Antonio Jiménez Millán

La vida entre líneas
Este número especial de Olvidos de Granada está dedicado a la memoria de Antonio Jiménez Millán, poeta, ensayista, profesor y amigo. Su fallecimiento en enero de 2025 deja una ausencia honda, pero también un legado luminoso, tejido de inteligencia crítica, sensibilidad poética y rigor ético.
Antonio fue colaborador de esta revista desde sus inicios, en la primera época impresa de los años ochenta, y también en su etapa digital. A lo largo de décadas, su vínculo con Olvidos fue constante, generoso y comprometido. Su última colaboración —publicada apenas un mes antes de su muerte— formó parte del homenaje que dedicamos a Andrés Soria Olmedo con motivo de su jubilación, otro colaborador fundamental desde los comienzos de la revista.
Los textos reunidos en estas páginas —poemas, ensayos, recuerdos, reseñas— trazan un homenaje coral a su figura. Voces que lo evocan desde la complicidad y la admiración, desde el afecto y la lectura compartida. El número se completa con ilustraciones que acompañan visualmente este tributo, añadiendo otra forma de presencia a lo que las palabras no siempre alcanzan a decir.
Este número no pretende clausurar nada, sino abrir. Abrir la lectura de una obra que sigue viva; abrir, también, el agradecimiento por su paso entre nosotros. La poesía de Antonio —como la vida que defendía— supo siempre entrelazar memoria y deseo, dignidad e ironía, belleza y verdad.
Hemos hecho un recorrido pon las colaboraciones de Antonio en la primera etapa de Olvidos de Granada. La primera vez que podemos leer su nombre en la revista impresa corresponde al número 3, publicado en enero de 1985. En su portada, el siguiente titular: «Vuelta a las vanguardias», algo que encaja perfectamente con la posterior trayectoria académica de Antonio Jiménez Millán. Pero en esta ocasión, Antonio no colabora en el número, sino que se habla de él porque su nombre aparece por primera vez citado en la revista como una de las voces más sólidas de la joven poesía andaluza, en un texto que reconoce tanto su labor poética como crítica, destacando su rigor, su independencia frente a modas pasajeras y su doble compromiso con la creación y la teoría.
“[…] su labor literaria ha estado sellada por la seriedad constante de un trabajo que, a base de no perseguir la publicidad pasajera o fácil y de no contentarse con la glorificación provinciana, lo ha convertido finalmente en uno de los autores más interesantes de la joven poesía andaluza, lo que hoy —de nuevo— es tanto como decir de la joven poesía escrita en lengua castellana.”
Un mes después, en el número 4, Antonio Jiménez Millán realiza su primera colaboración en la revista dentro de la sección La fábrica de sueños, con el artículo titulado ‘Bergamín o la desmitificación del 27’. En él reivindica la figura compleja y lúcida de José Bergamín, a menudo excluido de los relatos oficiales sobre la Generación del 27, desmontando tópicos sobre las vanguardias españolas y subrayando el valor crítico y estético de su pensamiento aforístico, así como su singular concepción de lo popular y lo poético. El texto combina análisis literario, perspectiva histórica y una defensa apasionada del pensamiento independiente y no alineado.
La siguiente colaboración de Antonio en la revista aparece en el número 7-8, fechado en mayo-junio de 1985, dentro de la sección Líneas de sombra, con el texto titulado “Viajero anónimo”. Se trata de una pieza en prosa cargada de imágenes líricas, donde se entrecruzan el deseo, la memoria y la experiencia del viaje como fuga o espejismo. Ambientado en habitaciones de hoteles, calles anónimas y paisajes urbanos filtrados por la nostalgia, el texto dibuja una atmósfera introspectiva y melancólica, con ecos cinematográficos y una sensibilidad que reconoce la belleza en lo efímero. La voz narrativa —expuesta al abandono, a la ciudad extranjera y al amor que se recuerda como despedida— se afirma como viajero sin nombre, figura que recorre buena parte de la poética de Jiménez Millán.
En el Extra de Verano de 1985, Antonio publica dos textos breves, “Son los celos” y “Motivos del ron”, que confirman su dominio del poema en prosa y su sensibilidad urbana, nocturna y desencantada.
“Son los celos” transcurre en el interior de bares y discotecas, entre luces de neón y alcoholes de moda, con una mirada crítica y melancólica sobre las relaciones humanas, el deseo, los celos y las ruinas sentimentales que deja la madrugada. En él conviven la ironía culturalista —Stendhal, los trovadores, los clérigos cortesanos— con una atmósfera postmoderna y agrietada, en la que los cuerpos, la música y la nostalgia se confunden en una deriva emocional.
“Motivos del ron” es una evocación lírica que transforma la bebida en metáfora de viaje, memoria y pérdida. El ron se convierte en hilo conductor de una poética del naufragio cotidiano: ciudades, bares, libros y cuerpos aparecen como señales de una travesía sin mapa, donde la resaca es más cierta que el olvido, y los dioses destruidos son despedidos con un último brindis en la línea de sombras.
Ambos textos reflejan una estética muy propia de Jiménez Millán: la mezcla de experiencia y literatura, el tono confesional atravesado por referencias cultas, y una escritura que se detiene en los márgenes del lenguaje y de la emoción, donde la noche es a la vez refugio y amenaza.
En el número 10 de Olvidos de Granada, correspondiente a octubre de 1985, Antonio publica el extenso artículo “El malditismo: la modernidad y sus máscaras”. Se trata de un ensayo crítico en el que rastrea la figura del poeta maldito desde el Romanticismo hasta el siglo XX, abordando sus diferentes formas de marginalidad, provocación y exilio, y sus transformaciones a lo largo del tiempo.
A partir de figuras como Gérard de Nerval, Baudelaire y Rimbaud, el texto analiza el conflicto entre el artista y la sociedad, el rechazo de la normalidad, el dandismo como estética del margen y la deriva del malditismo hacia actitudes literarias más que vitales. También examina el caso de Cernuda, en quien el desdoblamiento identitario y la condición de exiliado se vinculan directamente con esa tradición maldita, aunque resignificada.
