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Desahucios

Juan Medina

El fotógrafo Juan Medina presentó en olvidos.es hace dos años su trabajo "Náufragos y cofres" donde hacía un seguimiento del doloroso itinerario de la pateras. Ahora muestra la lacra social del desahucio en un audiovisual realizado para la Agencia Reuters, que aquí se acompaña con dos textos: uno de José Antonio Navarro, que analiza las causas históricas y sociales de los desahucios y ejecuciones hipotecarias; y otro de Raúl Quinto que se centra en los aspectos sociales actuales y en la movilización popular que está en marcha.



Out of home de Juan Medina

Out of home from Juan Medina on Vimeo.


VIDAS EXPLOTADAS, VIDAS DESAHUCIADAS

JOSÉ ANTONIO NAVARRO

A finales del siglo XIX se creó la Comisión de Reformas Sociales, con objeto de analizar y atender las reivindicaciones de las clases obreras. Los delegados sindicales fueron oídos en aquellas Cortes, plagadas de oligarcas y caciques. Allí expusieron las condiciones de vida y trabajo de los obreros. Una de las cuestiones más importantes hacía referencia a la vivienda. Se daba el caso de que con los míseros salarios percibidos, lo habitual es que dos familias ocuparan en régimen de alquiler, un angosto apartamento en el que compartían cocina y comedor, disponiendo sólo de una habitación para cada familia. Cuando sobrevenía una enfermedad o un accidente no se cobraba el salario, y no se podía pagar el alquiler, con la consiguiente exposición a un desahucio fulminante. Ante esa situación se ponía en marcha la solidaridad y la indignación para tratar de impedir el desahucio.

Con el crecimiento de las ciudades se disparaba al alza el precio de los alquileres, por lo que los impagos y la avalancha de desahucios extendieron el conflicto. En los años veinte del siglo pasado se promulgan las primeras disposiciones de carácter especial en materia de arrendamientos urbanos, que se fueron desarrollando con posterioridad, hasta llegar a la legislación de los años cuarenta y cincuenta. Se consolida entonces la prórroga indefinida, se congelan las rentas, y se mitiga la dureza de los procedimientos de desahucio.

Pero del mismo modo que H. Ford comprendió que si sus trabajadores no disponían de dinero suficiente para adquirir un coche, el negocio no prosperaría, los ministros de vivienda de la Dictadura franquista, comprendieron que con el régimen de alquiler, la prosperidad del negocio inmobiliario –hipotecario no se produciría. Entonces lanzaron la consigna: ningún español sin vivienda en propiedad. La legislación de arrendamientos favorecía la compra de vivienda nueva, ya que los propietarios de viviendas no las ofrecían. La construcción de vivienda nueva se dispara al mismo tiempo que se produce un éxodo rural de tres millones de persona en la década de los sesenta, y comienzan a acudir en masa los turistas. Se consolida entonces el lobby inmobiliario-financiero, y el sector de la construcción, como uno de los más importantes de la economía.

Los obreros no disponían prácticamente de otra opción que la compra de vivienda nueva acudiendo a la financiación de una entidad financiera. Cambia el acreedor. Ahora no es el propietario rentista sino la entidad financiera. El obrero ha de trabajar duramente para hacer puntualmente los pagos de la hipoteca durante quince o veinte años, con la aspiración a formar parte de la “comunidad de propietarios”.

Tantas fueron las viviendas que se construyeron que ya en los años setenta quedaban sin vender cientos de miles. Y ya entonces eran muchos los que trataban de orientar las políticas de urbanismo y ordenación del territorio hacia la rehabilitación de los cascos históricos en situación de abandono y ruina. Tal cosa se hizo en alguna medida con destrozo de edificios y construcción de verdaderas monstruosidades. Pero la lógica del crecimiento y acumulación de capital no se detuvo, ni entonces, ni después de los recurrentes estallidos de las burbujas inmobiliarias.

