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Piezas y Procesos

A puerta cerrada

Sergio Hinojosa·
A puerta cerrada

A puerta cerrada: de los horrores y torturas al letargo veraniego.

En los veinte años consagrados a reflexionar sobre cuánto me sucedió creo haber comprendido que todo perdón y olvido forzados mediante presión social son inmorales (…) La capacidad de resistencia moral incluye la protesta, la rebelión contra lo real, que es razonable sólo mientras sea moral.

(Jean Amery, Más allá de la culpa y la expiación)

“Si fractus illabatur orbis, Impavidum ferient ruinae”[1]

Mientras España en los años 70 del siglo pasado iba ganando día a día terreno a la esperanza, en las salas oscuras de las comisarías, el curso de las horas seguía pesando como plomo en quienes, desgarrados, esperaban los golpes del siguiente interrogatorio. Los muros exteriores simulaban edificios cuando, en realidad, eran cajas mortuorias repletas de siniestros deseos y abominables actos. En esos espacios tenebrosos, el cuerpo atrapado se hacía más real y buscaba fuerzas en el conjuro del compromiso político para resistir. La sangre de los otros y la propia, se agolpaba latiendo violentamente en el cerebro.


Los últimos años de la dictadura franquista no estuvieron exentos de dolor. A finales de la década de los sesenta y principios de los setenta comenzó a manifestarse abiertamente la oposición al régimen del General Franco. Muchos españoles, deseosos de un cambio de rumbo en sus vidas, salieron a la calle para exigir libertad. Gente de todas las edades y clases sociales e ideologías distintas se manifestaron en contra de la dictadura. Los gestos contenidos y los susurros dieron paso a un lenguaje abierto y franco, que prestó nuevas expresiones y términos al deseo del cambio social. La Europa económica avanzaba, y las inversiones fluían y poblaban la costa mediterránea con nuevas y desenfadadas formas de consumo.

Las aspiraciones democráticas tuvieron la virtud de transmutar la miseria y el dolor en un deseo de libertad y consumo. Y este deseo, tornasolado y confluyente, circuló por plazas y calles, por cafeterías y lugares de trabajo, por universidades y mesas de camilla, en el mismo lenguaje que rápidamente lo iba transformando. Democracia o dictadura, revolución o reforma, ruptura o transición democrática, eran alternativas en los variopintos discursos. Y aunque diferentes en su trazado y finalidad, poco a poco, vinieron a confluir en una exigencia de derrotar a la dictadura. La voz de unos pocos sensibilizó a la mayoría. Y gracias a esas voluntades tenaces, cada vez con más frecuencia, los partidos políticos de izquierda -entonces en la clandestinidad- se manifestaron abiertamente arrastrando tras de sí a multitud de seguidores. Trabajadores asalariados, estudiantes y comerciantes se fundían, para alimentar ese común anhelo. Para la mayoría de los españoles con la nueva década de los 70 nacía la Esperanza con mayúscula.

Pero la fuerza de los ideales no bastaba para despejar tanta incertidumbre, porque únicamente resaltaba las contradicciones y las hacía más visibles. En el extremo, algunos exaltados imaginaban la utopía, otros, más prudentes, perseguían una libertad más prosaica y ceñida a la práctica política del día a día, orientada a democratizar las instituciones. Así, los partidos, las asociaciones vecinales y todo tipo de organizaciones, más o menos clandestinas, iban emergiendo a la luz y sumando perspectivas con una amplitud de miras que no olvidaba las libertades individuales.

En todo este movimiento había un elemento común que se reflejaba en el arte, la música, el teatro, el cine o en cualquier otra forma de expresión: el deseo de construir una nueva sociedad. A través del incipiente arte Pop se difundían imágenes del Che Guevara, de Mao o Lenin, usando para ello las técnicas industriales y añadiendo una pasión sin demasiados matices. Mientras, las vanguardias (como Equipo Crónica, Eduardo Arroyo, Luís Gordillo o Juan Genovés) desarrollaban nuevas perspectivas y reflexiones para la protesta pictórica. La literatura se debatía entre la aceptación del compromiso político y su propia especificidad. Aparecían nuevas obras como Tiempo de silencio de Martín Santos, Las ratas de Delibes o Tormenta de verano de García Hortelano, abriendo nuevas vías a la sensibilidad y mezclándose en las desnutridas estanterías con los irrespirables volúmenes de Gironella. Al hilo del compromiso también se rescataron otras obras de la década anterior como Nada de Carmen Laforet o El Jarama de Rafael Sánchez Ferlosio.