Jiménez Millán cierra el artículo con una reflexión sobre la pérdida del malditismo como gesto auténtico en la contemporaneidad, señalando su conversión en estilo o pose en las sociedades postindustriales. En este sentido, el ensayo se convierte en una lúcida crítica a los mitos culturales heredados y a la banalización del gesto rebelde.
Este texto revela no sólo la erudición y profundidad crítica del autor, sino también su capacidad para leer la historia literaria desde una perspectiva ética y política, anclada en las tensiones entre arte, ideología y subjetividad.
En el número especial de Olvidos de Granada titulado “Palabras para un tiempo de silencio”, dedicado a la generación poética del 50, Antonio Jiménez Millán publica el artículo “La poesía de un tiempo”. En este extenso y riguroso ensayo, el autor analiza las tensiones entre compromiso y estética en la poesía española de la posguerra, centrándose especialmente en el papel crítico de las antologías de Castellet —Veinte años de poesía española y Nueve novísimos poetas españoles— como dispositivos ideológicos y editoriales.
El texto aborda las relaciones entre ética y forma, política y tradición, así como las distintas lecturas del realismo y el simbolismo en el contexto literario e histórico de los años cincuenta. A través de un recorrido por autores como Gil de Biedma, Goytisolo, Valente o Barral, Jiménez Millán destaca cómo la poesía del 50 construyó una voz generacional crítica, marcada por la experiencia de la guerra, el exilio y una profunda conciencia histórica. Frente a las simplificaciones de ciertas etiquetas (como la “poesía social”), reivindica una poesía compleja, irónica, cultivada y plural, que no renuncia ni a la memoria ni a la inteligencia formal.
Este artículo, que combina análisis histórico, lectura textual y reflexión ideológica, representa una de las aportaciones más lúcidas de Antonio a la crítica literaria de su tiempo, y deja ver, una vez más, su capacidad para pensar la literatura como una forma de conciencia en diálogo con la historia.
La última colaboración de Antonio en la etapa impresa de la revista aparece en el número 15, fechado en febrero de 1987, con el artículo “Louis Aragon y la poesía de la resistencia”. En este texto, Jiménez Millán traza un lúcido y apasionado recorrido por la figura del poeta francés Louis Aragon, centrándose en su compromiso político, su evolución estética y su papel destacado durante la guerra y la ocupación nazi.
El artículo combina análisis histórico, contexto ideológico y lectura literaria para mostrar cómo Aragon convirtió la poesía en un arma de resistencia contra el fascismo, sin renunciar por ello a la complejidad formal ni al legado surrealista. La recuperación de formas tradicionales —la rima, el verso regular, los mitos medievales— no fue para Aragon una vuelta al pasado, sino una estrategia para conectar con un público amplio y combatir, desde el lenguaje, la barbarie.
Jiménez Millán destaca también la tensión constante entre la militancia y la herencia vanguardista, entre la fidelidad al comunismo y la necesidad de reescribir críticamente sus propias posiciones. En este sentido, el texto sobre Aragon funciona no solo como una lectura de autor, sino también como una meditación sobre el lugar de la poesía en tiempos de crisis y su potencial ético y político. Una línea de pensamiento que atraviesa buena parte de la obra crítica de Antonio.

En sus últimas semanas en el hospital, Antonio compartió conmigo y con algún otro de sus amigos íntimos varios poemas que se había puesto a escribir durante su internamiento. Hablábamos casi todos los días y, entre otras cosas, íbamos comentando, como siempre, los detalles de cada uno de los poemas que iba pasando a limpio en un cuaderno y me enviaba en una foto tomada con el móvil.
Uno de esos días recordábamos cómo, ocho años atrás, la escritura de los poemas que luego compondrían la sección «Rehabilitación» de su libro Biología, historia (2018), había supuesto un ejercicio de distanciamiento de la enfermedad recién diagnosticada y también una forma de reflexión sobre el deterioro y de afirmación de la vida pese a todo. Lo dice el último poema de esa sección, «Contraluz», dedicado a Olga, su mujer: «puede que esa sensación/ tenga mucho de huida hacia adelante,/ pero no importa./ Me llega una luz cálida:/ hoy sólo quiero celebrar la vida».
Mucho de huida hacia adelante tienen los ocho poemas pasados a limpio en su cuaderno, si bien se manifiesta una nota de mayor dramatismo, una mezcla de humor oscuro −como se puede percibir en el soneto en torno a la Nochevieja titulado «31-XII-2024»− y, sobre todo, de voluntad de resistencia frente a lo inevitable que se intuye cada vez más cercano, tal como puede verse en otros como «Caída» (27-XII-2024) o en este «Vida imposible» (5-I-2025) que publico ahora.
Seguramente en los poemas se destilaba algo de lo que entonces sentía Antonio en sus adentros, aunque lo que me impresionaba más durante esos días últimos y lo que me ha quedado más fijo en el recuerdo era su convincente entereza, su poco interés en dar vueltas en la conversación a lo que le estaba pasando. En algunos momentos Antonio expresaba su desánimo y hasta el miedo, pero sobre todo la esperanza de una mejoría que en cualquier caso sabía precaria y también las ganas de seguir escribiendo sus poemas nuevos, entre ellos un homenaje de amistad en el poema «Delta» (14-I-2025) dedicado «a Pere [Rovira] y a Celina [Alegre]».
Creo que ese impulso literario que le «entró» en las últimas semanas, como él mismo me decía, significaba ante todo un esfuerzo de resistencia frente a lo que veía cada vez más cerca; un sacarle punta a la mezcla de miedo, esperanza y convencimiento con que enfrentarse al día a día sin pensar demasiado en el final. No me parecía extraño, por eso, que recurriese en los poemas a algunas de las ingeniosidades de Man Ray o al Tarot inventado por los surrealistas en 1940 para hablar de transfusiones de sangre o de arcanas predicciones.
Más clara y directa es, con todo, la expresión de balance definitivo que tiene el poema «Vida invisible», como puede verse más abajo. Y pienso que en la línea de esa actitud de balance se desarrolla mucha de la poesía de Antonio en sus últimos libros desde Inventario del desorden (2003), hasta Noche en París (2022), en esa necesidad de poner en claro, directa o indirectamente, los rasgos borrosos de la identidad, la seguridad de los finales, sin velos y sin engaños. También la aceptación, como «cuestión de biología», del deterioro y de la muerte: «No había que tomarse tan en serio la vida./ Y a uno mismo tampoco», como dijo en «Tan de repente. (Homenaje a Miguel Hernández)».
