El cristal con que se mira

Mariano Maresca
La realidad es verdad. Por eso, la realidad es cruel. Todo es sencillo, se ve bien. Pero al mismo tiempo, lo sencillo se vuelve horroroso, asqueroso, como un joven cuya vida estuviera enferma…
Juan Vida ha creado imágenes de la vida individual y –también- privada. Así, muestra la realidad más difícil: la verdad, toda la verdad. Lo normal es ver cosas bonitas; el problema es que lo normal no es real. Todo es difícil; pero en realidad las cosas tienen un final jodido, oscuro.
olvidos.es presenta las nueve series de la exposición de Juan Vida El cristal con que se mira que fue expuesta al público en la Biblioteca de Andalucía de Granada el pasado mes de octubre, y ahora queda a disposición de los lectores en nuestra web.
Cada serie es presentada por un autor: Juan Vida, El cristal con que se mira; Antonio Fernández Montoya, Preguntas como platos; Alfonso Salazar, La vida era un tongo; Ángeles Mora, Imágenes de doble filo; José Luis Chacón, Juan Vida y el cristal que nos mira: del síntoma al sinthome; Alejandro Víctor García, España, aparta de mí esas moscas; Luis Carlos Nieto, Muñecas de trapo; Juan Mata, El viejo orden alfabético; y Juan Ramón Capella, Ojos que no ven.
Juan Vida
Hace tiempo que tengo la sensación de haber pintado ya el cuadro que tenía que pintar y que sólo me queda repetirlo con variantes menos sustanciosas. Cada vez me resulta más difícil entrar en el estudio con la ilusión del que abre un cofre y subir las persianas sin alumbrar la derrota.
En otras ocasiones fue un color, el recuerdo de un viaje o la seducción por un cuadro los que me devolvieron a la pintura con la energía del náufrago que intuye la orilla. Esta vez ha sido desde la pantalla del ordenador de donde surgió el impulso para desencallar. Frente al teclado, siguiendo la costumbre de unir imagen y pensamiento, fui componiendo una historia que hablaba de la angustia del hombre que, perdido el corazón, ve abrirse el suelo bajo sus pies. Con este pesar creció El cristal con que se mira, una colección de collages que describen un presente turbio que anuncia un futuro oscuro.
Con El cristal con que se mira quise enfocar de nuevo la vieja disputa entre Agamenón y su porquero, con una mirada que se desnuda para denunciar la indolencia con la que asumimos las cosas más terribles: unas rosas sobre el cadáver de un niño en los escombros de Damasco; la hoja de afeitar entre los labios ensangrentados de una mujer o la indiferencia impía de una familia ejemplar bajo el cadáver de un hombre que cuelga de un árbol.
Detrás de la belleza puse la trampa: anzuelo de plata, caballo de Troya, veneno escondido en la fruta prohibida.
Antonio Fernández Montoya
¡Oh comidas! ¡Oh espejismos!
Enrique Molina
Es raro que nos interroguemos sobre el acto de comer. Lo que solemos hacer es sentarnos ante el plato y, a veces, pero no siempre, lo miramos. Sólo eso. Pero si le prestásemos atención como sugiere Juan Vida, quién sabe qué cosas podríamos descubrir: las fórmulas de la química que han inyectado a lo que comemos, la solución de nuestras dudas, como si una bruja hábil hubiese leído nuestro futuro en su superficie, los fantasmas de las moscas cotidianas… Y si es un hecho que no sabemos lo que ingerimos, aún menos sabemos qué piensan los platos de nosotros. ¿No se reirán de nuestra engreída posición de comensales porque conocen el trayecto inexorable y tan poco elegante, desde la boca al ano, que seguirá lo que nos ofrecen?
La contemplación de estos platos metafóricos sugiere otra pregunta no menos inquietante, la de si el ser humano que devora y destruye sin piedad la naturaleza, simbolizada aquí por esos pájaros muertos, para (mal)alimentarse, no está pagando por ello el alto precio de tener que comer lo incomestible: la comida-basura, la comida-veneno. Y de esto también puede que se rían nuestros platos de cada día.
Lo que, en suma, estos cuadros parecen decirnos, es que si mirásemos bien lo que tenemos en la mesa quizás nos sobrecogiera el miedo o el asombro.
