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EL CUERPO ELECTORAL

JESÚS AMBEL

“La política nace en el momento en el que no hace falta matar a un ser hablante para hacerle callar”. Una reflexión a propósito de Pour une politique des êtres parlants de Jean-Claude Milner.


En el cuadro brumoso de la crisis que no cesa, las fechas electorales que hemos pasado, han debilitado la corriente de aire fresco que ventiló el 15M. Los debates abiertos entonces sobre las condiciones de la prosperidad, se han atenuado ahora, arrullados por la mano que mece la cuna de las urnas. El mundo, instalado en el sobresalto del “riesgo” y las páginas de “sucesos” de los periódicos, nos ha vacunado así con una dosis de letargo y modorra que los antiguos llamaban “costumbre”.

Algunos han dormitado estos meses y otros han aireado sus cuerpos y las banderas contra los “recortes” en la escuela, el hospital público, los servicios sociales y la cultura. A caballo entre la retórica gélida de la racionalidad de las cifras y los emocionales consuelos de la sensiblería progresista, los significantes amo de la política capturan así al españolito de a pie (que no pide sino eso justamente, dada su crisis de identidad). Esos significantes amo de la política se muestran bien cumplidos en su eminente función de “sujetar” así a la indignada conciencia crítica y hacen posible, en consecuencia, que se olvide, tras lo que gritan los cuerpos en la calle, lo que verdaderamente está en juego en esta encrucijada histórica.

La política de las cosas

Para decirlo en los términos de Jean-Claude Milner en 2005 (1), son los rasgos de los tiempos, los rasgos de la tranquilidad de la política de las cosas. Los rasgos de una política que se dedica a taponar el “agujero en el Otro”, de una política partidaria de que el Otro existe, de una política defensora de la fe, que se asemeja mucho a lo que Lacan, en 1969, definía como perversión (2).

Y así debe ser, deben tener razón Lacan y Milner, cuando vemos cómo mediante la propaganda, la manipulación directa de los cerebros, la biotecnología y la ingeniería social, la burocracia cientificista sigue predicando las excelencias de la evaluación, de la cuantificación a ultranza, del orden obsesivo de la cifra y de las encuestas como nueva conciencia social, hasta llegar a constituir el nuevo evangelio de la gestión de la cosa pública.  Los políticos gestores de las cosas, los forofos de la cuantificación, los ingenieros de la conducta, con su ilusión de gestionar “científicamente” la existencia humana, son ellos en realidad los verdaderos actores de la crisis de las prácticas profesionales y de la prestación de los servicios en la escuela, el hospital público, los servicios sociales y la cultura. Y si los sujetos contemporáneos se adhieren a esa política, es por la sencilla razón de que ese discurso lleva en su seno el huevo de la serpiente de la tranquilidad.

Ahí tenemos, pues, la política de las cosas en pleno auge y desarrollo. Pero estoy de acuerdo con Jacques-Alain Miller (3) cuando dice que no nos van a hacer ni caso si sólo dedicamos nuestro esfuerzo a denunciar esa política, si sólo nos encargamos de denunciar que el mundo sacrifica la singularidad en el altar de la estadística. La denuncia como tal no basta. Tenemos que argumentar a partir de un cambio en los sistemas de coordenadas.

Y ahí justamente aparece un pantallazo de actualidad mediática, un acontecimiento reciente cuya lectura en detalle permite salirnos de la fila de la mansedumbre y plantearnos, como hace Jean-Claude Milner, lo que la política tiene de real.

De los dos métodos clásicos para obligar a alguien a aceptar aquello que le perjudica -la fuerza y la persuasión-, los gobernantes europeos que han sobrevolado por encima de Libia han elegido para sus pueblos el segundo, por aquello de que la civilización obliga, pero una vez que se caen las máscaras, entonces aparece, meridiano, el objetivo de política de la evaluación a la que me refería hace un momento. Ese objetivo no es otro que el cuerpo mortal del ser hablante. Y ese acontecimiento en las arenas del desierto libio al que me remito nos permite darnos de bruces con lo que la política tiene de real y que, para Milner, no es otra cosa que el cuerpo, el cuidado del cuerpo en tanto hablante, el cuidado de la supervivencia de los cuerpos en tanto los cuerpos hablan.


