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DIARIO DEL HORROR

ALFONSO SALAZAR


En 1942, la joven parisina Hélène Berr inicia un diario. Pero es judía. Anagrama publicó en 2009 un sobrecogedor texto donde se narra en primera persona la persecución nazi en la capital de Francia.

Hélène Berr fue una joven parisina que disfrutaba de largos paseos por el Boulevard Saint-Germain, los Jardines de Luxemburgo, los Campos Elíseos, en el año 1942. Decidió en abril, con veintiún años, comenzar a escribir un inocente diario. En aquellas primeras entradas nos contaba sobre sus amistades, los domingos en la casa de Aubergenville que servía de solaz a la familia, sus clases en el Instituto Inglés de la Sorbona, donde prepara un estudio sobre Shakespeare, las reuniones de amigos para interpretar música romántica, sus escarceos amorosos correspondidos y no correspondidos con diversos chicos. Inocente, a pesar de que la Batalla de Francia había sucedido dos años atrás -a pesar de que por aquel tiempo Irène Némirovsky sería deportada y fallecería en Auschwitz-, la vida de Hélène Berr era la típica de una chica burguesa que disfruta el sol primaveral de París, sus clases de violín, donde el hecho de que dos de sus hermanos se encuentren en la zona libre (libre, pero sujeta al régimen de Vichy) parece solo una contrariedad. Sus preocupaciones, al principio, van de un doloroso panadizo en el dedo a los cambios de humor de Gérard Lyon-Caen, un chico con el que había algo más que una amistad.

Una joven volátil, entusiasmada y enamorada de todo lo que la vida podría depararle. Estancias bajo los frambuesos campestres, ilusiones que traen los títulos académicos obtenidos y alegría ante el verano que se anuncia en 1942, cuando conoce a un encantador joven, Jean Morawiecki, a quien le une la devoción por la música romántica rusa. Pero Hélène Berr era judía. Y París, 1942 y Judaísmo eran los ingredientes precisos para la barbarie nazi.

La barbarie empieza en el Diario como si nada: su madre avisa a Hélène de la obligación de llevar una estrella amarilla cosida a la ropa. Se rebela, pero acepta llevarla como un símbolo de valentía. Las miradas compasivas, las repugnantes, las indiferentes, de las gentes que habitan las elegantes calles de París, pasan por el diario. Como la humillación de viajar en el último vagón, impuesta a los judíos en junio de 1942, a petición de las autoridades alemanas, por el prefecto del Sena.
Son dos avisos que comienzan a remover la conciencia de la joven Berr. El encarcelamiento de su padre en el campo de internamiento de Drancy, aquel mismo mes de junio –“siempre hace bueno en las catástrofes”, escribe con candidez-, terminan por dar al Diario un cariz distinto, que en aumento hará aflorar la figura de la perseguida, la víctima consciente y limitada en su rebelión. Se alista a la UGIF, la asociación israelita impulsada por el Estado Francés para que sirviera de enlace entre la población judía y las autoridades nazis. Había quien pensaba que era un salvoconducto. Pero allí ahonda en la tragedia que le rodea, en los efectos de las retenciones y las deportaciones, la destrucción de las familias, la situación de abandono de menores judíos a los que Hélène lleva a pasear a las afueras de París, a quienes acompaña al médico, para quienes intenta localizar a sus padres desaparecidos. Jean Morawicki parte hacia España para alcanzar el norte de África, donde piensa adherirse a las fuerzas de la Francia Libre. Todo está cambiando: “vivimos hora tras hora, ya no semana tras semana”.

Llega el silencio. De noviembre de 1942 a octubre de 1943 el diario queda abandonado prácticamente. Ha nacido la consciencia del horror. Hélène sabe que hay dos partes bien diferenciadas en su relato. Hay apuntes anteriores que avisan, como cuando el pequeño Bernard le confiesa, tras la deportación de su madre y su hermana: “estoy seguro de que no volverán vivas”. La redada del Velódromo de Invierno que dirige Eichmann, de julio de 1942, se extiende en desapariciones y confinamientos. A partir de octubre del 43, Berr asume su obligación de “escribir sobre la realidad”. Ya no se trata de un diario de jovencita acomodada, sino una reflexión sobre su tiempo. Introduce debates basados en el Evangelio, análisis y referencias de obras literarias (Los Thibault de Roger Martin de Grand, Los Hermanos Karamazov de Dostoievsky, La vida de los mártires de Duhamel, El inmoralista de André Gide), toma notas para un trabajo sobre Keats, que nunca terminará, y la poesía del inglés se cuela en sus páginas. El Diario pasa a ser una prueba de vida.

