El padre de la horda y la cabeza de turco

“El padre de la horda y la cabeza de turco” es un análisis contemporáneo del malestar social y político desde la teoría freudiana, centrado en la pulsión de muerte (Thanatos), el narcisismo y la construcción del lazo social. A partir de “El malestar en la cultura”, Freud propone que el sufrimiento humano se origina en el choque entre el deseo individual y la ley cultural. Sergio Hinojosa actualiza esta reflexión abordando fenómenos actuales como el populismo, la polarización ideológica y la creación del enemigo externo, revelando cómo la identificación imaginaria puede sostener discursos de odio y cohesión colectiva autoritaria.
En El malestar en la cultura, Freud no se dirige a los especialistas. No trata de precisar la técnica o perfilar conceptos. Sin embargo, el interés teórico y su reflexión sobre lo que nos aflige son estimables. El manuscrito del malestar fue entregado por Freud al impresor una semana después del 29 de octubre de 1929, el “Martes negro”. Aquel día se hundió la bolsa neoyorkina y provocó una suerte de hundimiento del mundo. Un mes antes había muerto un hombre clave para la posible unión entre Austria y Alemania: Gustav Stresemann. Pese a que el Tratado de Versalles (1919) prohibía la anexión (Anschluss), la unión de los dos países se veía como la mejor solución para salir de la crisis. En 1926, Stresemann había conseguido el Premio Nobel de la Paz generando expectativas nuevas sobre el acercamiento. Pero su muerte dejó al Volkspartei (Partido del Pueblo) en manos de la derecha más recalcitrante, lo que supuso más fragmentación en el parlamento y acabó debilitando aún más la maltrecha República de Weimar.
No es por azar que comience esta obra con el análisis de una expresión de Romain Rolland, “el Apóstol de la paz”. El afamado escritor había recibido de Freud ―como mera cortesía― el manuscrito que lo implicaba. Y Rolland respondió con una opinión no muy favorable. Ese verano, Stefan Zweig envió a Freud noticia detallada de las biografías que fraguaba. La suya ―la de Freud― entraba en serie con la de Mesmer y con la de alguien menos honorable, la de Mary Baker-Eddy, una furibunda iluminada que andaba por América y Europa atando cabos y predicando la Christian Science para aglutinar adeptos. En fin la cosa iba de sectas. Para colmo, Friderike Zweig, la compañera del escritor, seguía con intensidad las campañas del “Apóstol de la paz”, mientras algunos fieles seguidores iban y venían en busca del Nobel para Freud. Unos años antes, se había concedido precisamente a Rolland (1915) “como tributo al elevado idealismo de su producción literaria y a la simpatía y el amor por la verdad con el cual ha descrito diversos tipos de seres humanos”. En fin, un premio a la prédica del “apóstol de la paz”.
Si a esto sumamos la experiencia de la gran Guerra, Freud tenía motivos para pensar cómo se ata y desata el lazo social y cuáles son sus consecuencias. Cierre sectario, ruptura, disolución o destrucción vienen de la mano de Thanatos. En el texto propone tres fuentes para ese sustrato del “malestar”: el cuerpo, el mundo y la relación con los otros. Esta última como fuente principal. E incluso añade: «bien podría ser un destino (…) ineludible».
Efectivamente, es esta dialéctica de la relación con el otro la que alimenta básicamente el malestar en la cultura. Pero “en la cultura” no remite a un particular marco histórico, ni siquiera a los cuerpos retorcidos, al hundimiento del mundo o a la aniquilación de todo lazo provocado por la última guerra. Remite a aspectos transhistóricos que convierten el “malestar” en un sufrimiento de desencuentro, de inadecuación estructural. Freud resume aquí gran parte de su teoría en línea con Tótem y tabú y El porvenir de una ilusión, en donde ya había tratado los aspectos subjetivos de la religión como forma de apaciguamiento de esta infelicidad consustancial.