De entre los poemas que escribió Antonio en sus últimos días escojo el titulado «Vida invisible», uno de los mejores. Como en tantos poemas suyos, en este la descripción exterior cobra un valor simbólico al identificar los detalles de lo que el hablante percibe desde la ventana de la habitación, un faro al atardecer, con la memoria infiel de un tiempo pasado y «abolido». La sencilla descripción de una tormenta que se aleja sobre el mar con la que comienza el poema sirve de contexto metafórico a la renovada definición moral que sigue, con una rotunda y desnuda claridad: «Nunca busqué certezas,/ sí una clara conciencia de los límites». Aceptación estoica, finalmente, despedida sin lamento ni queja y afirmación de una dignidad personal que se abre a una consideración absoluta del final −«Inútil lamentarse/ […] / mejor irse en silencio»− para culminar en la gran metáfora del mar como la muerte, pero sin ninguna teatralidad, tan sólo como una sutil percepción de lo inminente, sin nostalgia ni trascendencia, que culmina en una emocionante imagen sensorial: «débil ruido del agua en un aljibe».
Este es el poema:
VIDA INVISIBLE
Nadie cruza la calle
esta noche de lluvia inesperada
y ráfagas de luz en los cristales.
Se aleja la tormenta sobre el mar,
el resplandor se pierde en la distancia
como un faro que existe
tan solo en la memoria
de aquel tiempo abolido.
Nunca busqué certezas,
sí una clara conciencia de los límites.
Inútil lamentarse
del estrago del tiempo y la vejez
−inhóspita, sí, ya se sabe−,
mejor irse en silencio,
sin dramas ni delirios impostados.
La vida es ya invisible a cierta edad.
No ejerce la nostalgia su dominio
con el rastro de noches excesivas:
será el presentimiento de otro mar,
débil ruido del agua en un aljibe.
(5-I-2025)

A Antonio Jiménez Millán
Camino cuidadosamente
sobre tus pasos que han hoyado la tierra
y cosecho frutos inesperados:
una voz que nos habla desde el lado salvaje.
Me sumerjo en tu mirada
bogando en su profundidad.
Impulsada por un aliento estremecedor
me hundo en tu presente
para otear ya sin miedo el futuro
en su línea de sombras.
Trazas un universo de ternura
donde habita otra vida
esplendorosa,
un territorio imaginado más acogedor.
Escriba de la luz,
calígrafo del nombre de los sueños
de todos tus amigos.
Me cuesta mucho hablar de ti en pasado.
Homenaje a Antonio Jiménez Millán
Era una mañana soleada. Todo presagiaba la calma. Unos días antes, Antonio me escribió un WhatsApp diciéndome que por fin le daban el alta en el hospital y deseaba retomar nuestra comidas y cafés literarios. En ellas hablábamos de la familia, de su nueva actividad como profesor emérito, de sus proyectos, de lo feliz que se sentía en la universidad y lo que disfrutaba impartiendo clases y dando conferencias. Hablábamos sobre nuevos poetas, nuevas formas de poesía o si existía un futuro para la poesía tradicional.
Él amaba la vida. Disfrutaba cada instante. Sabía la fugacidad del tiempo, pero gozaba atrapando cada uno de los momentos vividos en un nuevo poema. En su poesía brillaba el sentimiento y las emociones de la experiencia a través de sus palabras traducidas en bellas imágenes de prosa poética. Siempre infatigable, su labor ingente nunca se detuvo incluso en el propio centro hospitalario donde nos regaló nuevos poemas.
Él se definía como poeta, profesor e investigador de la vida a través de la biología e historia. Era hombre de un nuevo renacimiento cultural. Inteligente, culto y bondadoso obtuvo grandes premios de poesía, comenzando con el premio García Lorca y terminando con el premio Iberoamericano de Poesía Hermanos Machado.
Ironizaba siempre. Decía que él pudo vivir sólo un mes de la poesía en toda su vida (lo que, a la larga, fue cierto). En sus poemas revivía el cine, el jazz, y sus experiencias en los distintas ciudades y lugares donde vivió. París, Málaga o Granada.
Defendía siempre la musicalidad y la coherencia interna de la atmósfera de un buen poema. Yo le comentaba que sus alumnos eran el mejor club de fans que tenía. Y asentía con su eterna sonrisa. Quiero recordarlo con la intensidad de esa mirada que atrapaba cada instante. Siempre dispuesto a enseñar, ayudar y colaborar. En estas difíciles circunstancias, me hizo un regalo muy generoso con sus extraordinarios comentarios sobre los poemas de mi nuevo libro (aún sin publicar). Libro que, además, completó y engrandeció con un maravilloso prólogo.
Desde hacía tiempo, él sabía que la muerte rondaba cerca “y sientes que la vida se repliega/ y tiene más pasado que futuro”. Así lo avisaba frente al televisor en su poema doce de septiembre. “Nunca buscó certezas. Sí una clara consciencia de los límites.” Escribía en uno de sus últimos poemas.
La clandestinidad en la intimidad de su poemario buscando la libertad. Sus ciudades plenas de experiencias. Su memoria del agua sobre Granada con los dibujos de su amigo Juan Vida o sus noches en París seguirán eternas y nunca caerán en el olvido. Mientras, las jacarandas frente a su casa siguen floreciendo en el paseo junto al balneario escuchando el rumor de las olas.
Ahora, como eterno profesor universitario y en el vacío inmenso que nos deja quiero rendirle un pequeño homenaje con este modesto poema para recordar su magnífica figura docente.
MEMORIA DEL AGUA
Amanece. Una fría mañana de enero.
El sol apenas si calienta el aula.
Subo a la tarima y contemplo
las vacías bancadas
donde ayer los jóvenes miraban
absortos los versos mientras flotaban
como pompas hacia ellos
hasta estallar.