Las reuniones clandestinas, las lecturas prohibidas, las canciones revolucionarias, los comentarios sobre la guerra o sobre lo acontecido en tal o cual huelga, formaban parte de las conversaciones a media voz. La apertura a una nueva conciencia política de la clase media española llegaba fulgurante desde los silencios rotos. La vida cotidiana, ensombrecida por el tedio, dejaba traslucir los destellos de una esperanza que traducía el amplio murmullo subterráneo y cuya fuerza, cada vez con más frecuencia, estallaba en manifestación pública.

Pero mientras España iba ganando día a día terreno a la esperanza, en las salas oscuras de las comisarías, el curso de las horas seguía pesando como plomo en quienes, desgarrados, esperaban los golpes del siguiente interrogatorio. Los muros exteriores simulaban edificios cuando, en realidad, eran cajas mortuorias repletas de siniestros deseos y abominables actos. En esos espacios tenebrosos, el cuerpo atrapado se hacía más real y buscaba fuerzas en el conjuro del compromiso político para resistir. La sangre de los otros y la propia, se agolpaba latiendo violentamente en el cerebro.

A comienzos de la década de los sesenta, todavía las comisarías no dejaban ver sus características arquitectónicas al viandante, simplemente lo disuadían para dar un rodeo y evitar la mirada torva de algún guardia. La sede del terrible Roberto Conesa y de su mano derecha Antonio González Pacheco (Billy el Niño) mantenía también sus paredes sórdidas y mudas. A ellas sólo se acercaban los adictos al régimen, o aquellos otros que tenían la desgracia de caer en sus manos. Tras la “Victoria”, un miembro de la Gestapo y de las SS, Paul Winzer, les había adiestrado meticulosamente en su ominosa dedicación. Billy el Niño era por entonces demasiado joven, pero pronto se entusiasmó y aprendió a la perfección ese arte. Tanto, que llegó a superar en soltura a su propio maestro Conesa.

Muchos años más tarde, en 2013, una jueza argentina, María Servini, juzgó a González Pacheco y cursó orden de búsqueda y captura contra él bajo la acusación del delito de tortura. Las torturas fueron perpetradas por el comisario contra trece personas entre 1971 y 1975. La reacción del gobierno y de la Audiencia Nacional española fue decepcionante. Un año más tarde, en abril de 2014 esta audiencia rechazó la extradición de González Pacheco alegando que los delitos de torturas cometidos, ya estaban “ampliamente prescritos”. Una revista jurídica argentina amplía esta información:

La Fiscalía de la Audiencia Nacional de España se opuso hoy a la extradición del ex inspector Antonio González Pacheco, alias «Billy el Niño», reclamado por la Justicia argentina por delitos de torturas cometidos durante la dictadura franquista.

En el marco de la misma causa, la Justicia española debe resolver también la extradición del ex guardia civil Jesús Muñecas Aguilar, imputado por hechos similares, pero el Ministerio Público aún no se pronunció, si bien se prevé que lo hará en el mismo sentido.

El Ministerio Público español ya se había expresado en contra de la extradición de ambos ex agentes de seguridad españoles, a los que la jueza argentina María Servini de Cubria imputó en septiembre de 2013, en una decisión histórica a raíz de la querella presentada en Argentina por familiares y víctimas de la guerra civil (1936-1939) y la dictadura franquista (1939-1975).

Esta vez, por medio de un escrito, el Fiscal Pedro Martínez Torrijos argumentó que los delitos que se le imputan a «Billy el Niño» tienen «un plazo de prescripción de 10 años», según el Código Penal de 1973, lapso que «se habría superado con creces», ya que los hechos investigados ocurrieron entre 1968 y 1975.

El Procurador analiza también la prescripción de los delitos y asegura que aunque España firmó tratados internacionales que reconocen la imprescriptibilidad de los delitos de lesa humanidad, como es el caso de las torturas, éstos acuerdos entraron en vigor en 1999 y, por lo tanto, no pueden aplicarse de forma retroactiva.

Asimismo, Martinez Torrijos señaló que en estos casos la Justicia española es la jurisdicción de «preferencia» frente a la argentina, porque se trata de «hechos cometidos en territorio español, por ciudadanos españoles y con víctimas españolas».

El pasado 5 de diciembre, el juez de Instrucción Pablo Ruz tomó declaración a Gonzlez Pacheco y a Muñecas Aguilar, y ordenó que se les retirara el pasaporte y prohibiera salir del país. También los obligó a comparecer semanalmente en el juzgado más cercano a su domicilio.