Pero El malestar es una obra más radical y su análisis más demoledor. Es interesante observar que, pese a la efervescencia de la extrema derecha: nazis, Stahlhelm, Jungdoetc., la desesperanza de la izquierda y el callejón sin salida de la inadecuación del hombre a “la cultura” que plantea el autor, pese a todo este carácter trágico, su escrito no se presenta en modo alguno como conformismo o nihilismo. La vida hay que aceptarla en sus goces y en sus sombras, al margen de la utopía y de toda idealización de lo humano. Pero no por ello, hay que consentir con la injusticia concreta. Se trata pues, de una visión fragmentaria y de una incompletud plenamente actual, reflejada en este importante texto escrito en un tiempo de incertidumbre y cercano en algún punto a esta pesadumbre que nos invade, ya no tan silenciosamente.
Al hilo de la experiencia cuasi mística de Rolland, que habla de fusión y de “sentimiento oceánico”, Freud se plantea una cuestión política de fondo, aunque en el espacioso marco de antropología: ¿cómo es posible la cohesión de masas, y qué fuerzas se oponen a esta “unión”, para destruirla y sumir a los individuos en un malestar sin solución?
La expresión “sentimiento oceánico” venía a ser, según Rolland, el origen de la necesidad que tiene el hombre de una dimensión religiosa. Freud desmonta esa ficción y vuelve sobre los pasos para preguntarse por el origen del pensamiento religioso. No hay tal sustrato sentimental, pero sí una cierta economía libidinal cuya sede la encuentra en lo que él denomina “Yo del placer” (Lust Ich). Ese sentimiento “oceánico” y esa fusión con el todo, esas ideas sobre la eternidad y la infinitud no son otra cosa que ideaciones hiperbólicas propias de una proyección narcisista de ese estadio. Lo mismo podríamos decir de las proyecciones hiperbólicas salidas del radicalismo populista. La realidad idealizada se funde con lo que place al sujeto, y lo displacentero es rechazado como exterior hostil.
Puede parecer una simpleza a estas alturas, pero Freud no cree que el yo sea la instancia evolutiva e independiente ―soldada a una conciencia libre postulada por el humanismo―, sino algo más coriáceo, algo del orden de la imagen (ideal) que captura al sujeto alineándose en series sucesivas de capas de identificaciones. Identificaciones que lo comprometen y lo ligan a los otros. Porque el yo, de entrada, no existe sin la relación con el otro. Y es a través de esa alienación en la imagen y en ese lazo social, que se vehicula ―en cada caso de manera particular― aquello que está a la base del malestar: la pulsión de muerte, Thanatos.
Aquí siempre ha existido un malentendido, porque la imagen no puede separarse del lenguaje. Que alguien hable de mí en un corrillo, si yo presto oído, es imagen propia que me concierne. Ser aceptado o rechazado me incumbe. Entonces, hay un determinado lazo social ―basado en esta economía narcisista― que une a los individuos y expulsa el objeto a destruir. ¿Qué se dice de mí? ¿Qué piensan fulanito o menganita de mí? denotan el espejeo de una imagen que, a poco que se la tome en serio, enloquece. ¿Seré buen profesor? ¿Seré buen marido? ¿Seré buen padre? ¿Es que existe una sustancia padre, profesor o demócrata? La respuesta es aparentemente simple: la cultura, entendida como la formación de construcciones e instituciones ―y todas ellas “hablan” o “escriben”― al servicio del programa de mantenimiento del principio del placer, se soporta sobre la base de estas “potentes identificaciones” del yo. Léase religiones, movimientos sociales liderados o partidos políticos. ¿Quién no ha sido forofo o militante de alguna causa en su vida, o pertenecido a alguna organización voluntaria y apasionadamente? Craso error, la distancia no es sinónimo de ineficiencia, más bien al contrario. Pero la experiencia es la experiencia.