Las sillas, ahora vacías,
refulgen con el sol y crepitan
los poemas del ayer.
Son apenas unos rescoldos
que quedan impregnados
al calor de la memoria.
En la pizarra sigue escrita
la voz que da musicalidad a los versos.
Lorca, Machado y, siempre,
la realidad y el deseo de Cernuda.
Sé que la poesía es la experiencia
que nos descubre el arte
y narra la vida al caminar
solitaria por las ciudades,
atrapada en su realidad mágica,
que impregna el olvido.
Siempre quise conocer.
Sentir que la verdad no se esconde
cuando suena una música por las calles
de Granada, Málaga o París
en el descanso de la luz.
Ahora, todo se vuelve huérfano
en el arte, y en la soledad del aula cerrada,
mientras el sol traspasa la habitación
para convertirse en biología de las emociones
y en historias del olvido
de este frio invierno que se evanesce
por la memoria del agua.
Las uvas de la ira
John Steinbeck
Nochevieja en un cuarto de hospital.
Por diciembre, y en plena algarabía,
me cazó una maldita pulmonía
con garras lentas de lebrel fatal.
Las doce uvas junto al ventanal
-no de la ira, sí de la alegría-,
un patio de difícil geometría,
un brindis por seguir el ritual.
Atentos, que ya son las menos diez.
Despidamos el año que se acaba.
Tres abrazos en una habitación,
tres manos que levantan a la vez
copas de agua: qué daría yo
por convertirla en vino, en sidra, en cava.
Antonio Jiménez Millán, 1-I-2025

Para Antonio Jiménez Millán
Se descompone el mundo que compuse
con el conocimiento más puro de los otros
(de los otros: genitivo subjetivo),
los que sabían a contracorriente,
los no serviles nunca que amaron mucho el sol,
el sol que se desea por las noches,
que bebieron la vida sin filtrar, sin depurar,
con gloria y con gusanos, con suciedad y con extasis,
con partículas puras de la noche
y excrementos del dia,
con sus canciones bellas, desoladas y roncas,
inaudibles a veces para quienes llegábamos
cegadas de torpeza cotidiana.
Tiene que seguir viva esa ciudad,
ese tánger oscuro y lento de los sueños,
ese fondo dramáticamente vivo de las noches,
ese aullido inconforme e informe
y ese huir,
esas rutas de versos, esos desvíos arduos,
ese non serviam, ese estar en sí.
Si mueren los amigos,
nos morimos.
Biología, Historia
Antonio Jiménez Millán
Hoy sólo podría ofrecerte
una canción sin música
una sombra sin sol
una luna sin luz
un verso sin palabras.
Sé de dónde el vacío
Sé de un vuelo sin alas
de una estrella sin cielo
de la noche sin día.
Te hablaré de otras cosas
felices entonces,
cosas de ayer,
de cómo la amistad
brillaba por tus ojos
como la luna sobre el agua.
De cómo estabas siempre
y siempre estabas,
si te llamaba:
un consejo,
sugerencia, lectura,
una copa,
unas palabras,
un abrazo.
No era solo encontrarnos:
en nombre de otra historia,
con renglones torcidos,
persiguiendo algo nuevo,
siempre tu lealtad
en el camino.
Redacto esta breve reseña de Notte a Parigi de Antonio Jiménez Millán, editado recientemente en Firenze por Le Lettere, sintiendo la amargura de saber que su autor no llegó a verlo publicado. Antonio hubiera disfrutado, sin duda, reencontrándose con sus propios poemas, volcados ahora en la suave cadencia de la lengua italiana.
Se trata, efectivamente, de una edición bilingüe de su libro Noche en París, publicado originalmente en 2022 por la Fundación José Manuel Lara, tras haber obtenido el XII Premio Iberoamericano de Poesía Hermanos Machado. La publicación italiana nos ofrece una cuidada y bella traducción de Giulia Bertazzoni, a la que acompaña un prólogo muy iluminador de la profesora Marina Bianchi, titulado “Di ricordi, luoghi, persone: Notte a Parigi de Antonio Jiménez Millán”.
En él, Bianchi expone de este modo algunas de las características principales de este poemario:
[Antonio Jiménez Millán] assume in Notte a Parigi la serena accettazione di un presente che si detiene per lasciarsi contaminare dal ritorno del passato, non come nostalgia, bensì come sequenza di pacate riflessioni che permettono, da un lato, di rivivere emozioni perdute e, dall’altro, di proporre una sorta di resoconto sulle esperienze vissute, di esame su ciò che è cambiato e su cosa l’esistenza abbia comportato nella relazione dell’io con il mondo.
Ciertamente, este repaso por las propias experiencias vitales, desde un tono siempre sereno, aporta unidad a un poemario en el que, por otra parte, encontramos una amplia diversidad formal: sonetos en versos endecasílabos o alejandrinos, poemas en prosa, algunos haikus, composiciones cuya estructura versal se atiene a lo que Isabel Paraíso denomina silva libre impar… Las cinco secciones en las que está dividido (“Memoria del agua”, “Retratos”, “Noche en París”, “Fragilidad” y “Sentimental mood”) estructuran y favorecen dicha variedad de registros. Con ello, Noche en País nos ofrece un despliegue de posibilidades que evidencian la maestría y versatilidad con la que el autor afronta la tarea poética.
El título, coincidente con el apartado central del libro, apunta hacia dos nociones presentes en buena parte de sus versos: de un lado, la vigencia de lo nocturno, que, más allá de indicar un momento específico, remite también a esa penumbra de la memoria, con sus imágenes a contraluz; por su parte, la referencia a París nos pone sobre la pista de otro de los materiales que alimentan estos textos: la presencia de lo culturalista, concretado, sobre todo, en la vivencia del viaje.
Ciertamente, en los textos que componen este libro aparece un yo poético que se desplaza, geográfica y temporalmente. Este viajero recorre las calles y barrios de París, pero también aparecen paisajes de Roma, Lisboa, Atenas, Guanabacoa, Fuerteventura… ; allí visita o recuerda cafés, bares, plazas, hoteles (que son ese lugar “donde el deseo marca la deriva”). Se trata, casi siempre, del regreso, real o imaginado, a ciudades ya conocidas, de modo que los espacios quedan vinculados a la memoria de forma radical, como se expresa en el poema “Boleros”:
No sé si la distancia es el olvido
o si es sólo la frase de un bolero
que nos hizo creer una mentira.
