Agnotología

La Agnotología, como nueva disciplina, se centra en el estudio de la ignorancia, duda o incertidumbre, especialmente en el caso de la programada y planificada con objetivos económicos, políticos o ideológicos. Aunque la ignorancia carece de límites culturales temáticos, los estudios de Agnotología se centran particularmente en la ciencia, medicina y tecnología. Se muestran aquí algunos de los tipos propuestos para la ignorancia y se describen diversos ejemplos concretos de producción deliberada de la misma.
Pedro Luis Mateo Alarcón es Licenciado y Doctor en Química y Máster en Historia de la Ciencia y Comunicación Científica y Catedrático jubilado de Química Física y profesor Emérito de la Universidad de Granada
Si la epistemología consiste en el estudio del conocimiento y de su génesis y desarrollo, la agnotología se centra en el estudio paralelo de la ignorancia (1). Una explicación sobre el origen del término puede verse en el libro de Robert N. Proctor y Londa Schiebinger (2) un texto pionero y fundamental en el tema.
Podría decirse que hoy se sabe mucho del conocimiento, es decir, de epistemología, y sin embargo es notable lo comparativamente poco que se sabe sobre el desconocimiento y la ignorancia, aunque los libros y artículos sobre agnotología vienen creciendo exponencialmente en los últimos 30 años, aparte artículos divulgativos en la prensa. Todo ello teniendo en cuenta la influencia del desconocimiento, normalmente indeseable y potencialmente peligroso en nuestras vidas, y el hecho de que nuestra ignorancia sea obvia e inmensamente mayor que nuestro conocimiento. En este sentido, resulta llamativo que en una época de gran inundación informativa, piénsese en internet y tecnologías de la información, vivamos también en una época de particular y creciente ignorancia. En su estudio, la agnotología incluye el origen y producción de la misma, su posible permanencia, las causas y motivos para su existencia, sus influencias tanto individuales como sociales y los diferentes tipos de ignorancia. Todo esto se aborda en el citado libro sobre agnotología de Proctor y Schiebinger, así como en el de Matthias Gross y Linsey McGoey (3) y en el de Naomi Oreskes y Erik M. Conway (4), dos textos también muy relevantes en el campo. Tanto en la Introducción de Proctor a la edición española de su libro con Schiebinger, como en el primer capítulo de la segunda edición del de Oreskes y Conway, se insiste en cómo en tan pocos años ha aumentado tanto el interés por los estudios de la ignorancia, así como la creación de nuevas formas de la misma, y en el hecho de que su producción se ha convertido en un creciente negocio. Aunque la mayor parte de la bibliografía existente sobre el tema es anglosajona, especialmente referida a datos, análisis y detalles históricos en EE.UU., hay afortunadamente un libro de próxima aparición sobre temática española de José Ramón Bertomeu, Clara Florensa y Agustí Nieto-Galan (5), cuyos autores y autoras pertenecen a las escuelas catalana y valenciana de historia de la ciencia. El libro explora las distintas y variadas formas de fabricación y circulación de saberes e ignorancia en la España del siglo XX, y cómo marginadas formas de producción social de ignorancia vienen siendo abordadas por estudios feministas, de justicia ambiental o de la sociología política de la ciencia.
La creación deliberada de ignorancia ha existido siempre, aunque se potencia en gran medida con la aparición de la prensa diaria escrita en el siglo XVIII, convirtiendo al periódico en actor político y social que influye en la opinión pública, lo que se amplía en el siglo XX con la radio y televisión, dando lugar a los medios de masas de comunicación e información. Todo ello se intensifica enormemente en nuestros días con internet, los motores de búsqueda y las redes sociales, que han dado lugar a las nefastas fake news y los bots, así como con la reciente llegada de la Inteligencia Artificial, último grito tecnocrático. La agnogénesis, es decir, la creación de ignorancia, no puede quejarse hoy por falta de medios, y a la frase de Francis Bacon, el saber es poder, bien podrían los fabricantes de duda e incertidumbre añadir que también la ignorancia es poder. Por otra parte, la ignorancia no tiene por qué ser siempre perniciosa, la habría también virtuosa o deseable para el común, como, por citar algún ejemplo entre otros, la confidencialidad de los informes médicos y todo lo considerado como sensible en el ámbito de lo personal, es decir, el derecho a la intimidad y la privacidad.
