Olvidos de Granada n.º 9

Búscala

Pedro Salmerón·

Están recién llegadas al taller de costura, vienen de Barcelona donde perdieron a su padre hace unos meses. Las dos hermanas están enfundadas en unos trajes negros muy ceñidos. Teresa, la maestra, las ha colocado en una habitación estrecha y alta con una hermosa ventana a la terraza por donde entra la luz de la mañana.

El suelo está cubierto por hilachos y recortes de tela. La más rubia de ellas se ha descalzado, se levanta la falda por encima de las rodillas y mueve rítmicamente sus pies sobre el pedal de la máquina, que hace tac-tac-tac...

Carlos, uno de los niños de la jefa, curiosea a través de la puerta mirando fijamente a las dos desconocidas.

—¡Ven aquí, queremos conocerte!

—A ver, ¿cómo te llamas?

—Yo soy Carlos.

—¿Eres de aquí?

—De siempre.

—¿A qué te gusta jugar?

—Al balón.

—¿Sólo a eso?

—Y también a los médicos.

—Nosotras podemos enseñarte algo mejor.

La rubia ha dejado la máquina y mira fijamente al niño, sus manos acarician la cara y el pelo de Carlos. Luego se desabrocha los botones de la blusa: su cuello es blanco como la nieve, más abajo la curva de sus senos se recorta sobre el sostén, que baja un poco más hasta que asoman las rosetas de los pezones como si fueran un dibujo de fantasía. En medio hay un surco profundo en el que se balancea una cruz de oro delicada, ceñida por una cadena muy fina. A duras penas se la saca, enredada entre sus cabellos dorados, luego la suelta en sus manos como una cascada luminosa.

—Carlos... ¿La ves?— le dice ahuecando la mano, como cuando se tiene un secreto.

Sin esperar respuesta del niño, que la mira hipnotizado, desliza la cadena entre sus pechos y le dice:

—¡Búscala!

Las dos hermanas estallan en risas incontenibles cuando la mano de Carlos queda retenida, fundida con la carne caliente y sedosa, apretada por ella hasta notar el ahogo de su risa y los latidos de su corazón.