La juez argentina imputó a Billy El Niño, de 67 años, por torturas contra 13 víctimas, que aún recuerdan su brutalidad durante las detenciones que tuvieron lugar entre 1971 y 1975.[2]

Por aquellos años, quienes eran testigos de una detención solían avisar rápidamente a la familia del detenido o de la detenida, para limpiar su casa de “papeles comprometidos” y evitar así una represión más severa. La noticia corría entonces de boca en boca, hasta que la prensa clandestina relataba la caída. Aquí o allá, se trazaban planes y urdían estrategias para liberar a los detenidos. Las manifestaciones, los panfletos, las asambleas, encontraban su cauce en los puestos de trabajo o en la universidad, y arrancaban gritos de libertad para los detenidos.  Mientras, en la radio del coche –quien lo tenía- o en la vieja radio de la casa, a eso de las diez de la noche, muchos españoles tratábamos de sintonizar Radio Pirenaica. Los oyentes solíamos creer que esta emisora libre se hallaba en algún lugar del Pirineo y no, como sucedía en realidad, en un viejo edificio oficial de Bucarest.


Al comienzo de la década de los 60, la radio informaba de la detención de un comunista. Tras la detención “se había arrojado por una ventana, a escasa altura, de la Dirección General de Seguridad”. Y en la noticia, se añadía que “nunca se empleó la violencia contra el comunista”. El caso suscitó un interés internacional inusitado. Fue a finales de 1962. Se llamaba Julián Grimau. El dirigente comunista acudió a una cita y cayó en la trampa que le había tendido Conesa presionando con amenazas a Lara, el militante que lo convocó. Los secreta que lo aguardaban dentro del autobús, lo condujeron a la siniestra Dirección General de Seguridad (DGS). Tras el supuesto intento de fuga, ingresó en el hospital de donde salió una madrugada para no volver jamás a estar entre los vivos. Hoy, a más de cincuenta años de distancia, podemos rememorar los últimos momentos de aquella terrible noche. Y quién sabe si también lo recordó Pacheco en sus últimos momentos. Yacente en una cama de la clínica San Francisco de Asís de Madrid moría Antonio González Pacheco durante el pandemónium COVID-19.

Su gloriosa vida repleta de medallas al mérito se extinguió y la cámara legislativa de nuestro país, institución que , por más que se empeñe la derecha en lo contrario, legisla en nuestro país, le retiró toda esa chatarra y puso las cosas en su sitio. Así lo transmitía la Cadena Ser[3]:

El Congreso de los Diputados ha dado este jueves luz verde para que puedan retirar las medallas a Antonio González Pacheco, alias Billy el Niño, inspector de Policía del régimen franquista imputado en su día por delitos de torturas y lesa humanidad y  fallecido el pasado 7 de mayo (2020).

La iniciativa ya se debatió ayer en el Pleno de la Cámara Baja, aunque la votación ha tenido lugar este jueves con el siguiente resultado: 207 votos a favor, 57 en contra y 86 abstenciones. Acordada entre PSOE y Unidas Podemos, la iniciativa finalmente ha incorporado las sugerencias de Ciudadanos y se ha votado una texto transaccional consensuado por los tres grupos.

La proposición insta al Gobierno a «revocar de forma efectiva las condecoraciones y recompensas concedidas por el Estado a funcionarios y autoridades de la dictadura franquista que, antes o después de la concesión, hubiesen realizado actos u observado conductas manifiestamente incompatibles con los valores democráticos y los principios rectores de protección de los Derechos Humanos». Y añade que la revocación también podrá llevarse a cabo a título póstumo cuando la persona condecorada ya hubiera fallecido.

Por eso, y en particular, se retirarán las condecoraciones otorgadas a Billy el Niño, imputado por delitos de torturas y lesa humanidad en la causa criminal seguida en el Juzgado Criminal y Correccional Federal número 1 de Buenos Aires (Argentina). Además, la propuesta pide que se adopten las iniciativas normativas precisas para «revisar e invalidar todas las distinciones, nombramientos, títulos honoríficos y demás formas de realzar a personas y entidades que supongan exaltación o enaltecimiento del golpe militar de 1936, la Guerra Civil y del franquismo». También, que se elabore un catálogo de títulos nobiliarios concedidos entre 1948 y 1978, que representen la exaltación de la Guerra Civil y dictadura, para su supresión.

.¿A que no saben quién votó en contra o se camufló camaleonicamente bajo la abstención? Sí, lo han acertado, los mismos de siempre.