De las varias formas descritas en la bibliografía para los diversos tipos de ignorancia, me limitaré aquí a las tres formas iniciales propuestas por Proctor: nativa, o forma más obvia y simple en cuanto que puede subsanarse con la información y el aprendizaje; la selectiva o pasiva, que sería aquella que surge al elegir unos campos de estudio y conocimiento, marginando otros saberes que luego serían o no recuperables; activa, que sería la que estratégica y deliberadamente es producida por terceros, creando desconocimiento, duda e incertidumbre. Posteriormente me centraré en algunos casos concretos de esta última forma de ignorancia.
Ignorancia nativa. Esta sería, en principio, la más común, es decir, esa que va a disminuirse con el esperado conocimiento y aprendizaje; por ejemplo, en la niñez, donde a través del conocimiento en el ámbito doméstico y el adquirido en los diferentes niveles educativos puede luego irse enriqueciendo a lo largo de la vida. Esta ignorancia sería como una cavidad a rellenar por el saber, lo que con su adquisición podría servirnos para ser conscientes de nuestra inabarcable ignorancia: cuanto más sé, más consciente soy de la magnitud de mi desconocimiento, como en otras palabras ya nos decía Sócrates. Esa toma de conciencia puede servirnos además como estímulo y oportunidad para aumentar nuestros saberes, llegando, en términos coloquiales, a lo que, individual o colectivamente, denominaríamos cultura de las gentes. No obstante, la ignorancia no tiene una distribución simétrica u homogénea, bien sea por razones geográficas, culturales, económicas, de género, de raza o religiosas, por no hablar de la brecha, no solo generacional, abierta por las nuevas tecnologías. En cualquier caso, una asimetría nunca neutral.
Ignorancia selectiva. También llamada pasiva, es la que va a resolverse en base a la selección, por algún criterio o prioridad, de un cierto conocimiento en detrimento de lo no seleccionado, elegir algo es ignorar lo otro, lo demás. Si de lo que se trata no es tanto de adquirir sino de crear un cierto conocimiento, entramos en el terreno de la investigación, en el que, más allá del tema específico, estaría la selección de preguntas a resolver (cuestión particularmente importante) y la aplicación potencial de las respuestas y datos obtenidos. Estos resultados y aplicaciones pueden ser indeseables o beneficiosos para determinados grupos de poder, que pueden influir, y de hecho lo hacen, en la selección y naturaleza de las posibles investigaciones. La financiación pública, ya sea de entidades locales, nacionales o supranacionales, como la Unión Europea, delimita ciertos programas marco temáticos para la solicitud de financiación, marginando otras líneas de investigación, la denominada unknown science o ciencia desconocida (cuyo conocimiento sería quizás recuperable o bien perdido por irrecuperable), con lo que la selección queda en gran parte limitada a dichos temas. En el caso de grandes empresas, la posible financiación sería para trabajos que vayan en beneficio de sus intereses comerciales, incluyendo patentes y confidencialidad, lo que afectaría a la publicación en su momento de esas investigaciones en revistas de la especialidad. Invirtiendo los términos, las decisiones políticas o empresariales, con frecuencia no tan ajenas, sobre qué conocimientos seleccionan para financiar, implican también decisiones sobre qué ignorancias van a permanecer. Aunque la ignorancia carece per se de límites culturales temáticos, desde las artes y las humanidades a la ciencia y la tecnología, los estudios de agnotología se centran más en ciencia, medicina y tecnología, por razones económicas o políticas y su cercano impacto en la sociedad.
Ignorancia activa. Se trataría de la que deliberadamente origina incertidumbre, censura, secretismo, desinformación o duda generada activa y estratégicamente por estados, instituciones o empresas, en donde ejemplos obvios serían los secretos de estado (las famosas razones de estado), patentes, tecnología militar, etc. Casos menos evidentes, sin embargo, serían aquellos que, por razones económicas, políticas o ideológicas, es decir, razones de poder, inducen aquellas entidades, incluyendo aquí a los mercaderes o traficantes de la duda, y cuyas manipulaciones y falsedades son difundidas por medios afines. El resultado es la creación de ignorancia e incertidumbre entre las gentes sobre temas, por ejemplo, de salud pública o medioambientales, que las afectan directamente, aunque académica y científicamente hayan sido analizados, como el empleo de pesticidas, el tabaco, la lluvia ácida, el agujero de ozono, las vacunas y productos farmacéuticos y de alimentación, el cambio climático o también los motivos de conflictos y desastres, entre otros muchos casos.