El desarrollo del crédito hipotecario, acompañado ahora del crédito al consumo, ya formaba parte de la España modernizada. España ya había entrado, como dicen muchos sociólogos, en la sociedad de consumo. Las clases acomodadas comienzan a adquirir segundas residencias, y el ministro Boyer liberaliza el mercado de alquileres. Un mercado que apenas crece porque la cultura del yo-propietario había calado hondamente. En los noventa del pasado siglo se fijaban carteles que decían:”aunque no necesite una vivienda haga una buena inversión”. El virus de la cultura del ladrillo no paraba de expandirse. Entre 1990 y 2010 se construyeron en España más viviendas que en toda la historia precedente, al mismo tiempo que se hundía buena parte de la industria y la agricultura.

Entre 2001 y 2010 se construyeron en España casi cinco millones de viviendas, pasando el precio del metro cuadrado de 967 a 1843 euros. El PIB había experimentado un crecimiento importante y se pensaba que todo el mundo tomaba una parte de aquella rica tarta. Los estímulos a la compra de vivienda y coche provenían tanto desde los gobiernos como desde las promotoras y las entidades financieras. El crédito hipotecario llegó a sus cotas más altas. La gente había aprendido a vivir a crédito.

Cuando estalla la burbuja y se desata la crisis económica en 2008 millones de “propietarios” hipotecados se quedan sin trabajo, sin salario, y no pueden hacer frente al pago de la deuda. Al mismo tiempo descubren que las viviendas hipotecadas estaban sobrevaloradas, y que las escrituras estaban plagadas en su mayor parte de cláusulas abusivas, en las que, al parecer, ni notarios, ni registradores, ni jueces habían parado mientes, a pesar de toda una profusa legislación sobre tutela de los consumidores.

En pocos años cientos de miles de hipotecas son ejecutadas, y entonces se generan movimientos de apoyo y defensa de los desahuciados. Gracias a esas luchas, en buena medida, se consigue que los bancos acepten en algunos casos la dación en pago o la renegociación de la deuda, al tiempo que los sucesivos gobiernos adoptan medidas paliativas, y hasta una ley de tutela de los deudores hipotecarios que pone límites a las situaciones de abuso. También se promueve el alquiler social. No podía ser de otra manera, porque está en juego la credibilidad y “legitimidad” de la dictadura del capital. Pero tales medidas constituyen “una aspirina para un cáncer”, puesto que la inmensa mayoría de los desahuciados, siguen siendo deudores, parados y/o precarizados. Es decir, siguen siendo explotados y/o desahuciados.

La crisis no ha sido provocada por un grupo de empresarios y banqueros codiciosos. Es una nueva y devastadora crisis de sobreproducción y de subconsumo, dada la enorme desigualdad en la distribución de la renta. Es una crisis inherente al despliegue del capital, que la aprovecha para seguir explotando con más intensidad. Y lo seguirá haciendo mientras los ciudadanos no pongan en cuestión el orden establecido y tomen nota de que la libertad que reina en el capitalismo es la libertad para explotar.

Vivimos en un sistema que profesa libertades, pero que no ha dejado de perfeccionar los dispositivos de explotación y devastación. Un sistema que desde hace lustros no para de producir desechos humanos, es decir, muertos civiles y nuevas formas de esclavitud. Es urgente prescindir de amos y tribunos, pero tal cosa no será fácil sin cambiar de cultos.


BREVE HISTORIA BAJO LAS CIFRAS
(sobre burbujas y desahucios)

RAUL QUINTO

Supongamos que la vivienda es un derecho reconocido y que hay una constitución que incluso protege dicho derecho de la especulación y su ansia infinita. Supongamos pues que el artículo 47 de la Constitución Española tuviera la misma redacción que tiene, y que a pesar de eso el mapa del país tenga la forma de un ladrillo pintado de oro, o la de una cerradura sellada. Supongamos que desahucio no es sólo una palabra, sino miles de hechos. Eso, supongamos que tras el hielo de las cifras se escondieran personas, familias con rostros y miedos concretos, nombres y carne real. Sepamos entonces que la pobreza y el pánico inducido es el alimento para el hambre que no cesa de los pocos: el capitalismo mórbido devorando a sus hijos pequeños. A ti mismo.

