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El fin del toreo en Cataluña

Crónica de las últimas corridas

JUAN-RAMÓN CAPELLA


Las dos últimas corridas de toros celebradas en la Monumental de Barcelona han sido mucho más que un acontecimiento taurino. Esta crónica da buena cuenta de ello.

Sábado 20 de septiembre. Los carteles de la Feria de la Merced barcelonesa, las últimas corridas de toros antes de quedar prohibidas, son muy atractivos. Hoy lidiarán Morante de la Puebla, el Juli y José Mª Manzanares: tres diestros de prestigio. Y mañana se espera al maestro José Tomás.

Hay ilusión entre la multitud ante la Monumental, pero también se palpa cierta amargura. Una carpa del PP capta votos en la acera: se opusieron a la prohibición; al otro lado de la calzada unos pocos animalistas, amplificados por numerosas furgonetas de los mossos d'esquadra, exhiben sin gritos sus pancartas. La gente se hacina en las puertas de entrada a la plaza. Ya dentro, lo primero que se advierte es que faltan muchas cosas: nadie vende agua, ni carteles; cuesta encontrar almohadillas. Me sorprende lo destartalado que está todo: el piso, las escaleras, los muros. Veré la corrida desde la perspectiva de la pintura de Barceló titulada El tercero porque voy a la andanada. La plaza, casi llena hasta la bandera —los dos días habrá algún claro en la andanada de sol—, corea insólitos gritos de ¡libertad! ¡libertad! Alcanzo a mi asiento cuando ya se ha iniciado el paseíllo. Luego, de nuevo, ¡libertad! ¡libertad! y ¡Cataluña es taurina! La fiesta está inusitadamente politizada. Los gritos se irán repitiendo intermitentemente.

Morante de la Puebla viene precedido de su fama de artista del toreo. Recibe al que abre plaza con unas verónicas ajustadas. Pero el toro cabecea y su lidia va a apagarse aquí: no consigue parar al animal, y Morante, abroncado, zaragatea por la arena. Los subalternos, salvo el picador, se contagian del nerviosismo del maestro y arrecian las protestas. El diestro tampoco está afortunado con la muleta: no se ve el arte por ninguna parte. Y mata mal, de media estocada caída. Un abucheo generalizado.

El Juli siempre ha triunfado en esta plaza y se le recibe con una ovación. Su lidia ha mejorado en estética y el maestro conserva la decisión y el valor que le caracterizan. Toda su cuadrilla está muy bien. Torea fundamentalmente a base de naturales, con algún cambio de manos, y mata de una estocada hasta la cruz por todo lo alto. Dos orejas. Y vuelta al ruedo; alguien le entrega una senyera que lucirá a modo de manteo; lo mismo va a ocurrir en las vueltas al ruedo de los distintos diestros.

Observo la plaza mientras se espera al tercero. Algo, no sé qué es, me retrotrae en el tiempo. Ciertamente, estamos en un escenario tradicional, un coso taurino, pero no es eso: la Monumental es como muchas plazas de España. Y al fin caigo en la cuenta: en todo este espacio inmenso no hay un solo anuncio publicitario. No es como un estadio; no es como la calle. Y eso explica muchas cosas: desde que ir a los toros resulte caro hasta que casi nadie, salvo ganaderos, empresarios y matadores, pueda vivir solo de esto. Ser banderillero, picador, alguacilillo, monosabio, arenero, mozo de chiqueros o taquillero no es una profesión.

José María Manzanares, torero de casta, también se luce en las verónicas. La estampa de los toros de Núñez del Cuvillo es magnífica, todos íntegros. La cuadrilla de este torero, picador y banderilleros, impecable. Pero a estas alturas echo de menos el toreo de capa del último matador llamado Joselito, que tanto hizo por renovar y restaurar el primer tercio.

En seguida surge un momento de magia: Manzanares se planta muy lejos del toro, y paso a paso, moviendo un poco el trapo, se aproxima a él; una auténtica estampa taurina. El público enmudece. Cuando el toro se arranca el maestro lo torea también al natural, pero más pausadamente que el Juli. Este torero me gusta.  Su estocada, también en lo alto y hasta la cruz, le vale trofeos.  