Julián Grimau no murió tranquilo y rodeado de seres queridos en una cama, lo mataron sin contemplaciones. Las protestas multitudinarias que se produjeron en muchas ciudades europeas y las últimas llamadas del Vaticano al ministro del Interior, Camilo Alonso Vega, no fueron suficientes. Su silencio y su fidelidad por aquella causa es hoy, para muchos de nosotros, memoria. La violencia como manifestación del poder político, la tortura y la humillación eran entonces moneda común. Ahora, cuando la fragilidad de las instituciones de la democracia se pone a prueba por los embates del ultraliberalismo de alcance global, la derecha local pregona por doquier la eficacia ejecutiva frente a la lentitud e impotencia de las instituciones democráticas. Y en ese ejercicio de determinación, rechaza como prescrito el delito de tortura y premia al torturador con una pensión extra. Tal vez sea legal la decisión, pero precisamente por esa debilidad democrática no es anacrónica la reflexión sobre lo que nunca debió suceder.

Un fragmento de una carta Grimau llega hasta nosotros. Tiene la impronta del gesto ilusionado:

“Queridas todas: os escribo en un día en que la gente está (y con razón) muy contenta. El gran triunfo de la Unión Soviética y del Colón Sideral, o sea Yuri Gagarin, ha llenado de alegría y de júbilo al pueblo madrileño. La conquista del Cosmos por el primer país socialista del mundo es apreciada en todo su gran valor e importancia.[4]

Era un eco del reconocimiento que el PCE hacía de los avances de la URSS en el VI Congreso del Partido Comunista de España (PCE)[5] celebrado en 1960. Julián refleja su júbilo en la intimidad de su círculo familiar. La carta la dirige a su compañera Angelina y a sus hijas Lolita y Carmencito, desde un Madrid recién estrenado en la primavera de 1961. Fascinado por el lanzamiento de la nave Soyuz, creía ver en esta conquista “soviética” del espacio la confirmación de la fe que el pueblo tenía en su gran bandera roja y en el progreso.

A finales de ese mismo año, en pleno invierno moscovita, se había celebrado el XXII Congreso del PCUS. En él, se había presentado un nuevo programa, efecto retardado del Discurso de 1956 de Jrushev y de su definitiva hegemonía, al poner al descubierto las terribles purgas realizadas por Stalin. Jrushev parecía arrinconar definitivamente la era estalinista y se disponía a iniciar de manera decidida la política de “deshielo”. Al año siguiente, pese a la “Crisis de los misiles” entre EEUU y Cuba, las bases de una nueva política con USA eran ya una realidad.

Pero la Rusia “internacionalista” no había sufrido grandes cambios internamente. El Congreso había ofrecido un nuevo programa y un nuevo estatuto para un Partido dispuesto a hacer frente a la “estructuración” de la “sociedad comunista”. La influyente revista de filosofía Voprosy filosofii (Cuestiones de filosofía) comentaba al respecto:

“El material del histórico XXII Congreso del PCUS, el nuevo Programa del Partido, el código moral de los estructuradores del comunismo abren nuevos horizontes a la ética marxista. La imagen moral del hombre estructurador del comunismo constituye su problema central.”

Naturalmente, la realización de este hombre nuevo sólo cabía bajo la tutela y vigilancia del Partido único. La supuesta misión de esa voluntad organizada era la de abrir paso a la extinción del Estado y al asentamiento de las bases de una nueva sociedad científicamente utópica. Una sociedad en la que la moral comunista, derivada de la necesidad, surgiera de las condiciones objetivas de la actual sociedad sin clases.

La significación dada a la entidad “El Partido” seguía quedando clara en el Programa:

“El partido es el cerebro, el honor y la conciencia de nuestra época…Con su mirada que descubre el futuro, abre ante el pueblo los caminos del progreso basados en fundamentos científicos, hace que en las masas se despliegue una energía gigantesca y las conduce a la realización de tareas grandiosas.”

La visión interna seguía el rumbo de la revolución, y muchos comunistas de otros países así lo quisieron creer, pero Julián Grimau matizó esta adhesión a la revolución soviética con las nuevas ideas de reconciliación nacional y de respeto democrático sancionadas en 1959 por el VI Congreso del PCE. En él, como primer objetivo y con carácter inmediato, se proponía lo siguiente:

“El objetivo inmediato del Partido Comunista de España es acabar con la dictadura fascista del general Franco y abrir cauce al desarrollo democrático del país. Con este fin, el Partido Comunista está dispuesto a hacer las concesiones necesarias –que no impliquen dejación de sus principios– para lograr, de una u otra forma, el entendimiento de todas las fuerzas antifranquistas de derecha e izquierda.”[6]

Para lograr este entendimiento se fundó por miembros del PCE Comisiones Obreras como sindicato de clase, capaz de aglutinar voluntades por la democracia. Pero esa democracia no estaba clara para todos los líderes de izquierda, influidos como estaban aún por la versión estalinista de la organización y por la idea que tenían de lo que debía ser la lucha por la libertad. Grimau se distanció de este pensamiento uniformador; él, en cierto modo, no pertenecía al convento. Vivía la afirmación del sujeto y por ello se mantenía a distancia de identificaciones excesivas y aglutinantes. El respeto a la diferencia se mostraba incipiente en estos acuerdos. El “nosotros” de Grimau no enarbolaba las banderas de la furia. Su pensamiento tampoco exigía un solo fin para la historia y ni para la sociedad.