Y así, despertar de un embrujo y reconocer la mentira, y ver que debajo de ella lo que queda es la vergüenza, o la lucha. Que lo que permanece una vez arrinconado el miedo es la dignidad y un pueblo tirando puertas abajo.

Lo contaré, aunque esta historia es vieja y ya ha sido narrada muchas veces. Empiezo con algo frío como una estadística, una gráfica obscena que lo explica todo: una línea representa el crecimiento medio de los salarios desde 1985 hasta 2007, y otra representa el crecimiento medio del precio de la vivienda en esos mismos años. La primera crece lenta y poco, la segunda abandona a la primera a partir de 1997 y se dispara, casi saliéndose del cuadro. A eso llamaron burbuja inmobiliaria. Eso significa que tú no puedes pagar una casa con el dinero que ganas trabajando y que tienes que ir a un banco para que te lo preste si es que quieres tener la llave de un sueño, o de un hogar. Porque hay que comprar. Nos dijeron que pagar un alquiler era tirar el dinero, que una casa es una inversión segura porque su precio siempre crece, y a alguno incluso le entró la fiebre especulativa y compró para vender, y lo hizo a crédito. Y el monstruo siguió engordando, insaciable. Thomas Wolfe tiene una pequeña novela llamada Boom Town donde cuenta eso mismo, pero en los EEUU de 1929, justo antes de que el mundo entero saltara en pedazos. Los libros están llenos de advertencias, pero no importa. Que la Historia se repita no quiere decir que se aprenda de ella, o sí, algunos errores siempre son un acierto en forma de mucho dinero para los pocos, los mismos que sobreviven a todos los desastres que provocan y vuelven del polvo para conspirar en aras de otras burbujas y negocios. El capital, lo llaman, y también tiene sus nombres y sus apellidos.

Así que no puedes comprar una casa con tu propio dinero, y eso que hay trabajo para todo el mundo, porque una burbuja significa que la pasta fluye y que el futuro sólo puede ser mejor. Debes comprar. Hay una voz y mil señales que te obligan. Es lo que hay que hacer, lo que todo el mundo hace. Entonces fuiste al banco y el banco te dijo que tomaras no sólo la parte que necesitabas sino más: para un viaje, para amueblar el piso, para la entrada de un coche. No temas, sólo firma aquí. Hipotécate, átate. Mensualidades que implicaban el 70% o el 80% de tu sueldo, en cómodos pagos durante los próximos cuarenta años de tu vida. Tranquilo, firma ahí, tienes trabajo y la cosa va bien, si te ves agobiado vendes la casa y aún puedes hasta ganar dinero. Son todo ventajas. Firma. Y firmamos millones.

Y se firmaron condenas, ahora lo sabemos bien, pobreza, cláusulas abusivas y engañosas, cadenas. Y llegó la crisis y dejó en los huesos a los perros de la avaricia. O a quienes bailaban al son de sus ladridos que fuimos casi todos. Llegó el paro masivo y probablemente tú estás sin trabajo o cobrando mucho menos, y tu hipoteca es la misma. La crisis se lo come todo, pero la banca recuerda que ella siempre gana, y ejerce su derecho de conquista sobre nuestras vidas, y nos exprime.

Ahora en tu casa entra poco dinero, pero tus hijos necesitan comida y ropa, como los hijos de los demás. Ahora pides dinero a amigos y familiares, pero el orgullo y sus propias dificultades económicas te lo ponen difícil. Y sigues sin trabajo, y el barrio se llena de comercios cerrados y de vecinos con la misma angustia en la mirada que tú. El aire se convierte en miedo, y lo respiras a cada momento. Miedo a no poder pagar, miedo y culpa. Derramándose por debajo de la cama de tus hijos, mezclado en el cajón con la ropa interior de tu pareja, miedo ensombreciendo las fotografías de las últimas vacaciones, hace ya demasiado. El miedo te pone delante del espejo y te dice: has fracasado. En este mundo el que pierde es porque no vale. Eso dicen, y eso escuece demasiado dentro del miedo. El recibo de la luz sube, los precios de las cosas que necesitas suben, y tú sigues en el paro, y la cifra de tu hipoteca sigue invariable. La pobreza es esto. Y ser pobre es algo sucio, te han dicho. Y el miedo va cogido de la mano de la vergüenza. Así sucede que un día tienes que elegir si compras comida o pagas la hipoteca, y decides lo primero, y esperas que vuelvan los buenos días. Pero no vuelven.