El segundo de Morante anda justo de fuerzas. La vara le hiere ligerísimamente. Algún par que se queda en una. Morante intenta torear pero el toro, en realidad sin picar, vuelve imposible la lidia. Morante, entre abucheos, enarbola el estoque. Y ahí arrecia la bronca porque la estocada, trasera y desprendida, obliga al descabello. Hasta siete u ocho intentos, uno de esos episodios odiosos que ensombrecen la fiesta y muestran toda su crueldad. El torero se retira cabizbajo. Una bronca monumental; muy cerca de mí un espectador le vocifera reiteradamente los tres epítetos clásicos del machismo español, y luego ¡rojo! ¡comunista! Entre toro y toro, comento en voz bien alta que en la fiesta hay mucho facha, y el facha tendrá luego la boca cerrada.  

Los segundos toros de El Juli y Manzanares estuvieron en la línea de los primeros, acaso con más fortuna para El Juli entre el público. "¡Aprende, Morante!" se grita en su faena; "¡Morante, el sobrero!", en la de Manzanares, que no para de ligar naturales en redondo y luego derechazos también en redondo. Un maestro, como su padre.

Y Morante pidió el sobrero. Sale un encastado toro de Domecq, ensabanado, acaso ojo de perdiz que oigo decir a un entendido. Morante lo recibe con verónicas ajustadas y toreras que arrancan los primeros olés. El picador está acertado. Y en el tercio de banderillas empieza el delirio. Las primeras las planta el Juli como es fama que sabe hacerlo. Manzanares clava una de las suyas por encima del hombro y la otra por delante. Morante se ha descalzado: las suyas, juntas, por arriba. Luego los tres diestros, desarmados, se plantan ante el toro y le van llamando alternativamente sin que se arranque. Me emociono. El público vitorea no se sabe si los lances o la solidaridad de los toreros con el maestro desafortunado. Y ahora sí torea Morante de la Puebla, componiendo la figura, con pases en redondo por la derecha y luego larguísimos naturales también en redondo, sin perder la continuidad en ningún momento, adornándose casi sin moverse del sitio. Ante nosotros aparece un maestro del arte de torear. Mata de una estocada hasta la cruz por todo lo alto y la plaza se viene abajo. Orejas y todo lo demás. Mucha gente invade la arena y alza en hombros a los tres diestros; tras dar la vuelta al ruedo salen por la puerta grande. Aunque yo no lo vi, la multitud los llevó en manifestación por la Gran Vía.

La penúltima tarde ha sido una corrida memorable.


Domingo 25 de septiembre.  Toros salmantinos de El Pilar. Es la última tarde de toros en Cataluña. En la calle los animalistas son más que ayer, tal vez mezclados con identitarios; también son más los policías. Me he puesto en el ojal una banderita republicana. En el coso se corea como ayer ¡libertad! ¡libertad! y ¡Cataluña es taurina! con más rabia que esperanza: esto nunca estuvo en los programas de los partidos. En las barandillas, banderas bicolores, senyeres y hasta la estelada de un atípico identitario. El paseíllo es aplaudido como nunca, y dudo que jamás haya habido otro más politizado. Tras él, los tres toreros han de saludar montera en mano a la concurrencia.

Los areneros hacen su faena y el público se arranca a ovacionarles; también los diestros se adelantan y aplauden. Los que realizan la tarea más humilde de la fiesta, apoyados en sus rastrillos, ovacionan a su vez al público. Esto es un adiós.

Juan Mora, de verde y oro, arranca con verónicas junto a las tablas. Brindis al respetable. Inicia la faena rodilla en tierra, y se lucirá con naturales, con la derecha y en redondo. Una buena faena. Un pinchazo le roba una oreja.

El segundo es de José Tomás. Expectación. Muy bien de capa, con calma y con vuelo. Inicia la faena de muleta junto a las tablas y lleva al toro a los medios. Planta los pies en la arena en los naturales. Pases en redondo sin moverse del sitio. Son muletazos larguísimos. Le habla bajito al toro. Lidia con la izquierda cada vez más cerca, y luego, con la derecha, ajustadísimo. El delirio. Mata de una estocada hasta la cruz, en lo alto. Gritos de ¡torero!, ¡torero!. Dos orejas; ha de saludar desde el centro. Es el toreo hecho arte.