Alfonso Salazar
El fruto carnoso es una metáfora de la vida. En un principio nace, luego crece y se muestra fresca en su esplendor. Una manzana sin rescoldos bíblicos. Pero los frutos carnosos se pudren, se resecan, hasta el punto de que la piel envejecida es, en nuestra sociedad, considerada enferma. Cuando es, ciertamente y sin embargo, la piel que ha alcanzado su objetivo. Las manzanas de Juan Vida son metáfora de vida, se colocan como la de Guillermo Tell sobre su cabeza vendada: el poder pretenderá atravesar hasta la propia manzana podrida, hasta la roña social, alcanzando sus últimos objetivos. O se cubren las manzanas de moscas, aquellas que preparan el camino de la podredumbre, y que como los carteles de conciertos, ofertas y gangas, se colocan sobre los escaparates de los negocios que están a punto de claudicar, poco antes de que llegue el cartel de traspaso. La podredumbre queda reflejada y extiende su sombra, que se mezcla con el papel higiénico, con el emblema de lo que limpia nuestros restos en la intimidad y la vergüenza. Lo que nuestro sistema digestivo ha triturado y desechado. La poesía es un rollo de papel higiénico gastado. Y ahí anida otra metáfora: la vida –que no Vida-, aquella que nos dijeron, era un tongo, una manzana que terminaría por pudrirse.
Ángeles Mora
Miro estas imágenes y una extraña sensación me invade. No es fácil definirla porque son imágenes de doble filo. La belleza y el dolor en una sola hoja para que nos corte doblemente por dentro. Pero aún hay otro filo más que me hiere al contemplar estos provocadores collages: precisamente el que me dice que no somos ajenos a la violencia que denuncian. Sabemos que es una consecuencia de las relaciones de dominio y desigualdad en que nos movemos, y no sólo no parece que estemos implicados hasta el fondo en que desaparezcan, sino que aceptamos con desidia lo que nos corroe socialmente. Cada una de estas imágenes bellas y repugnantes a un tiempo nos señala una violencia subterránea y cotidiana, el horror que se nos escamotea y que a veces aparece en sus más drásticas consecuencias: el crimen. En el dolor no hay belleza, no la hay en los malos tratos que ocultan las paredes de nuestras casas. Pero la belleza cruel de estos cristales de Juan Vida nos obliga a mirar el horror que hay por debajo, la violencia, la humillación, el dominio que mata. Y nos recuerda lo que preferimos olvidar. Ese es el cuchillo que más corta.
José Luis Chacón
Todo cuadro está hecho no por el pintor sino por
los que lo miran y le conceden sus favores.
Marcel Duchamp
Según la enseñanza de Lacan, a diferencia de la de Freud, el arte no es interpretable. Más bien al contrario, muchas de las obras de arte explican y anteceden a cuestiones clínicas.
De la exposición El cristal con que se mira de Juan Vida podemos aprender “eso” que sus piezas despejan de lo real. Y no hacerlo desde el significante, sino a parir de la letra con la que se inscribe el síntoma; síntoma sin sentido que apunta a aquello que se encuentra más allá de lo que se dice, más allá de lo que puede incluso decirse, en lo que llamamos trozos de real: algo que el lenguaje no puede absorber o transmitir completamente. En cada propuesta, en cada pieza de Juan Vida, convergen dos vías: la del sentido y la del goce, que está más allá del sentido. Nos concierne más esta última que hiere la vista, más allá del pensamiento o la ideología. El síntoma, entonces, ya no es una metáfora, sino una especie de escritura del goce, un sinthome.
Alejandro Víctor García
Aquí hay un país que se ahoga en su propia sangre, que bracea en sus excrementos. Por debajo de las cuchillas que hienden la carne temblorosa del hombre que observar su reflejo con la lengua fuera, mitad burla, mitad estrangulamiento, hay una nación deshecha; a cuatro centímetros de profundidad de la piel dura del animal que agoniza hay oculta una geografía con sus pobres, sus banqueros y sus matarifes; bajo el borrego que se desangra por la boca hay un botijo racial que recoge su muerte: la auténtica receta de la sangría patriótica. En las sinuosidades del nervio óptico del ojo que las moscas han colonizado hay un territorio con himnos y enseñas y un pasado muy ancho. Se adivinan los símbolos, las banderas, los naipes españoles, los insectos de las siestas. Las marcas de un país que echa a los suyos, que los desahucia, que los aniquila. Debajo de este dolor insoportable está España.
Luis Carlos Nieto
La conciencia es una materia difícil de gobernar. Imagino que también de pintar. Las imágenes de Juan Vida son inquietantes, activan conciencias. Detrás de lo cotidiano hay algo que paraliza cuando te detienes en ellas.
Nada de lo que hacemos es inocente, como se puede ver en la serie sobre migraciones, donde sientes que te vas introduciendo en un territorio incómodo, lleno de sensaciones contradictorias. Por eso el instinto te lleva a taparte la cara y encuentras que el pintor se ha tapado los ojos con cuchillas o ves las manos negras inanimadas que no dejan ver al ciego, asfixiante autorretrato.