Pese a esa distancia, los aires cálidos del sur lo habían templado y llenado de optimismo como a muchos otros españoles. Además, seguramente tenía motivos para encarar ilusionado aquella década, que no verá concluir. Las satisfacciones cotidianas antes aludidas y el vigor de ese pueblo, sentido como propio, estimulaban su espíritu.

Desde la altura mítica -que él representaba para miles de militantes- podía sentir de cerca la poderosa fuerza del único país capaz de hacer frente al imperialismo U.S.A. Aquella confianza incuestionada le hacía creer que, bajo las alas potentes de la URSS, los pueblos del mundo cumplirían su destino. Desde luego, no era el único por aquellos años en dar crédito a Rusia, tampoco en creer en un destino prefijado de los pueblos doloridos. Muchos veneraban los signos de una Rusia libertadora, pese al descubrimiento de las masacres que llevó a cabo el régimen de Stalin. Jean Paul Sartre, en la vecina Francia, ofrecía calculadamente sus garantías. Tal como testimonia Drake:

“En junio de 1962, él (Sartre) y Beauvoir realizaron el primero de los nueve viajes que, en los cuatro años siguientes, harían a la Unión Soviética. Debido a que el Gobierno socialista había proseguido con la guerra en Argelia, Sartre había dejado la Izquierda Socialista Francesa y no le había perdonado al PCF su apoyo a la intervención soviética en Hungría. Pero estaba convencido de que la URSS había entrado en una fase de genuina desestalinización”[7]

Idéntica esperanza cundía en otros sectores de la izquierda española. Grimau la compartía, pues como tantos otros, se hallaba inmerso en aquella España esperanzada que agitaba banderas de libertad y se reconfortaba con la existencia de la gran potencia roja. Bajo tal cobertura se podía ver con cierto optimismo el futuro y augurar que el dictador estaba agotando sus últimos recursos.

En cierto modo, la realidad y el deseo chocaban no sólo en la poesía, pues aunque el dictador tardó más de una década en abandonar el poder y el mundo, ya se estaba produciendo un claro distanciamiento con el régimen, y las contradicciones manifiestas con el desarrollo económico cada vez eran más difíciles de digerir por el régimen. Y en cuanto al deseo, era claro que, en las cábalas de los camaradas de base, la utopía comunista seguía indemne. El barco del franquismo, con sus torturadores incluidos, naufragaba y las velas rojas desplegadas remontaban una ilusión ascendente como el Soyuz.


Tras la remodelación de 1957 y el Plan de Estabilización, el gobierno franquista abrió las puertas de par en par al desarrollismo, y el régimen quedó tocado en sus intereses y estilo originarios. Las esperanzas de sus miembros profalangistas cayeron al pozo con el ascenso del tecnócrata López Rodó. Entonces no había cambio climático y el frío no disuadía fácilmente al generalísimo. Así pues, como tantos otros años, ese invierno de 1961 también salió a cazar. Naturalmente su certera puntería se ponía en práctica con las piezas que le ponían sus monteros a tiro. Pero la suerte esta vez le jugó una mala pasada y el cañón izquierdo de una escopeta estalló y alcanzó su brazo en los bosques del Pardo. La agencia Cifra emitió una escueta nota informativa: “su excelencia el jefe del Estado sufría leves heridas en la mano izquierda de las que había sido curado en el hospital Central del Aire”. El cañón, reventado por accidente, había causado a Franco “fractura abierta del segundo metacarpiano y del dedo índice de la mano izquierda” y, en el Pardo, otra herida más profunda a la dictadura: el generalísimo era vulnerable, podía morir. Incluso pudo haber sido un atentado… En fin, una multitud de cábalas sobre el supuesto atentado y los posibles sucesores.

La incertidumbre se cerró  con un nombre, el del almirante Luis Carrero Blanco. Era el hombre de confianza de Franco, el previsto sucesor y, también, la carta marcada por los tecnócratas del Opus Dei. Pero el delfín nunca llegó a detentar el poder. Doce años después, un atentado de ETA acabó con el sueño de esta reposición del régimen.