Antes de comentar algunos casos de ignorancia activa, resulta evidente que los contenidos de estas tres formas de ignorancia no son rígidos y estáticos, sino fluidos y cambiantes, con interfases confusas que originan variables solapamientos. Esta situación es además temporal y espacialmente dependiente. No es lo mismo hablar de tal o cual tipo de ignorancia en el presente que en el pasado o en tal o cual zona geográfica. El componente pernicioso de cualquier ignorancia o incertidumbre es tanto más acusado cuanto más menesterosas sean las zonas y gentes afectadas, lo que coadyuba a su vez al mantenimiento de las desigualdades sociales, ya sea entre zonas claramente delimitadas del planeta, entre estados o entre gentes dentro de un mismo país. De ahí el interés, no únicamente académico, de denuncia de cualesquiera ignorancias, de las citadas desigualdades de las que participan y de la posible acción que dicha información pudiera conllevar.
Sobre tóxicos y venenos hay dos libros recientes muy recomendables que abordan el tema desde una perspectiva agnotológica (6). Así como también sugeriría aquí la vertiente divulgativa del blog Saberes en Acción (7).
Con el desarrollo de la química en el siglo XIX ha tenido lugar hasta la fecha una producción espectacular de sustancias químicas, con apenas información sobre los riesgos tóxicos de un 20% de los más de 350.00 productos químicos existentes hoy día en el mercado. De ellos, los venenos más conocidos desde antiguo son los derivados del arsénico, cuya utilización en plaguicidas, al margen de otros usos, provocó muertes e intoxicaciones alimentarias durante años, afectando todavía en el presente a la fauna y flora de diversos ecosistemas debido al desconocimiento histórico de su carácter contaminante. También se conocían desde hace mucho los efectos nocivos en el sistema nervioso y digestivo de compuestos de plomo, tan utilizados en pinturas y cerámicas, y que las empresas usaban evitando prohibiciones o regulaciones, como en el caso de la gasolina con plomo que no fue prohibida hasta finales del siglo XX, y que afectaban especialmente a obreros, artesanos y niños de clases menesterosas. El uso de estos y otros muchos compuestos tóxicos se extendió por su interés industrial y obvio beneficio empresarial, favorecido a su vez por la creación inducida de ignorancia sobre sus efectos para soslayar acciones legales que al menos limitaran dicho uso, llegándose a establecer umbrales de riesgo de supuesta seguridad para los mismos, es decir, la convivencia legal con productos tóxicos. Esta violencia social de los tóxicos no ha sido simétrica en sus efectos, aumentando desequilibrios, desigualdades y discriminaciones por razones económicas, de raza o de género, sin olvidar la originada por actividades coloniales, el denominado imperialismo tóxico. Cuántos miles de toneladas de residuos tóxicos, con su efecto a veces mortal sobre la población nativa, inundan zonas de países empobrecidos, con legislaciones menos restrictivas, y procedentes de los altamente desarrollados. Esta asimetría se encuentra también dentro de los estados donde fábricas contaminantes o peligrosas se ubican en el entorno de barrios marginales.