De esta forma, hemos podido ver estos días atrás las imágenes televisadas del brutal asesinato de Muamar Al Gadafi a manos de una jauría humana a lo Arthur Penn, en un acto que Bernard-Henri Lévy incluye acertadamente en lo que llama “el arte de la profanación” (4). Pues bien, ese asesinato vino precedido de las palabras injuriosas de un chaval de 18 años. Si me detengo en esas palabras injuriosas, pienso que los psicoanalistas hemos tenido algo semejante y de manera reciente, en las palabras de Elisabeth Roudinesco a propósito de los funerales de Lacan. Dejémonos de lenguaje políticamente correcto: unas palabras injuriosas, una calumnia, un rumor, preparan el asesinato y son su sucedáneo.

Un acontecimiento, pues, en las arenas del desierto libio que sitúa bien, a mi entender, el peso del cuerpo (que es tanto como decir el peso del goce) allí donde, como en el llamado mundo civilizado, la palabra es sustituida por la comunicación, allí donde la política logra, cada día, el prodigio de comunicar la opacidad y la mistificación, allí donde las palabras han dejado de funcionar como esperaban los aventajados alumnos de Luntz.

El trato otorgado a ese cuerpo en el desierto es un acontecimiento que ha ocurrido en medio de ese cuadro electoral brumoso al que me he referido y que permite situar la importancia de un texto de Jean-Claude Milner que acaba de ser editado en París. Un librito de escasas 90 páginas que hace de continuación lógica aquel libro del 2005 sobre “La política de las cosas” que el propio autor recuerda que fue escrito a rebufo de las movilizaciones que Jacques-Alain Miller había lanzado para oponerse a la peligrosa enmienda Accoyer.

Seres hablantes

Pasados seis años desde entonces, Milner acaba, como digo, de publicar una nueva edición de “La politique des choses” (5) seguido de este nuevo libro (cuyas páginas primeras aquí comento) y al que ha llamado “Pour une politique des êtres parlants” (6). A ambos les ha puesto de subtítulo: “Breves tratados de política I y II”, respectivamente.

Milner parte de considerar los suicidios, de tener en cuenta esos cuerpos dejados en las oficinas de France Telecom y apunta fino cuando comienza su libro con la afirmación de que “la política es un asunto de seres hablantes”. A partir de ahí, disecciona lo que llama “el naufragio”: la agitación política en nombre de las grandes ideas maximalistas que hacen que, en la actualidad, la política se haya convertido en una religión, es decir, en un lugar para lo oscuro y lo confuso.

Frente al maximalismo político de las grandes palabras desgastadas por su uso, la argumentación de Milner apuesta por el minimalismo. Un minimalismo que, para él, tiene que ver con un materialismo, con la materia desnuda que es el cuerpo, el “cuerpo hablante del ser hablante” dice, para añadir, a continuación que “toda política se pierde desde que abandona este norte”. Pero hay otro septentrión al que Milner se remite: para hablar de política de manera seria hay que plantearse la “cuestión de la fuerza”, porque hablar de política es, a veces, poner en riesgo la libertad, como estamos viendo con la colega Rafah en Siria (7). Una libertad que, para Milner, tiene que ver con lo insoportable. Un insoportable que, en política, remite al cuerpo.

La política nace, en su opinión, en el momento en el que no hace falta matar a un ser hablante para hacerle callar.

¿El asesinato oscuro y feroz de Gadafi no parece darle la razón? ¿La apertura de una nueva época en el País Vasco a partir de la renuncia al asesinato por parte de ETA no parece darle la razón?

Está por ver que la política por venir sea la de las cosas o la de los seres hablantes. El psicoanálisis eligió, desde Freud y desde Lacan, la segunda, la de los seres hablantes, precisamente porque su política se deja orientar por lo real. Un real que tratamos de cernir en las curas pero también en los desechos de la política. Un real que, por trozos, da a entender que se sitúa justamente en el revés de la inerte tranquilidad de los cuerpos y de las almas.

NOTAS
(1) Milner, J.-C., La política de la cosas, Miguel Gómez ediciones, Málaga, 2007.
(2) Lacan J., El Seminario, Libro XVI, De Otro al otro, Paidós, 2008, p. 231.
(3) Miller, J.-A., “Perspectivas de política lacaniana”, en Freudiana, nº 55, 2009, p. 90.
(4) Lévy B.-H., Artículo en EL PAIS, 30 octubre 2011. Tomado el 16 de noviembre 2011. 
(5) Milner, J.-C., La politique des choses, Verdier, París, 2011.
(6) Milner, J.-C., Pour une politique des êtres parlants, Verdier, París, 2011.
(7) Ver http://liberezrafah.blogspot.com/p/espanol.html

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