Por otra parte, los pactos firmados con EEUU y con el Vaticano, que hasta entonces habían permitido al régimen atribuirse éxitos internacionales, se vieron en entredicho a raíz de una serie de avatares en la política internacional. La Iglesia había jugado, con su proverbial habilidad política, un papel clave en la legitimación internacional del régimen. Y también salía ilesa de la II Guerra Mundial pese a haber defendido los fascismos y la política del Eje.

La jerarquía eclesiástica, Pío XII a la cabeza, se distinguió ante la barbarie nazi por su ambigüedad, cuando no por su directa complicidad. Y desde luego, mostró simpatía y espíritu de colaboración con el régimen del general Franco. Eugenio Maria Giuseppe Giovanni Pacelli, que era como realmente se llamaba el papa, escribió a Franco tras la “Victoria”:

“Levantando nuestro corazón al Señor, agradecemos sinceramente, con V. E., deseada victoria católica España. Hacemos votos porque este queridísimo país, alcanzada la paz, emprenda con nuevo vigor sus antiguas y cristianas tradiciones, que tan grande le hicieron. Con esos sentimientos efusivamente enviamos a V. E. y a todo el noble pueblo español, nuestra apostólica bendición.” PÍO PAPA XII

Y antes de que Hitler perpetrara el genocidio, ya se había declarado abiertamente antisemita y comprendía las soflamas del Generalísimo contra el contubernio judeomasón. La Iglesia comprendía lo que muchos europeos y españoles no podían entender: cómo se santificaba a la barbarie.

Pero desde el Concilio Vaticano II, y más concretamente desde que en 1961, apareciera la encíclica de Juan XXIII  Mater Magistra –en la que se reclamaban salarios justos para los trabajadores de la industria y la agricultura-, el desprestigio del régimen se había hecho manifiesto. Un párrafo de esta encíclica reza literalmente:

“Y Nuestro afectuoso pensamiento y Nuestro paterno estímulo van hacia las asociaciones profesionales y los movimientos sindicales de inspiración cristiana, cuya presencia y actuación se extiende a diversos continentes, y que en medio de muchas y a veces graves dificultades, han sabido trabajar, y continúan trabajando, por la eficaz salvaguardia de los intereses de las clases obreras y por su elevación material y moral, tanto en el ámbito de cada una de las comunidades políticas como en el plano mundial.”[8]

Otro varapalo vino a sacudir el maltrecho prestigio internacional. Ese año de 1962 el Mercado Común Europeo cerró sus puertas a España. Los intentos de acercamiento de España al M.C.E., promovidos por el entonces embajador en París José María de Areilza, se vieron frustrados por la actitud sectaria y ofensiva del régimen contra la democracia y el liberalismo. Europa quería a través de la oposición integrar a España, pero el gobierno franquista no estaba dispuesto a ceder a los requisitos democráticos y aceptar el cumplimiento de los derechos humanos.

Ese año de 1962 fue, pues, un año de puesta a prueba para las instituciones del franquismo. En junio se celebró el IV Congreso del Movimiento Europeo. Se invitó a que participaran en él a un nutrido grupo de personalidades de la oposición española. La mirada europea enfocó entonces a nuestro país. Entre los asistentes invitados había monárquicos, católicos y falangistas arrepentidos del interior, sentados cara a cara con socialistas, nacionalistas vascos y catalanes, algunos de ellos en el exilio. Sin embargo, no fueron invitados los comunistas. Se excluyó, por acuerdo tácito, a quienes más pujaban desde la izquierda y más resonancia tenían en el mundo del trabajo. Quizá porque, en aquellos momentos, el gobierno estaba acosado por el auge del movimiento obrero. Las huelgas de ese año de la minería de Asturias y de la siderurgia del País Vasco lo habían puesto en jaque. Un dirigente comunista de primer nivel, Nicolás Sartorius, lo resumiría así:

“Si el 56 fue el primer golpe contra el SEU, el 62 fue el de la primera gran sacudida contra el entramado sindical del régimen, y la irrupción del nuevo movimiento obrero que luego se transformó en Comisiones Obreras como poder fáctico de la oposición”.