Esto es un retrato de millones.

Unos meses más tarde te viene la notificación y te dice que tu casa siempre ha sido del banco y que quiere recuperarla. Te echan de tu casa. Tacha la palabra hogar. La puerta se cierra contigo fuera. Ese sonido es una vida cayendo contra las rocas. Te acaban de arrojar a la calle, y, para colmar el delirio, una ley hipotecaria tan vieja como obscena te obliga a seguir pagando parte de la deuda, aunque ya no tengas casa. Es una estafa, pero es la ley. Resumo: Debes comprar una casa y para ello debes endeudarte de por vida + No puedes pagar pero seguirás pagando aunque ya no tengas casa. De la ilusión al miedo y la vergüenza, y después a la desesperación o a la rabia.

Porque resulta que muchos se han quedado en el camino y han escogido la salida de la soga o del balcón abierto al asfalto. Eso son crímenes a anotar en la cuenta de resultados de cada banco estafador y de cada gobierno que ha legislado, y legisla, a su favor. No son suicidios, son asesinatos. Eso es la desesperación, y quien la fomenta no debería tener perdón. Por eso también la rabia. Y la verdad. Y la verdad y la rabia organizada. La gente normal mirando al poder a los ojos, con la razón y con la justicia de su lado.

La Plataforma de Afectados por la Hipoteca ha dado lecciones de dignidad y ha hecho que el problema de la vivienda y de los desahucios sea portada de periódicos y se introduzca, mal que les pese a algunos en la agenda política. La PAH es gente que ha conseguido que se moderen algunas leyes y ha transformado la desesperación en una admirable fuerza de cambio.

Sin la PAH, o el 15M, no se habría roto el silencio cómplice de los medios y de los políticos de los dos grandes partidos (siempre prestos a defender los intereses de la banca) sobre este tema. Porque no es un tema, sino una realidad afilada y dolorosa, una estafa. Eso: que la vergüenza es la de un sistema que potencia el crimen y echa a su gente a la calle. Pero la gente se ha organizado y ha paralizado centenares de desahucios, han renegociado miles de hipotecas y conseguido sin el ruido de las cacerolas y los titulares, cientos de daciones en pago. La gente se ha organizado y ha recogido más de millón y medio de firmas al Congreso para cambiar una ley injusta, y aunque la ley siga siendo injusta hemos podido ver el rostro del cinismo y algunos han reconocido al enemigo. La gente ha señalado a los responsables y lo han bautizado como escrache a cambio de que los responsables los llamen terroristas o nazis, porque la irresponsabilidad consiste en invertir la culpa y que la víctima parezca el verdugo. El miedo ha cambiado, por momentos, de bando. La gente ha ocupado viviendas que los bancos han dejado vacías para seguir especulando con ellas, hay cientos de miles de casas vacías, cientos de miles de desahuciados. Casas sin gente, gente sin casas. La gente que somos también tú y también yo. Porque resulta que hoy todavía, a pesar de que la prensa mire a otro lado, sigue habiendo desahucios, suicidios e hipotecas oscilando como cuchillas sobre demasiados cuellos. Sigue el miedo, la vergüenza y la rabia. Y se sabe que cuando habla Ada Colau es sólo la voz de lo que muchos dicen y de lo que todos necesitan oír, que la razón está de nuestra parte. Todo eso. Que la vergüenza es la del sistema, que el miedo debe ser el de los banqueros y los políticos que le rinden pleitesía.

Se trata de eso, al cabo.

De la estafa consentida a la movilización popular atravesando los caminos del miedo.

Podría ser el título de esta historia. De los que siempre pierden y los que pueden empezar a ganar. De ese dolor y esa victoria que es mirarse al espejo y decir: soy la gente, y no me rindo.

Juan Medina - José Antonio Navarro - Raúl Quinto

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