Una familia de productos industriales es la de los pesticidas, de tan amplio uso en agricultura y que con frecuencia son tóxicos medioambientales, afectando a la salud humana (cáncer, malformaciones, diabetes, problemas hormonales, etc.). En Europa, pese a la influencia contraria de lobbies industriales, se han prohibido miles de pesticidas en los últimos 50 años, aunque se siguen produciendo y exportando a países menos restrictivos de los que, sin embargo, se importan frutas y verduras con el consiguiente peligro en su producción y consumo. En España, el país europeo que más los utiliza, se usaron, por ejemplo, más de 70.000 toneladas en el año pandémico de 2020. Un caso reciente es el del herbicida glifosato, el pesticida más usado hoy en el mundo y producido por Monsanto, empresa comprada por Bayer en 2018. En EE.UU. Monsanto fue condenada dos veces en los años 90 por falsificación de datos relativos a su peligrosidad, así como también lo fue en 2007 por publicidad engañosa al alegar que el glifosato era biodegradable. Utilizado desde hace años en Europa, frente a la opinión de algunos países, aunque no en el caso de España, su uso fue prorrogado a partir de 2016 hasta que, contra lo esperado, en noviembre de 2023 su uso fue autorizado 10 años más, una decisión polémica, criticada por ecologistas y centros de investigación que habían demostrado su peligrosidad para el medio ambiente, tóxico para los organismos acuáticos y probable cancerígeno y disruptor endócrino.
Los plásticos, uno de los productos estrella de la química en el siglo XX por su amplio y versátil uso y consumo, contienen tóxicos en algunos casos, como el bisfenol A, un disruptor endocrino, el cual, y tras laboriosas investigaciones, ha sido ya prohibido. O también el cloruro de vinilo, un carcinógeno, cuya presencia en ciertos plásticos está ahora en las primeras etapas para su posible y futura prohibición. Más allá de eso, el respetado periódico The Guardian publicaba el 15 de febrero de 2024 que las empresas productoras de plástico y responsables de su reciclaje vienen literalmente mintiendo desde hace muchos años en su publicidad, al no ser técnica ni económicamente viable dicho reciclaje y su posterior reutilización. La investigación sobre el tema está abierta.
Estos y muchos otros ejemplos muestran que los tóxicos son escurridizos productos sociotecnológicos que, con una incesante producción de ignorancia e incertidumbres, circulan a través de toda frontera esquivando formas de control y regulaciones que, en muchos casos, actúan más para favorecer el comercio mundial que para proteger a trabajadores, consumidores y medio ambiente.
Aunque como pesticida bien pudo incluirse en el apartado anterior, su importancia en la historia de la creación de la ignorancia y la duda merece un comentario aparte. Sintetizado en 1874, sus propiedades insecticidas, descubiertas en 1939, pronto lo convirtieron en el pesticida de elección frente, por ejemplo, al arseniato de plomo (sal que combina los dos elementos citados, arsénico y plomo), por su eficacia, precio y facilidad de aplicación, resultando especialmente útil en la lucha contra el tifus y muy especialmente la malaria, endémica en tantos países. En 1962, sin embargo, la bióloga Rachel Carson publicó el libro Silent Spring (Primavera Silenciosa, traducida al castellano en 1964), un clásico como referencia mundial en la historia del ecologismo, culpando a la industria química de la creciente contaminación y criticando el uso indiscriminado de pesticidas y, muy en particular, el DDT por su efecto perjudicial para el medio ambiente, reconociéndose más tarde el carácter cancerígeno de muchos compuestos organoclorados como el DDT. Su autora fue inmediatamente objeto de ataques directos por su falta de formación científica, razones políticas (en plena Guerra Fría el ecologismo comenzaba a asociarse al comunismo por parte de halcones de la administración) y razones económicas (industrias de los pesticidas) y, no sorprendentemente, por ser mujer, llegando las críticas al nivel personal. El DDT, no obstante, fue prohibido en 1972 en EE.UU. por su impacto nocivo en la cadena trófica y profundo daño a los ecosistemas, cuyo efecto pronto alcanzaría a las personas, aunque se permitió su exportación a lugares endémicos de malaria, siendo luego progresivamente prohibido en Europa. De hecho, el uso del DDT resultó efectivo en países como Italia o Australia donde su uso se complementaba con una buena nutrición, reducción de los terrenos donde habita el mosquito Anopheles y servicios sanitarios, pero no tanto en lugares menos desarrollados. Por otra parte, en aplicaciones agrícolas extensivas el mosquito desarrollaba resistencia, es decir, la aparición de cepas resistentes al DDT (al igual que ocurre con la aparición de bacterias resistentes a los antibióticos), una prueba clara de la selección natural darwiniana por adaptación al medio. No obstante, dentro del revisionismo histórico de los últimos tiempos e intento de imponer la llamada posverdad, Carson, su obra y la prohibición del DDT no se han escapado de nuevos y furibundos ataques, precisamente cuando la ciencia ha confirmado las razones de Carson y de la prohibición. El objetivo aquí está en la defensa de una ideología extrema de libre mercado y fe en la tecnología, y del antropocentrismo frente a la naturaleza, que no solo niega los hechos científicos sino los históricos.