Gil Robles extraía también sus conclusiones “la propuesta de Múnich, por el contrario, pretendía abrir a España la puerta que estaba cerrada…incluso permitía que la evolución fuese iniciada por el régimen actual, entrando, desde luego, en el Mercado Común … La verdad es que el actual Gobierno español no quiere evolucionar, ni mucho ni poco. Sabe que así no puede entrar en Europa, como antaño no pudo conseguir la ayuda del Plan Marshall”

Sobre ese fondo, la reunión de Munich no pudo más que encender todas las alarmas y provocar una represión masiva para mantener a raya la famosa e imaginaria confabulación judeo masónica. De hecho, cuando Franco se enteró del encuentro, reunió inmediatamente al Consejo de Ministros y adoptó la primera medida: suspender las garantías (simbólicas) del Fuero de los Españoles, para perseguir a los supuestos conspiradores.

Ese era el background sobre el que se perfilaron las sombras más siniestras de la represión. La masiva y negativa reacción de la prensa internacional ante la postura de Franco frente al “contubernio de Munich”, precipitó la destitución del ministro de Información Gabriel Arias Salgado y su sustitución por Manuel Fraga Iribarne: un balón de oxígeno y de juventud para el régimen -como dirá Preston- y un pilar básico para la no tan lejana Alianza Popular.

Esta designación, junto con el ascenso de López Rodó -funcionales a la subsistencia del dictador en el poder- lejos de liberalizar, desató “una doble política de brutal represión combinada con mayor esfuerzo de desarrollo.”[9]

Para colmo, en diciembre de 1962, la Comisión Internacional de Juristas hizo público un informe en el que subrayaba la amplitud y dureza de la jurisdicción militar en España. El escándalo que produjo este informe en Europa fue mayúsculo.

En el centro de esa militarización de lo jurídico y de esa penalización de la actividad política disidente se encontraba un órgano creado ex profeso para ello: el Juzgado Especial de Actividades Extremistas, a manos del coronel Enrique Eymar, instructor de excesivo celo y con competencia para este tipo de casos a nivel nacional.

Fue este juez de nefanda memoria, quien instruyó la causa de Grimau[10], y Fraga, el conversor de Alianza popular en PP, quien movilizó todo el aparato propagandístico de Información y Turismo para contrarrestar los efectos del Informe de la Comisión y neutralizar, de este modo, la imagen que tanto daño hizo al régimen. En palabras del entonces ministro, este informe -en el que se afirmaba que España no era aún un Estado de Derecho- era tan sólo “un petardo más”.

Grimau –afirma Preston- fue sólo uno de los más de cien miembros de la oposición juzgados por consejo de guerra durante los primeros meses de 1963”[11]. Pero un miembro muy importante y significativo para la izquierda y también para el régimen. Finalizando ese año fatídico para el franquismo, en noviembre de 1962, detuvieron a Grimau cuando subía a un autobús en la plaza madrileña Manuel Becerra (hoy Plaza de Roma).

Las voces contra el régimen se multiplicaron y se movilizaron sectores antes callados. Pero el gobierno ni podía ni quería encontrar fórmulas para la renovación. Su lógica imponía, simplemente, aplastar a la disidencia. Por otra parte, desde la oposición, el deseo crecía paralelo a la inquietud. El malestar transmitía a todo argumento el sello de un particular cierre lógico: toda contradicción abierta en la oscuridad del régimen era luz y debía significar el advenimiento de un mundo nuevo. Y, como tal deseo, se afirmaba como dignidad y apertura de un nuevo horizonte… para la libertad. A la luz de esa esperanza, toda comprensión y todo análisis de “los hechos” parecían exigir un futuro inmediato mejor.

Al mismo tiempo y de manera inevitable, esta ilusión dividía el campo de visión en dos regiones antagónicas: la de los progresistas que avanzaban hacia ese cierre lógico y luminoso, y la de las fuerzas reaccionarias, que trataban de ennegrecer y suprimir activamente dicho horizonte. Pero la disyuntiva no encerraba dos términos equivalentes. Aun desde la perspectiva que ofrece el tiempo pasado, no se puede conceder una simetría a las fuerzas reflejadas por la luz de aquel contraste. La fuerza responsable de los actos de violencia y represión no era de la misma naturaleza, que la contraria dotada sólo de ilusión y fragilidad ante esa violencia.

La mano de hierro del régimen -y esto no es una simple metáfora- atenazaba la cotidianeidad de los ciudadanos indefensos. Ni el tiempo ni la reconciliación pueden borrar esa verdad. La realidad, para todos los que habitábamos este país, se encargaba de presentarnos, día tras día, aquel malestar particular. Fuera cual fuera el espacio, familiar, laboral o el que fuera, siempre aparecía como espacio cercado, fronterizo e infranqueable a la vez. Y, en su cruce con el transcurrir abstracto del tiempo, asomaba implacable la agonía más tangible y oscura.