Todo ha cambiado definitivamente: “ahora el sentido del humor me parece un sacrilegio”, escribe. Los alemanes detienen a compañeras de la UGIF, institución que se pensaba estaría a salvo de las redadas. Llegan noticias, rumores, de gases en campos de concentración. Los temores de la detención se suceden. Berr deambula por un París que parece no querer saber nada. Los cristianos se asombran de las historias que cuenta: no dan crédito. Exageraciones de judíos.

Hasta aquella parada en la escritura el diario estaba escrito hacia ella. Ahora, toma como auditorio a todos los que la escucharán en el futuro, a Jean Morawieczi, a quien dedica sus anotaciones. “Descansaremos cuando estemos muertos” remedando una cita de Chéjov, de El Tío Vania, anota. Huir o quedarse. Arrepentirse en el futuro, de cualquier manera. Nunca se sabe cuando llegará el golpe definitivo. Reflexiona sobre la condición de judío, eso que ella nunca se consideró. Los otros marcan, se anuncian las consideraciones de Sartre: es el antisemita quien creó al judío.

Ante el aluvión de detenciones, los rumores, las duras anécdotas que desbroza, las dudas sobre la información que llega –incluso sobre Katyn-, los Berr se trasladan y dejan su casa en Elisée Reclus –a metros de la Torre Eiffel- para refugiarse en pisos de conocidos. El Diario calló el 15 de febrero de 1944. Faltaba medio año para la liberación de París. Un mes más tarde, lo que queda de la familia Berr es detenida en su casa, adonde han vuelto: quizá fuese el cansancio, quizá la valentía o la comodidad. Quizá simplemente una confianza excesiva en su estrella.

El día que cumple 23 años, Hélène Berr es deportada con sus padres. Antoinette muere a fines de abril en una cámara de gas. Raymond es asesinado a finales de septiembre del mismo año en Auschwitz III. Hélène es evacuada de Auschwitz y en noviembre está internada en Bergen-Belsen, donde muere Ana Frank en marzo del 45. La joven Berr sobrevive poco más un mes. Pocos días antes de la liberación del campo muere de tifus, como la holandesa adolescente, como Irène Némirovsky.


Se ha comparado el Diario de Berr con el homónimo de Ana Frank. Pero en su versión pública, el Diario de Ana Frank peca ante pruebas de veracidad. De hecho, las múltiples sospechas que se han generado sobre su autenticidad ha sido un excelente caldo del que han bebido los negacionistas, a veces de manera torticera. En el Diario de Ana Frank que conocemos publicado se nos muestra una ficción basada en una historia que está detrás: las notas originales, cuya autenticidad está fuera de duda. La historia cierta está sepultada por los retoques realizados por Otto Frank, su padre, las adaptaciones, añadidos y eliminaciones de editores y guionistas, y ensuciada por los sucesivos juicios y las pruebas de autenticidad. Y, finalmente, por la visión establecida por Hollywood (puede consultarse El Holocausto y la cultura de masas, de Álvaro Lozano, publicado por Melusina en 2010).

De aquel tiempo, de los escritos que desconocían la evolución de aquella historia de terror (como le sucedía a Ana Frank), nos queda la obra de la ucraniana Irène Némirovsky –su Suite Francesa-, que se acerca al punto de vista de la segunda parte del Diario de Berr, si bien es cierto que no solo la calidad literaria les separa, sino la intención. Némirovsky escribe una novela que se trufa de la realidad, de la tempestuosa huida de París de 1940, de la estancia en los campos de la Francia de Vichy, donde soldados alemanes conviven con los pueblerinos. Una novela inacabada, que tenía en su estructura, anotada por la autora, una última parte denominada esperanzadamente La Paix.

Sin embargo, la historia contada por Berr está desembarazada de la intención literaria, de contar la ficción. Pasea a pie de calle y nos parece tan cierta y sobrecogedora como las notas tomadas al azar, como el texto sin connotación literaria, exenta de intención inventiva, como las notas de un antropólogo sorprendido y sin método. Podemos pasear con ella del Barrio Latino a Neully, de La Concorde al Campo de Marte. Y podemos acompañarla en los últimos meses, donde la consciencia del horror asaltó las notas de su diario y del mundo.






Mapa de París, con indicaciones de los lugares que refleja Berr en su Diario

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