La industria del tabaco es un caso paradigmático en la agnotología y ejemplo de la agnogénesis, la citada creación intencionada de ignorancia, en la producción de la duda sobre el peligro de fumar, es decir, lo que sería una ignorancia manufacturada. En las varias estrategias de la industria tabaquera, el papel de los medios resulta relevante, lo que cronológicamente podríamos grosso modo dividir en cuatro fases. La primera, que surge a comienzos de los años 50, fue la de enfrentarse a la ciencia precisamente con ciencia, financiando investigaciones que convencieran a los medios de que la propia industria estudiaba seriamente el tema, proponiendo además pruebas de que causas ajenas al tabaco eran las que producían cáncer. Tras el informe de la Autoridad Sanitaria en EE.UU. evidenciando que el humo del tabaco contenía cancerígenos directamente relacionados con el cáncer de pulmón y exigiendo las primeras etiquetas de advertencia en los paquetes de cigarrillos, la industria entra en otra fase, que en sus propios informes denomina “la duda es nuestro producto”. Aquí la industria intenta sembrar la duda sobre hechos concretos, utilizando principios de los medios tales como la objetividad, el equilibrio, la imparcialidad y la libertad de expresión, lo que da lugar a la polémica entre diferentes informaciones al margen de su verosimilitud. De hecho, en archivos de la propia industria en 1973 se dice que el objetivo principal es mantener viva la controversia. En los años 90 comienza una fase de enfrentamiento con la ciencia, cuando a la polémica anterior se añade una crítica a la insuficiencia o credibilidad de los datos y al análisis de riesgos, coincidiendo en el tiempo con la peligrosidad del humo ajeno para quienes no fuman, socavando pretendidamente la libertad del fumador. Es ya en una fase posterior cuando podría decirse que la ciencia triunfa en los medios con abrumadora evidencia y credibilidad de que fumar produce cáncer y otras graves enfermedades. Sin embargo, esta aparente derrota de la industria se transforma en un triunfo estratégico al conseguir que lo finalmente aceptado dejara ya de ser novedad por conocido, es decir, noticia, y la propia industria se presentara como un fabricante responsable de un producto de riesgo, riesgo que la empresa, en campañas multimillonarias, particularmente en medios conservadores, asocia con valores individuales tales como rebelión o libertad y su publicitado atractivo, al margen de que su producto mate a millones de personas cada al año en el mundo. Las diversas estrategias de las compañías tabaqueras han sido luego útiles a otras empresas de productos nocivos, mientras que los medios se vieron afectados en el valor de sus códigos de objetividad y equilibrio frente a situaciones de una ciencia politizada y mercantilizada. El periodismo de investigación, ya sea en prensa, radio o televisión, bien podría ser una alternativa para evitar la complicidad con la agnogénesis social, como de hecho ya ocurrió en algún caso con el tabaco.
¿Qué tendrá que ver la toxicidad del tabaco con la Guerra Fría, la lluvia ácida o el agujero de ozono y el cambio climático? Comenzaré por el final. El informe de febrero de 2007 del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés), un organismo dependiente de la ONU, concluyó que el calentamiento observado durante los últimos 50 años está provocado por actividades humanas y la necesidad de un esfuerzo internacional para abordar este problema. El IPCC, junto con el exvicepresidente Al Gore, recibió el premio Nobel de la Paz en 2007. El consenso científico sobre el informe del IPCC se basa en que los seres humanos han cambiado la química de la atmósfera, aumentando en casi un 40% la concentración de dióxido de carbono, CO2, desde comienzos de la Revolución Industrial, aumento que procede fundamentalmente de la quema de combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas natural) y del que, junto con otros gases de efecto invernadero, es de esperar un cambio climático de la Tierra. La física teórica predice que el consiguiente calentamiento global será primero evidente en la fusión de hielo y nieve en el Ártico, la llamada amplificación polar, con una serie de consecuencias que ya se vienen observando.