Cuando el ver se liberaba y nuestros ojos miraban abiertamente al horizonte, los temibles detalles acudían para dejar la impresión de un país lleno de silencio con palabras hundidas o ahogadas. Aquí o allá, la mirada encontraba el signo cifrado de edificios monstruosos, o el oído la voz quebrada ante la presencia sospechosa de soplones imaginados o de somatenes reales. Incluso en el interior sosegado e íntimo de las salas de arte y ensayo, en el Cine Príncipe o en el Cine Alhambra, o en aquel Cine Club Universitario que servía de tertulia, los ojos se cegaban por el censor lujurioso. Afuera, en la calle, los edificios de los barrios oscurecidos por comisarías ofrecían un panorama de hacinamiento, de remolinos de gente queriendo estar alegre, pero conteniendo su ánimo para que sus palabras descuidadas no costaran caro. Cuando las sirenas sonaban, los vecinos batían sus puertas y ventanas mirando por las rendijas. A veces, el sonido seco de una carga policial las hacía cerrar de golpe, y el gesto del barrio se quedaba helado por el miedo o la rabia. El régimen resistía los embates internacionales y del movimiento obrero, y el pensamiento movía inquieto las viejas ideas para cristalizar rápidamente en nuevas y firmes creencias. Credo que nos hacía volar hacia lo más alto, en busca de una vida más digna. Nada del presente se ofrecía a la expansión confiada. Solo había tranquilidad y disfrute para los paquidermos de gruesa capa. Con su mirada insulsa se alojaban en las costumbres del franquismo: cazaban montaraces… o de otra índole, pescaban presas incautas que exhibían sin pudor. Su vida ociosa, sin el rigor de la puesta al día, se diluía en el caldo de las misas y los paseos dominicales. Desde hacía muy poco, también había quienes, menos atávicos, soñaban con “veranear”. Esa novedad bizarra del mercado, llena de objetos coloridos y esperanzas inmediatas, venía de la mano del turismo y prestaba cierto desenfado a lo más tétrico. El mar ya no evocaba la muerte ni el exilio, tampoco los fardos del estraperlo. Se abría ancho a un horizonte soleado de olas brillantes, y sus playas se iban poblando, muy poco a poco, de sombrillas multicolores y bañadores atrevidos. Por lo demás, la infancia –yo la habitaba entonces-, feliz por necesidad, hacía de todo aquello un cuento. Esa era su ventaja.



[1] Cita de Horacio, Odas, III/3,7: “Incluso cuando el orbe se derrumba con estrépito, encuentran las ruinas un corazón que no teme”

[2] http://infojusnoticias.gov.ar/nacionales/franquismo-la-justicia-espanola-se-nego-a-extraditar-a-un-ex-policia-3064.html

[3] https://cadenaser.com/ser/2020/06/11/tribunales/1591878700_046315.html

[4] Colectivo Julián Grimau: El hombre. El crimen. La protesta. Ediciones Venceremos. La Habana, 1965 P. 67. Se trata de una reconstrucción realizada con los diversos testimonios recogidos.

Julián Grimau Ediciones Venceremos, La Habana, 1965. P. 67

[5]VI Congreso del Partido Comunista de España (28-31 de Enero de 1960), Objetivos inmediatos: “Los éxitos de la URSS en el terreno de los cohetes cósmicos y en otras ramas han sido la expresión concentrada del impetuoso avance de las fuerzas productivas de la sociedad soviética, la cual ha entrado en la fase de la construcción del comunismo.”

[6] Ibidem. cp. 4.

[7] DRAKE, D. Sartre. Ed. Tutor. Madrid. 2006. P. 123.

[8] JUAN XXIII, Encíclica Mater Magistra. Ed. Apostolado de la Prensa. Madrid, 1963. p. 23-24.

[9] P. PRESTON, Franco, p.

[10] P. GIL, La noche de los generales. Militares y represión en el régimen de Franco. Ediciones Barcelona. 2004. p. 275. “La instrucción de los casos de terrorismo no es otra cosa que un procedimiento militar al uso, seguido por Eymar hasta la extinción de su órgano en 1964 y por el juzgado militar especial de la provincia correspondiente a partir de ese momento. Las diligencias comenzaban a tramitarse por la Brigada Social y las causas se incoaban por el gobernador militar. Algunas personas comenzaron siendo juzgadas por el Tribunal de Orden Público, que acababa inhibiéndose a favor  de la jurisdicción castrense.”

[11] Id., p.

Fotos de Foro por la Memoria, EFE, Archivo La Transición y Manuel Armengol aparecidas en Infolibre, Público y El periódico de Catalunya.