En una de las imágenes un hombre extenuado (uno o miles) se arrastra por una playa. Todavía le queda una prueba, un salto. Cultura de la frontera. Su salto le sacará del cuadro, ya no será del pintor, se saldrá del trozo de espacio que le vino asignado. Frente a esto, marco de alambre, ahora con cuchillas, como la valla que han puesto en Melilla. Alambre de concertina, curioso nombre, monumento a la indecencia. Si África tiene hambre pues que coma cuchillas dice esta obra de ingeniería macabra.
Pero lo que nos demuestra Juan Vida es que los filos ya existían dentro de la frontera, como la cuchilla que come la mujer en otra imagen impresionante o la de la maquinilla que deja sin palabras o la que corta un pecho.
El último cuadro de la serie tiene flores como cuchillos y dos niños envueltos en un sudario como muñecas de trapo. El arma que los mató tiene la culata móvil para que la puedan usar todos los niños del mundo, ingeniosos fabricantes. Imagen impecable, muñecas de trapo para simbolizar la muerte, para condenar la guerra.
Juan Mata
Ahora que el viejo alfabeto ha trastocado su orden, ahora que está desparramado por los suelos, ¿qué relatos podrán contarse, qué memoria permanecerá indemne? Las historias antiguas han perdido su valor, las nuevas se arman con la sintaxis de la mentira. Con deliberada saña, alguien trata de confundir a la gente, de alterar el habla y la escritura. En ese nuevo orden alfabético, arbitrario y sin sentido, se descubre un nombre. Wert. El apellido ignominioso, el apelativo de un ministro engreído y camorrista. ¿El azar lo ha querido así o es la firma desafiante del autor del desbarajuste?
Ahora que las letras han alterado su primitivo orden, ¿podrán seguir contándose los viejos cuentos? ¿La historia de Hansel y Gretel, por ejemplo, tendrá ya el mismo significado? ¿Podremos seguir asegurando que al final hay esperanza, que una mano valerosa salvará al hermano de morir achicharrado? ¿Podemos seguir confiando en los finales felices, ahora que Hansel y Gretel son dos simples trozos de pan tostado? ¿Qué ha pasado? ¿Cómo nos hemos dejado arrebatar el protagonismo de la narración?
En la boca de Hansel se vislumbra el paraíso. Un paraíso que ya no existe. El esplendoroso paisaje de los sueños ha sido arrasado, ahora está bajo el dominio del pillaje y el crimen. Los depredadores acechan complacidos a las aves, los empresarios y los gánsteres campan a sus anchas, el sonido de las pistolas ha sustituido al gorjeo de los pájaros. Las personas justas huyen, se suicidan. ¿Pero a quién le importa el desastre? A nuestro lado hay cadáveres, ruinas. ¿Pero quién los mira? ¿A quién le interesa? ¿Por qué suspender una idílica comida campestre aunque cerca haya un ahorcado? Qué más da que el mundo se derrumbe si el pellejo propio está a salvo. El provecho personal es ahora lo único que importa. Cuando el viejo orden alfabético era patrimonio de la mayoría de los seres humanos, en el vocabulario de los cuentos se hablaba de fraternidad, valentía, justicia, esperanza… El nuevo orden alfabético produce caos, embustes, dolor. ¿Cómo recuperar las primitivas palabras, los antiguos relatos?
Juan Ramón Capella
Ahora nos ocurre a nosotros. Nos empapa un calabobos de pequeñas heridas en nuestra vida cotidiana. Tratamos de no ver para protegernos del dolor, pero ese dolor lo impregna todo y lo acumulamos aunque las cuchilladas grandes y reales se las lleven otros. Los ojos que no ven miran para otro lado. Y todo el arsenal de medios de los poderosos incita a mirar para otro lado. En el cuarto de estar hay una realidad virtual de cuentos de hadas, de fashion, _de glamour,_ tanto más densa cuanto duro y criminal se vuelve el uso de seres humanos como medio para el enriquecimiento de un puñado de carroñeros. Las imágenes de los muertos, los heridos, los extenuados aparecen en la televisión solo el tiempo suficiente para que funcionen como vacunas: aún no os ha tocado a vosotros, pero andaos con ojo: ¿veis que podría ser peor?. Los navajazos siguen lloviendo sobre nuestros vecinos, en nuestro barrio. Estamos indignados pero desagregados. No queremos ser de ese mundo, que sin embargo es el mundo real. No podemos mirar de otra manera, con cristal de otro color. Ese mundo hay que cambiarlo.