Por hacer historia, todo esto fue ya adelantado hace más de un siglo por algunos eminentes científicos, como es el caso del sueco Svante Arrhenius (premio Nobel de Química en 1903 y uno de los padres de la Química Física), quien en 1896 publicó ya un artículo en el que, en base a los datos que entonces disponía y elaborados cálculos, proponía empíricamente que un aumento en progresión geométrica de la proporción de CO2 en la atmósfera implicaría un aumento en progresión aritmética de la temperatura media del planeta, algo no tan alejado de los sofisticados cálculos actuales, con el efecto que ello conllevaría para la vida de animales y plantas.
En resumen, tanto la teoría como la evidencia muestran que el calentamiento global antropogénico es una realidad, es decir, no se trata solo de una predicción sino de una observación. Sin embargo, el cambio climático es un tema muy polarizado y politizado. Aunque el origen de la confrontación se atribuye al presidente George W. Bush, que encontraba insuficientes las razones científicas del cambio climático como para tomar medidas, favoreciendo así la incertidumbre sobre aquellas, el tema de la polarización política tiene un origen anterior, relacionado, entre otros, con el Instituto George C. Marshall. Este Instituto, uno de los primeros think tanks conservadores opuestos al consenso científico sobre el cambio climático, fue creado en 1984 y centrado en políticas de seguridad nacional, contrario a cualquier regulación que fuera en contra del libre mercado y que recibía financiación de compañías petrolíferas (por ejemplo, 715.000 $ de ExxonMobil). Convencidos de la importancia de los medios, sus miembros escribieron multitud de informes negando las pruebas de que existiera un cambio climático real y, de serlo, que lo fuera de origen antropogénico, sin necesidad por tanto de acción reguladora alguna, todo ello en radio, televisión, posteriormente en páginas web de internet, y en revistas populares conservadoras tales como Wall Street Journal, Forbes, Fortune, etc, carentes de revisión por pares a diferencia de las usadas por los científicos conscientes de la existencia y origen de dicho cambio, como Nature o Science.
El fundador del Instituto, Robert Jastrow, se había adherido previamente a la defensa de la Iniciativa de Defensa Estratégica (SDI por sus siglas inglesas), propuesta por Ronald Reagan en 1983 (la llamada entonces guerra de las galaxias), que pronto encontró la oposición rotunda de la ciencia académica por ser poco realista e ir en contra de la destrucción mutua asegurada en la Guerra Fría en prevención del invierno nuclear posterior a una guerra nuclear estratégica. Ante esta oposición, Jastrow, junto a Frederick Seitz, ambos físicos jubilados y expertos en seguridad nacional, centraron sus esfuerzos en los medios afines con informes y comunicados y creando talleres y programas para contrarrestar los argumentos contra la SDI, todo ello con la intención de crear el debate, la polémica y el equilibrio entre las partes, y con ello la duda e incertidumbre, es decir, la ignorancia programada sobre el fondo del asunto. Sin embargo, en 1989 se produce la caída del muro de Berlín y posterior colapso de la URSS, con lo que, en principio, la Guerra Fría había terminado y con ello la aparente necesidad de la SDI. No es coincidencia que en ese mismo año el Instituto Marshall abordara el calentamiento global con una estrategia análoga a la seguida con la SDI, en este caso negando la evidencia científica como una “perversión del proceso científico”. ¿Cómo se centra en el cambio climático una organización dedicada a la defensa de la SDI y qué relación tiene todo ello con la producción cultural y social de ignorancia? Prosigamos nuestra historia.