No sé si he regresado a esta ciudad,
si coinciden la música y la letra
al evocar un tiempo indescifrable:
el de un encuentro, el de una despedida.
En la traducción de Giulia Bertazzoni, este poema dice así:
Boleri
Non so se la distanza si fa oblio
o se è solo la frase di un bolero
che ci ha ingannato con la sua bugia.
Non so se sono in quella città ora,
se la musica e il testo corrispondono
e rievocano un’epoca inspiegabile:
quella di incontri, quella di congedi.
Esta vivencia del regreso, con lo que tiene de desplazamiento físico, pero también de introspección y quiebre temporal, son el eje de los dos bellos y crepusculares poemas que cierran el libro: “Onda Pasadena” y “Hades”. Citamos algunos versos del primero:
Los años les trajeron la pasión del viaje.
Han conocido áreas de servicio
que parecían cuadros de Edward Hopper,
vieron la lluvia en la Ciudad Encantada,
las librerías de México D.F.
y los garitos de la Habana Vieja,
los mercados con riesgo de Caracas,
los teatros de Praga, las cuestas de Lisboa.
Después, ya con dos hijas,
volvieron a lugares
donde habían sido felices
[…]
Al regresar, no se cansaron nunca
de los paisajes familiares:
divisar a lo lejos
los árboles del Balneario,
la bahía velada por la bruma
o nítida en verano, con el viento terral,
fue también una forma de celebrar la vida.
//
Gli anni hanno dato loro la passione del viaggio.
Hanno trovato aree di servizio
che sembravano quadri di Edward Hopper,
goderono la pioggia nella Cittá Incantata,
le librerie di Città del Messico
e le bettole dell’Avana Vecchia,
i rischiosi mercati di Caracas,
i teatri di Praga, i pendii di Lisbona.
Poi, con due figlie,
tornarono nei luoghi
dove erano stati felici
[...]
Al ritorno, non erano mai stufi
di quei paesaggi famigliari:
scorgere in lontananza
gli alberi del Balneario,
la baia dalla foschia velata
o limpida con il vento d’estate,
fu perfino una forma di esaltare la vita.
Ahora bien, como apuntamos anteriormente, la presencia de lo culturalista y la noción de viaje que se plasma en los versos de Noche en París // Notte a Parigi no se limita a los desplazamientos geográficos: existen otras formas de trasladarse, entre distintas formas artísticas o incluso en el salto hacia otras identidades. Así, por ejemplo, en la sección “Retratos” es el acercamiento a diversos personajes lo que provoca ese movimiento de la voz poética, que sale a encontrarse con Pessoa, con Dickens, con el cantante cubano Bola de nieve o con el “místico López”, con quien coincidió en su tiempo de estudiante universitario. Por su parte, cada poema de los que integran el apartado “Sentimental mood” está vinculado a una canción, que funciona también como resorte temporal.
Noche en París // Notte a Parigi es, de este modo, un título que promete resonancias modernistas. No obstante, no hay visos de exotismo o evasión en sus páginas, porque en ellas tanto los paisajes como las otras referencias, se incorporan de forma discreta a lo vivencial y lo íntimo; esto es, las ciudades, los monumentos o las figuras que se convocan no resultan elementos de un esteticismo preciosista, extravagante o decadente, sino que son señales vitales, huellas de recuerdos y experiencias donde late la sencillez y la humildad. Y también la compañía de aquellas personas con las que se ha recorrido esos lugares: las amantes, los amigos, la pareja, las hijas…
Esas presencias se hacen visibles también en otro gesto que se reitera a lo largo de todo el poemario: la inclusión de dedicatorias. Casi todas las composiciones explicitan un destinatario o incluyen una cita, convirtiendo a Noche en París en un emocionante homenaje hacia quienes acompañan y sostienen la vivencia de nuestra soledad.
La ausencia de Antonio Jiménez Millán deja una herida profunda en tantas personas que lo recordamos con cariño y admiración. Porque Antonio era como son estos versos: entrañable, generoso, elegante, inteligente, honesto…
Nos queda su voz, tan serena y lúcida:
Fine dell’anno
Sai, non è nostalgia
quella corrente ambigua
che mi porta al passato
e, proseguendo,
rinforza la memoria,
dissolve le promesse
aride del futuro.
Solo è resistere alla morte.
//
Fin de año
Sabed que no es nostalgia
esa corriente ambigua
que me lleva al pasado
y, al avanzar,
refuerza la memoria,
disuelve las promesas
vacías del futuro.
Es sólo resistencia ante la muerte.
UNA CITA FELIZ
La luz insobornable de aquel tiempo.
ANTONIO JIMÉNEZ MILLÁN
Miro ahora la foto donde estábamos juntos,
explicándole al mundo pequeño de la Vega
el valor de una cita, su luz insobornable:
era El cinco a las cinco, el feliz cumpleaños
del que nunca cumplió los treinta y nueve.
Miro la foto ahora después de tanto tiempo
y la foto ha cambiado porque ya no están todos
los que entonces estábamos. Los años se diluyen,
no serán lo que fueron y el viento velará
lo que no olvidaremos: el afán de ser libres
y que la vida venga como ayer la queríamos:
más fiable o más fácil, más alegre, más justa.

D’elegant i serena intel·ligència, habitant generós de l’alta nit, infal·lible a la pàgina i al llit, militant de la calma i la decència; com va viure, ha marxat, amb paciència i silenciós coratge, i s’ha adormit mirant l’acabament de fit a fit, el son que se l’ha endut fins a l’absència. Adeu, company de tanta fe nocturna, mestre del tracte, savi del plaer, que amb discreció has estat un gran poeta fins que se t’ha apagat l’última espurna. M’ensenyaràs encara a jugar bé quan giri la mort meva a la ruleta. --------------------------------------------- De elegante y serena inteligencia, a la alta noche siempre le fue fiel, infalible en la cama y el papel, militaba en la calma y la decencia; como vivió se ha ido, con paciencia y valor silencioso; se durmió mirando su final, y se entregó al sueño que sería solo ausencia. Maestro del trato, sabio del placer, compañero de albadas, hasta luego; con discreción has sido un gran poeta y acabaste tu vida dando juego. Me enseñarás aún lo que hay que hacer cuando gire mi muerte en la ruleta.