Si esta faena ha sido inolvidable, la lidia del quinto lo será aún más; le ahorro al lector de esta ya larga crónica dos buenas faenas de Martín y de Mora. En el quinto, Tomás se arranca en seguida por luminosas gaoneras. Brinda al respetable y arroja la montera por encima del hombro sin molestarse en mirar cómo ha caído. ¡Qué contraste con esos ídolos del balón que creen tener a una Providencia pendiente de sus pies! Los de José Tomás, de nuevo, ni se mueven en el centro del ruedo. Naturales. Encadena pases en redondo. Pases lentísimos con la derecha. Un momento de peligro: el toro se queda y José Tomás ni se mueve ni se altera. No me parece solo valor: es también la aceptación del destino. Se arrima como nadie. Ayudados por alto con elegancia. La mala suerte de dos pinchazos en hueso porque el toro no acaba de humillar. Y una estocada certera. Yo no soy muy experto, pero nunca había visto una faena tan bella.

¿Cuántos abuelos les contarán a sus nietos que vieron torear a José Tomás?

Al torero catalán Serafín Martín le corresponde el último toro. Brindis al público. Piernas en compás. Aunque el toro flojea de remos conseguirá un tercio prolongadísimo, como si le doliera terminar. Es torero. Manoletinas. Mata muy bien, saluda desde el tercio, besa la arena, llora sentado en el estribo. La plaza entera corea libertad y da palmas a ritmo. La gente salta al ruedo; aparecen pancartas y banderas; en manifestación se llevan a hombros a los toreros. Esto se ha acabado.

Una consideración:

Desde el punto de vista ético los animalistas tienen toda la razón. La fiesta de los toros es bárbara y cruel, como decía Luis Cernuda. Nadie puede ir a los toros sin dividirse por dentro. Aunque los toros se salen de la plaza como de los cuadros la buena pintura —están en el arte: Goya veía su barbarie; Picasso, su estética— y pertenecen a la verdadera cultura popular de este país; aunque el toro bravo no existiría sin la lidia ni la tauromaquia sin el arte de torear; aunque el combate entre el toro de lidia y el ser humano prolongue un rito arcaico y milenario; o aunque el toro sea el emblema espontáneo de esta piel de toro, la fiesta debe morir y desaparecer el arte del toreo del que en Barcelona se han visto estos días manifestaciones máximas.

La victoria de los animalistas es sin embargo píririca. Porque los toros no se extinguirán por ley ni por política sino que deben quedar abandonados por la gente. Los animalistas tejieron una alianza política oportunista con los identitarios catalanes, hoy ya rota, de la que han salido trasquilados: los identitarios han blindado legalmente los correbous, el toro embolat  y el ensogat, donde el arte brilla por su ausencia pero que encandilan a sus votantes. Y tampoco los identitarios han ganado mucho cuando los toros son declarados bien cultural en la Cataluña francesa.

Cataluña se queda con sus correbous, con la matança del porc, con sus granjas de pollos que no se tienen en pie, con sus herméticos mataderos. Temo que los animalistas no serán capaces de llevar adelante un proyecto de sociedad ética que sea menos cruel con los animales por la vía oportunista emprendida en Cataluña. Eso puede volverse injustamente contra ellos. Quienes sostenemos que es prioritario acabar con la crueldad con los seres humanos, con la crueldad intraespecífica, pero no nos consideramos los dueños de la Naturaleza como creía Kant, no podemos ver los esfuerzos antitaurinos de los animalistas sólo como ética académica y elitista, sino como una causa justa. Los toros vienen de una barbarie, y es preciso poner en claro que se trata de una fiesta cruel a la que el arte no acaba de salvar de la ignominia. Pero nadie puede ignorar que hoy lo prioritario es no entrar en otra y peor barbarie, y que eso hay que hacerlo con la gente corriente.

Octubre 2011


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