Seitz, presidente emérito del Instituto Marshall, había sido antes asesor principal de la compañía tabaquera R.J. Reynolds, que durante finales de los 70 y primeros 80 financió con 45 millones de dólares un programa de investigación médica dirigido por Seitz y cuyo objetivo último era encontrar pruebas contrarias a la relación entre el tabaco y sus efectos nocivos para la salud. Actividades que luego se prolongarían, financiadas por el Instituto del Tabaco, al humo ajeno, tema que se ha comentado en el apartado anterior. Volviendo a 1989, Seitz junto con otro físico jubilado, Fred Singer, emprenden la citada campaña contra el cambio climático en colaboración con el Instituto Independiente, otro think tank conservador vinculado a la Institución Hoover, uno de cuyos asesores manifestaba que en un mercado verdaderamente libre (donde la intervención gubernamental sería contraproducente) la tecnología puede resolver cualquier problema ambiental o social. Afirmación que no necesita comentario alguno. Siempre en su afán de favorecer a la industria, Seitz y Singer se embarcaron también en la negativa de que los compuestos clorofluorocarbonados (CFC) fueran la causa del agujero de ozono o de que la lluvia ácida fuera debida a los combustibles fósiles. Sin entrar en la historia, recordemos que en ambos casos los negacionistas perdieron finalmente la batalla, aunque otra cosa es que se siguieran tajantemente las recomendaciones científicas. No parece sino que los revisionistas siguieran la conocida frase de George Orwell en su obra distópica 1984 de que quien controla el presente, controla el pasado y quien controla el pasado, controlará el futuro.
En realidad, en los varios temas abordados que culminan con el problema acuciante del actual cambio climático global, los objetivos de los negacionistas del conocimiento científico, aunque con un pretendido velo de falso cientifismo, han sido la defensa a ultranza de intereses económicos de la gran empresa y un cada vez más libre mercado, así como motivaciones políticas e ideológicas neoconservadoras opuestas a cualquier tipo de regulación del Estado por cualquier medio y sin importar la justificación. El Partido Republicano también utilizó la creación de incertidumbre para sus fines partidistas, lo que en conjunto ha originado que la ciudadanía estadounidense esté más desinformada sobre dicho cambio climático que la de otros países; no en vano los EE.UU. han rechazado los acuerdos de Kioto para la reducción de gases de efecto invernadero. Yendo más allá, e invirtiendo los papeles, los negacionistas han acusado a la comunidad científica de motivaciones políticas, tales como que el fin ecologista está en derribar el capitalismo y reemplazarlo por el socialismo o sugiriendo que el objetivo de la comunidad científica era la redistribución de la riqueza y creación de un nuevo orden mundial; de hecho, a ecologistas y activistas se les consideraba como “rojos vestidos de verde”. El intento de confusión total estaba servido. Por citar un ejemplo, el conocido escritor Michael Crichton publicó en 2004 la novela State of Fear (Estado de Miedo, traducida al castellano en 2006), una obra de ficción en la que plantea que el calentamiento global es un bulo anticapitalista de la ciencia y la ecología, afirmación que justifica en un apéndice final basado en los informes del Instituto Marshall; no sorprendentemente, Crichton fue invitado en 2005 por el presidente Bush a la Casa Blanca. Por otra parte, el multimillonario George Soros, no sospechoso de veleidades socialistas, se refería a las actividades de personajes y grupos negacionistas como “fundamentalismo de mercado”, es decir, gentes que sostienen una creencia dogmática en un neocapitalismo de mercado sin restricción alguna a las multinacionales, un fin que justificaría cualesquiera medios.
El objeto central de la Agnotología viene siendo el estudio de la producción estratégica de ignorancia, incertidumbre, duda, desconocimiento, desinformación y falsedades, propagada a través de los medios por razones económicas, aunque también de perfil político e ideológico. Como matiz importante, debe señalarse que el efecto pernicioso de la creación deliberada de ignorancia no afecta por igual a todos los cuerpos, bien sea por razones de género, de raza, o de pertenencia a poblaciones de países empobrecidos. Es obvia la responsabilidad de los medios por su inevitable participación, ya sea su posible complicidad con la producción de ignorancia o, al contrario, denuncia de tales maniobras perversas de ocultación o marginación de la verdad, así como también la importancia de profesionales de la historia, la economía, la sociología, el feminismo o los estudios de memoria en la investigación agnotológica y el desenmascaramiento de ardides cada vez más sofisticados para el engaño y consecuente perjuicio de la ciudadanía.