Para Antonio Jiménez Millán
Las rosas de neón son muy discretas,
sobre todo a las horas en que amanece el día
se retiran, prudentes, del campo de batalla.
Las rosas de neón no son gregarias,
no podréis verlas nunca agrupadas en ramos
ni tampoco cercadas por jardines o huertas.
Las rosas de neón son muy esquivas,
rehúyen los destinos que quieren conducirlas
a vulgar ornamento o modelo de artistas.
Sin embargo, a la noche,
cuando apenas los rayos del astro rey dormitan
las rosas de neón estallan y florecen
incendiando las horas.
Las rosas de neón son de dos clases:
unas semejan fuego y otras esconden sangre.

Las palabras tienen rostro, lo sé porque al empezar estas líneas una sonrisa muy definida se me aparece en el teclado y no es otra que la del amigo que ya no está. Siento su presencia a mi lado susurrándome recuerdos y emociones. –Te acuerdas, insiste con ese sosiego elegante y calmado que le caracterizaba. Claro que me acuerdo, le contesto, aquí no hay olvido, sólo ausencia.
En esa primera edición del recuerdo, que empezó hace muchos años, se me aparece Antonio en la terraza de una cafetería de Torremolinos. La oficina de la revista Litoral estaba en un edificio colindante. Me propone hacer una edición sobre Picasso y más tarde coordinar una antología sobre la joven poesía andaluza junto a otros amigos poetas. Después de ese encuentro entablamos una jugosa amistad. Ambos habíamos nacido el mismo año y coincidíamos en muchísimas cosas. El arte, nuestro equipo de futbol, las mujeres y la poesía siempre fueron el motivo perfecto para charlas interminables que terminaban siempre de madrugada. Bebíamos lo que no está derramado. Ron o Ginebra con Coca Cola. Éramos jóvenes y sabíamos mantener el tipo con elegancia, aunque a veces cuando la luz del alba aparecía en el horizonte veía a Antonio subir casi de rodillas las escaleras del jardín de La Tarde, nuestra casa de entonces en Torremolinos, para luego coger el coche, llegar milagrosamente a Málaga y allí seguir hipnótica y lentamente al camión de la basura que parada tras parada lo llevaría finalmente a su casa. Solamente un gran poeta, un hombre prudente, con un enorme ángel de la guarda en el salpicadero podría haber superado una y otra vez ese arriesgado peregrinaje de amistad.
De esos momentos son estos versos aparecidos en su libro Casa invadida en un poema titulado La Tarde.
Así he de recordar aquella casa,
como una balsa a la deriva
siempre a salvo del frío y las tormentas.
Y en esa “balsa a la deriva” que fue La Tarde, hicimos muchísimas cosas. Una casa que tenía una ventana en el techo para ver la luna y que aun hoy retumba en mi memoria en estos versos de Juan Rejano. La tarde es ya mi casa, mi casa transitoria, donde todo es aun joven, hasta las telarañas de los sueños remotos.
Hicimos juntos una serie de litorales en los que cabría destacar esa edición a Jaime Gil de Biedma, El juego de hacer versos y los números dedicados a la Poesía Catalana y Gallega. Más tarde llegaron Cartas y Caligrafías, Complicidades dedicado a Luis García Montero y Navegante solitario a José Manuel Caballero Bonald.
Hacíamos Litoral cómo y cuándo se podía y de una manera muy precaria. El correo y los tiempos eran lo que eran, no existía internet ni nada que se le pareciese. El proceso era muy lento, Antonio me traía los libros en una maleta con los poemas seleccionados para que se transcribieran. Estos estaban marcados en sus páginas con trozos de papel, que a veces con el traqueteo del viaje se caían y cambiaban de sitio. Esta labor de selección duro años y de esto podría hablar también José Antonio Mesa Toré, cómplice en esta gran aventura literaria.
Dejándome llevar por esa memoria del olvido, publicamos en aquellos años iniciales, su libro Restos de niebla, en uno de los nuevos suplementos de Litoral y una edición sobre los poemas de Picasso del que era un reconocido especialista.
Entre los libros y cuadernos que tienen en su portada mis collages o mis dibujos me inclino por Inventario del desorden de la colección Visor de poesía donde aparece mi cuadro La gran viajera, pintado a principios de los noventa. Un obsesivo trasatlántico con una señorita sentada en la proa.
De todos los viajes que hicimos presentando la revista, que fueron muchos, recuerdo especialmente el del sur de Francia. Y lo recuerdo porque en Arlés, uno de los pueblos de la Provenza donde Litoral hacía acto de presencia, vivimos una experiencia inolvidable. Nada más llegar, un miembro de la organización nos dejo en un pequeño hotel. Después del acto en que participábamos tuvimos la oportunidad de escapar a nuestro albedrío y conocer divertidos lugares de la ciudad hasta altas horas de la madrugada. Cuando ya no podíamos más y decidimos irnos a descansar descubrimos en la calle que ninguno de los dos sabía de que hotel se trataba y menos dónde estaba. Caminamos durante horas, perdidos por las calles de Arlés, con un frío que aún me paraliza recordarlo, tratando de encontrar unas banderas que me pareció haber visto en la puerta del establecimiento. Al amanecer, y por pura casualidad, lo encontramos. Las banderas seguían ondeando en la puerta del hotel como las de una fragata a la deriva.
Ese viaje al sur de Francia, me inspiró un cuento, El sueño de la mujer desnuda, que publicó Antonio en la colección Sinera de la Librería Anticuaria del Guadalhorce, y que ahora vuelve a aparecer en la colección La Dragona de Miguel Gómez. Sigue teniendo la misma dedicatoria de entonces: A Antonio Jiménez Millán, perdidos una noche en Arlés.
Y perdidos estamos ahora, más que nunca, sin su presencia.
