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EL CAMINO DE LAS FISURAS

ERNESTO PÉREZ ZÚÑIGA


El próximo 29 de abril se cumplen 60 años del nacimiento del poeta Javier Egea (1952-1999) en la ciudad de Granada. El presente artículo, firmado por el poeta y narrador Ernesto Pérez Zúñiga, evoca la obra de Egea con motivo de la reciente publicación del primer volumen de su Obra Completa en Bartleby Editores.

Por fin. Fue lo primero que pensé cuando supe que se publicaba este libro. Hasta ahora teníamos que recurrir a viejas ediciones ahora difíciles de conseguir, o imaginar cómo hubiera sido aquella que, en vida de Javier Egea, se preparaba con el nombre de Soledades, y que nunca acabó de llegar, como si la historia -la suma de ellas- estuviera empeñada en segar el nombre y la obra de uno de los mejores poetas españoles de fin de siglo, nacido en el 52 y truncado en el 99. Por eso, la publicación de este primer volumen con los libros canónicos del poeta granadino, supone un acontecimiento literario de primer orden, una toma de conciencia sobre la niebla, inaugura el espacio de reflexión y de lectura que corresponderá durante este siglo XXI a Javier Egea. Cuando uno vuelve a leer, en orden cronológico, cada uno de sus libros, comprende que ninguna escritura es tan buena como para impedir la fuerza del desinterés o del olvido. Y, sin embargo, no era así cuando él vivía, en aquella Granada de finales del 80 y del 90, cuando algunos poetas casi adolescentes lo conocimos y lo frecuentábamos. Como escribió Borges en El hombre de la esquina rosada, “los mozos de la Villa le copiábamos hasta el modo de escupir”, la Villa, Granada, una ciudad que trataba una y otra vez reconstruirse a pesar de sí misma. “Tú que todo lo sabes/ sabrás que regresaron los vencejos/ y no han reconocido los aleros ni el patio/ y parecieran locos sobre tantas ruinas”, escribe Javier Egea en Paseo de los tristes. Había que escucharle a él -absolutamente musical, con una mezcla imposible de gravedad e ironía, “arcipreste”, le llamaba Alberti,- recitar sus versos en salas o en bares casi siempre abarrotados por jóvenes que encontrábamos en sus poemas maestría, estímulo, autenticidad, un espejo mejor que vislumbrar de puntillas. Ahora ese espejo está en manos de los lectores en una edición que, según Manuel Rico, en el necesario prólogo que sitúa y analiza la obra rescatada, “contribuye a corregir una gravísima irregularidad de nuestra historia poética, a saldar una deuda colectiva”. Sea en hora buena (...)

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ILUSTRACIÓN: Dibujo realizado por Juan Vida para la Asociación del Diente de Oro
Artículo publicado en la revista Turia

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