseguida pudo comprobarse hasta qué punto hacía honor a su mote. Hospital durante la guerra, edificio de viviendas más tarde, es el único de los ejemplos elegidos por nuestro dibujante que aún permanece en pie, como una ruina para la que en los últimos tiempos se han planteado diversas posibilidades de rehabilitación y uso.

Y, por último, el tranvía de Sierra Nevada, memoria tanto de una clase empresarial activa y modernizadora que desaparecería después de 1936 como de un proyecto de futuro que significaba, consideraciones económicas aparte, sacar a Granada de su tradicional ensimismamiento y pensarla a partir de la relación con su territorio. Su clausura en 1974 debe encuadrarse en el mismo nivel de miopía que llevó al cierre de la espectacular red de tranvías de la Vega y terminó por entregar a Granada atada de pies y manos al desarrollo del transporte privado.

Los dibujos de Joaquín López Cruces nos cuentan, de manera segmentada, toda esa historia de una Granada que pudo ser. Y nos permiten evocar todas esas construcciones desaparecidas no para que entonemos una lamentación nostálgica sino para recordarnos una y otra vez que en la construcción de nuestra ciudadanía contemporánea el peso de una historia críticamente asumida -las capas del palimpsesto- es insustituible.

Añadir comentario

Enviar este artículo

Comentarios a "DIBUJOS DE UNA GRANADA DESAPARECIDA"