Con el próximo número de la revista aparecerá un díptico dedicado a su memoria en el que publicamos sus dos últimos escritos.
En el último poema que escribió Antonio poco antes de morir titulado Vida invisible, nos dice, que es mejor irse en silencio, sin dramas ni delirios impostados. Que la vida es ya invisible a cierta edad. Estos versos fueron escritos en el hospital donde se encontraba y hacen acrobacias, como sólo la poesía sabe hacerlo, en el corazón de todos aquellos que le conocimos.
Antonio decía que los poetas reúnen palabras para olvidar la soledad; para quienes fuimos sus amigos, su partida nos deja una enorme y silenciosa soledad.
HISTORIA ALREDEDOR DEL POEMA
En abril de 2018, en el entorno de la Feria del Libro de Granada, Ramón Repiso me acompañó en la presentación de “El nombre del frío”. En nuestras conversaciones previas, Ramón me habló de la posibilidad de presentarlo en Málaga y comentárselo a Antonio Jiménez Millán. Antonio ya entonces andaba mal de salud. Mi situación (de tímido ocasional) me impidió decidirme a hacerle esa propuesta a Antonio e ir Málaga a conocerlo y presentar, junto con él, este libro que en su interior alberga algo a lo que él mismo se estaba enfrentando. Durante algunas semanas, la idea de ir a Málaga, me estuvo rondando pero no me decidí a hacerlo. La vida es una secuencia de hechos concatenados y, a partir de mis conversaciones con Ramón volví, con autentico gusto, a releer a Antonio. Fue a partir de esta nueva lectura cuando surgió imágenes para un lector de poemas que tampoco me atreví a enviarle (ya lo he comentado; padezco esa timidez ocasional que me impide ir un poco más allá en ciertas situaciones). Pues bien, relegado al páramo del olvido, este poema quedó sepultado bajo siete años de poemas y dos libros hasta que, con el objeto de homenajear al autor de “Línea de sombras”, “Clandestinidad”, “Ciudades” o “Noche en París”, ente otros, y la revista Olvidos, Javier Benítez me invitó a leer en la Feria del Libro de Granada de este año y en la propuesta me dio la opción de elegir un poema de Jiménez Millán, o bien, participar con alguno propio dedicado. ¿Cómo encontrar un poema escrito hace siete años y casi perdido en la memoria? El pasado 17 de mayo, un grupo de poetas leímos y comentamos en torno a la figura del poeta nacido en Granada y malagueño de adopción. Yo no había encontrado aún aquel poema que si recordaba tener guardado en algún lugar. Al acabar el encuentro regresé a casa resuelto a localizar y rescatar aquellos versos escritos en Sevilla. Finalmente di con él y cuál fue mi sorpresa cuando, al terminar de leerlo, encuentro que está fechado el día 17 de mayo de 2018. Desde el momento de haber sido escrito hasta que fue rescatado habían pasado 7 años exactos. Me gustó esta coincidencia. El poema tuvo origen a partir de mi participación en una Feria del libro de Granada y es rescatado en otra edición de la Feria, donde, además, presento un nuevo poemario “La veladora”, y me invitan a leer al poeta. En este periodo de tiempo transcurrido, sucedieron nuevos poemas, nuevos libros del poeta, sucedió la vida y sucedió que Antonio dejó de suceder y, sin embargo, su poesía sigue aconteciendo y sigue latiendo tranquila como si fuera el relato que describe cada una de las escenas con los que están trazados sus poemas que albergan el abrazo de un extraordinario poder evocador que lo hace entrañable. Bienvenido aquí de nuevo, Antonio, poeta, amigo de y entre sus amigos. Buena suerte.
(a Antonio Jiménez Millán)
Al leerte, me sitúo
como el espectador
que va a asistir a un poema
como si fuera el relato
cinematográfico
que describe una escena
y a veces encuentro la imagen
de una casa donde los ojos
antiguos descansan y el corazón
se sosiega y se enciende
si la casa está llena
de nombres conocidos,
objetos familiares,
gente que creías olvidada
y que de pronto recuerdas.
Otras veces, al pronunciar
el resumen gastado
de la historia de una batalla
con su herida multiplicada
en el resultado de una pertenencia,
he percibido el rescoldo
donde se ajusta la memoria
a los nombres de cada día.
Una imagen puede contener
el deseo ardido en la calma
que celebra la dicha de un instante,
pasos acelerados indagando
en el sueño que deja un sabor
agridulce en la boca.
Otras, en cambio, veo un río,
el cauce de una brisa,
la transparencia que llega hasta el mar
disuelta en su franqueza inaprensible
que incide en la hondura de un misterio
con los dedos puestos sobre la línea
del horizonte
que dibuja una nueva perspectiva
en los ojos tranquilos.
Pero también en escena pueden aparecer
los pasillos de un laberinto
en el eco transparente de la noche,
el reflejo luminoso que resbala
por la lisura fría de las ventanas
donde la pupila blanca del insomne
vela la noche.
Y es ahí donde el tiempo
a destiempo convocado,
se hace un hilo de voz
que transporta
mudos barcos encallados
en mitad de la niebla.
Y, de repente,
se hace una ciudad en el poema
con su vuelo rasante
de luces que laten en los ojos irritados
de quién ha sido expulsado del sueño.
En la calma rota y su vértigo,
las horas suman minutos en vano.
Así, cuando el cuerpo sin alivio
queda suspendido
en el quebranto raro de las horas,
la ciudad puede ser, con la distancia
madura del tiempo,
un álbum de instantáneas felices y derrotas,
un remolino de hojarasca entre los dedos
o el pulso de una luz inevitable
empujándonos con sus gestos hacia el futuro.
Gerardo Venteo
En Sevilla a 17 de mayo de 2018 y Granada 17 de mayo 2025
Antonio y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo, casi tanto como años tenemos. Nacimos casi en la misma calle y casi en el mismo año. Nos sedujo la misma oración y creímos en la misma utopía. Después, rompimos con todo sin olvidarnos de nada. Antonio es un amigo fiel que se hizo sabio en la calle y en las bibliotecas. En todos estos años nunca ha habido entre nosotros más distancia que la que separa al noctámbulo del que madruga. Y justo ahí, en esas horas intermedias del día, entre su desayuno y mi almuerzo, hemos aprendido a mirar de un mismo modo las viejas fotos viradas al sepia, las veredas desiertas, la tierra quemada, las medianerías como cuadros de Mondrian y las vías muerta del tiempo. También las llagas o el bálsamo de la memoria.