Un caso particular es el de las gentes de la ciencia, ya que la Agnotología, como hemos visto, se centra especialmente en estudios relacionados con la ciencia, la medicina y la tecnología. La ciencia, como constructo social, ha estado siempre entreverada e imbricada en lo político, económico, filosófico o religioso en cualquier época o lugar, particularmente en nuestros días dado el desarrollo espectacular de lo tecnocientífico en el último siglo. Así, frente a la imagen idealizada de ingenuos o despreocupados, la ciencia, y tanto más la tecnología, nunca han sido apolíticas. De ahí, la necesidad, especialmente en estos tiempos de negacionismo, posverdad, cientifismo tecnocrático y posmodernismo relativista, de toma de conciencia de científicas y científicos sobre su papel frente a la agnogénesis como sujetos esenciales, en tanto que productores de conocimiento tecnocientífico, en los estudios interdisciplinares de la Agnotología.
[1] El término fue acuñado en 1992 por el historiador de la ciencia Rober N. Proctor y el lingüista e historiador Iain Boal.
[2] Robert. N. Proctor y Londa Schiebinger (Eds.) (2008), Agnotology. The Making and Unmaking of Ignorance, Stanford University Press, pp. 27 y 28. Traducido al castellano en Prensas de la Universidad de Zaragoza (2022), aunque es recomendable la versión original.
[3] Matthias Gross y Linsey McGoey (Eds.) (1915, primera edición; 1923, segunda edición), Routledge International Handbook of Ignorance Studies, Editorial Routledge, Londres y Nueva York.
[4] Naomi Oreskes y Erik M. Conway (2011), Merchants of Doubt: How a Handful of Scientists Obscured the Truth on Issues from Tobacco Smoke to Global Warming, Bloombsbury Press, Nueva York. Traducido al castellano en Capitán Swing (2018).
[5] José Ramón Bertomeu, Clara Florensa y Agustí Nieto-Galan (Eds.) (2024), Agnotologías. Saberes e Ignorancias en la España del siglo XX, Tirant lo Blanch, Valencia.
[6] Ximo Guillem-LLobat y Agustí Nieto-Galan (Eds.) (2020), Tóxicos Invisibles. La Construcción de la Ignorancia Ambiental, Icaria, Barcelona.
José Ramón Bertomeu Sánchez (2021), Tóxicos: Pasado y Presente, Icaria, Barcelona.
[7] https://sabersenaccio.iec.cat/es/bienvenida-a-saberes-en-accion/. Un blog sobre historia de la ciencia, medicina y tecnología, que incluye apartados sobre agnotología, ignorancia y tóxicos.
Figura 2.- ‘They lied’: plastics producers deceived public about recycling, report reveals (Un informe revela que “Ellos mintieron”: los productores de plásticos engañaron al público acerca de su reciclaje). The Guardian, 15 de febrero, 2024.

Figura 3.- Se registra en el Parlamento Europeo la Iniciativa Ciudadana para la prohibición de glifosato en la UE, en: Associatió Salut i Agroecologia, 18 de noviembre, 2016 (https://associaciosalutiagroecologia.wordpress.com/2016/11/18/se-registra-en-el-parlamento-europeo-la-iniciativa-ciudadana-para-la-prohibicion-de-glifosato-en-la-ue/).

Figura 4.- Rachel Carson, autora de Silent Spring (Primavera Silenciosa). Wikipedia.

Figura 5.- Anuncio de tabaco en el que se dice: Más médicos fuman Camel que cualquier otro cigarrillo. Saberes en Acción.

Figura 6.- Logo de la Strategic Defense Initiative (la llamada guerra de las galaxias) del presidente Ronald Reagan. Wikipedia.

Figura 7.- Crecimiento cuasi exponencial a partir de 1850 de la producción global de CO2 procedente de combustibles fósiles. epdata (https://www.epdata.es/datos/cambio-climatico-datos-graficos/447).

Figura 8.- Opinión en España del cambio climático y sus causas. La opinión en EE.UU. de que la causa sea de naturaleza antropogénica es bastante inferior. El cambio climático y nuestra sociedad. Miguel A. Rodríguez Arias, enero, 2011 (https://www.researchgate.net/publication/275946289).

Figura 9.- Chiste de Forges (https://www.astronomo.org/foro/index.php?topic=21536.0).