Con los años, las personas de una generación acaban pareciéndose entre sí. Una misma forma de vestir y de hablar, los mismos miedos y la misma vanidad nos igualan por edades o por décadas. Nosotros somos de una generación en la que la historia hizo que nuestro fulgor biológico y el fulgor democrático del país caminaran durante un tiempo de la mano. Fueron los años en los que creímos que el futuro era un papel en blanco sobre el que iríamos dibujando el prodigio de un mundo nuevo, mejor y más justo. Después, el óxido de los días fue creciendo de forma simétrica entre nosotros y la sociedad, hasta llegar a esta incipiente decrepitud desde la que asistimos achacosos a la desintegración de un mundo que alguna vez pensamos incuestionable. De pronto, un mal día, en medio de ese paisaje en declive, el azar dispone su trama y alguien pronuncia lo innombrable y se suspende todo y todo se vuelve pasado, dejándote más vulnerable y necesitado que nunca.
Al terminar la lectura de este libro, uno tiene la sensación de haber hecho un viaje de casi 40 años por un historia lineal y homogénea, en la que la voz reconocible del poeta nos ha ido describiendo con precisión el peso de las brumas de la memoria.
En algunos poemas, Antonio revela las fotos de su álbum familiar desde un presente histórico en el que es a la vez el niño de la fotografía, el adulto que la mira y el hombre que se ve mirando la foto. Es decir, el autorretrato del hombre que se ve-viéndose. Y es que toda expresión artística es, en gran medida, un autorretrato involuntario e inevitable. Diría, si se me permite el término, que auto biológico. La alegría o el fracaso, el dolor o la risa son cosas que le suceden a las personas de carne y hueso en un lugar y en un tiempo determinados. Lo físico y lo ideológico, la enfermedad y la explotación, la Biología y la Historia no se pueden separar del individuo que las vive, del mismo modo que es imposible separar lo que ocurre en el cerebro que piensa de lo que ocurre en la mano que escribe. No hay discordancia posible, todo es la misma cosa, un sistema nervioso evolucionado que se ha cubierto de un cuerpo que vive en un momento concreto en una realidad concreta. Pensar lo contrario equivale a considerar que en nuestro ser y en nuestro estar hay un espacio para las cosas del cuerpo y otro para las cosas del alma.

En Línea de sombras hay varios poemas memorables en los que Antonio nos propone atravesar la superficie de un cuadro, como si entráramos con sigilo en uno de esos dioramas de los viejos museos de Historia, para fisgar los secretos que laten al otro lado de la escena detenida para siempre. Estos «cuadros animados» me recuerdan a esos vídeos de Bill Viola en los que los personajes sorprenden al espectador con un leve parpadeo o con un movimiento lento y repetido, como en el delirio de una noche de fiebre.
Los diez poemas inéditos que cierran el libro celebran la normalidad de la vida, completando, hasta el momento, el relato escrito durante años por Antonio Jiménez Millán, un hombre entrado ya en los 60, que ajusta cuentas con el pasado para enfrentarse de forma ventajosa a los amagos de un futuro incierto. Antonio es un poeta esencial, nada retórico y muy culto, algo serio y bastante preciso al que los amigos llamamos fraternalmente «Severo» Millán.
(Texto publicado en Línea de sombras, colección Juancaballos Poesía)
OTRO MAR, Ignacio F. Garmendia
JUSTO cuando la traducción de su último libro de poemas, Noche en París, salía de las prensas florentinas de La Lettere, nos dejaba Antonio Jiménez Millán, el pasado enero, una pérdida no del todo inesperada, pues sabíamos que peleaba desde hacía años con la enfermedad, pero sí muy sentida por los amigos que le rinden homenaje en un número especial de la revista Olvidos de Granada, a la que estuvo unido desde los inicios. Granadino de nacimiento y formación, pero largamente afincado en Málaga, en cuya universidad ejerció como profesor y catedrático de Filología Románica, Antonio nunca dejó de mantener estrechos vínculos con la ciudad de la que procedía y en la que surgió, ya en las postrimerías de la dictadura y con más fuerza en la segunda mitad de los setenta, un activo grupo de escritores y poetas que tuvo uno de sus epicentros en la vieja Facultad de Letras, años antes de que se acuñara la etiqueta de la Otra Sentimentalidad. Algunos de ellos, como el teórico Juan Carlos Rodríguez, el tempranamente fallecido Javier Egea o Mariano Maresca, antiguo director de Olvidos y editor de la renacida cabecera digital, ya no están entre nosotros para despedirlo. Sí han podido hacerlo paisanos y cómplices como Álvaro Salvador, Angeles Mora, José Carlos Rosales, Teresa Gómez o Juan Vida, e íntimos compañeros de viaje como Francisco Díaz de Castro, Pere Rovira, Lorenzo Saval o Aurora Luque. Al margen de su poesía, que lo sitúa como uno de los autores ineludibles de su generación, Jiménez Millán fue un brillante estudioso de las vanguardias, las poéticas del compromiso y los caminos de la modernidad, pero todos los que lo trataron de cerca coinciden en destacar, además de su talento, la cordialidad y el apacible carácter de un hombre en el que concurrían la «elegante y serena inteligencia» de la que habla el poema aquí transcrito de Rovira y una discreción bienhumorada y sabia. Su obra de este siglo, en particular, desde Inventario del desorden, contiene un buen número de excelentes poemas en los que el reiterado ejercicio de la memoria sin nostalgia, como solía precisar, es una forma de «resistencia ante la muerte» Casi vemos cómo le llega en uno de los últimos, Vida invisible, escrito en el hospital y comentado con emoción por Díaz de Castro, cuando el poeta presiente «otro mar, / débil ruido del agua en un aljibe«.

(Texto publicado en Málaga Hoy y los periódicos del Grupo Joly, 3 de junio de 2025)