El sujeto, capturado en el espejo de Narciso, construye e instituye así lazos afectivos, ―unidos en la hermandad con o sin banderas― que sirven a la causa de esta necesaria cohesión social. Kant ya había planteado el problema en su Fundamentación de la metafísica de las costumbres: los animales tienen el instinto para seguir adelante con su programa de satisfacción de la necesidad, el hombre sólo está dotado de pensamiento, y eso hace más compleja su trayectoria. Pero cuando Kant plantea esto, mira al cielo buscando el sentido último de ese don celestial de la razón y, de camino, borra la peculiaridad deseante de cada sujeto. El sujeto, en su relación con los otros, viene en el idealismo transcendental incluido en el mismo paquete. Envasado en un lenguaje que lo sumerge en las aguas de un programa ético con la promesa de fines últimos. Ignora con ello la dimensión que aporta el lenguaje al cuerpo en su particular enganche. Y subido a ese tren de lenguaje ―que es el fantasma―, cada cual soporta una repetición de ser fantasmáticamente… Sea arropado en aquello que socialmente se sitúa como espejo de “padre/madre”, “profesor/a”, partidario, “skinhead”, “muyahidín” o forofo/a del MAGA (Make America Great Again).
Evidentemente no hablamos de lo mismo, no es lo mismo la imagen de un fanático o un trumpista, sostenido por una organización monolítica e incontestable, con vocación de odio y sin diferencia ni desvíos en su seno, que estar sujeto a la laxitud de una identificación circulante, cuestionable por el rodeo social y plural de una sociedad occidental. Los votantes de Trump son también occidentales, se puede objetar. Sí, pero las redes sociales y su autoexclusión de la diversidad, los hace mirar siempre al mismo pesebre, para desechar la alteridad como si estuvieran bajo una satrapía. Sin embargo, la palabra que circula puede mover esos espejos y sus reflejos. Admitir el flujo de la diversidad es un buen antídoto. Cuanto menos tenga que echar cuenta el sujeto a su identidad, mejor. Será señal de que existe menos constreñimiento. Naturalmente, siempre que haya normas para balizar la convivencia.

Darwin bajó la escala del cielo kantiano a la filogénesis de la especie, y puso otra vez al hombre genérico en la trayectoria animal. Pero tampoco fue muy lejos en lo que atañe a la alteridad y a la complejidad del lenguaje humano en su impacto con el cuerpo.
Freud sí ve en esa alteridad inserta en el lenguaje (castración) el intersticio que libera al lenguaje hacia cotas más altas (cultura) y la diferencia entre lo animal y lo humano. Una discontinuidad, un salto, que no puede explicarse con la descripción evolutiva darwiniana y mucho menos con la metafísica. Esto lo lleva más lejos del objeto inicial de su análisis: ¿por qué el hombre tuvo necesidad de crear la cultura como medio para mantener esa economía del principio del placer?, ¿por qué la búsqueda del placer y la evitación del dolor lleva al hombre a esa otra “evolución” descomunal que es la civilización? El tratamiento de esta cuestión lo conduce ―con paradas interesantes en el erotismo anal― al análisis de la formación del yo, y a la reconfiguración inicial de los instintos: Eros y Thanatos.
Freud se adhiere a la teoría evolutiva, pero la entiende como una conquista por parte de los instintos de nuevos modos para su satisfacción. Y en esa conquista, la evolución se enfrenta con una resistencia opuesta: la inercia al abandono de las viejas formas de descarga. Aquí Freud encuentra una dificultad, pues su mirada evolucionista y su meticulosa observación de su experiencia chocan al intentar explicar lo que sucede en su consulta mediante el modelo evolutivo. ¿Qué observa? ¿La necesidad sexual animal? No, observa que a la sexualidad no le corresponde el objeto como la comida al hambre. No se trata de necesidad, sino de juego pulsional. No hay objeto complementario en la sexualidad. Y a partir de los años veinte abordó esa complejidad de la satisfacción / insatisfacción con lo que denominó las transformaciones de la pulsión de muerte mediante la palabra.
La pulsión de muerte está en Freud ligada a la Wiederholungszwang, a la compulsión a la repetición, que se impone al sujeto muy a su pesar, pensemos en el síntoma obsesivo, en la histeria, o en los distintos tipos de adicción. Esta es la guía fundamental que encontró en 1920 para la práctica clínica: se debe localizar Thanatos en el discurso del paciente, pues esa pulsión se repite irremisible acompañada de displacer o de un goce que exige destrucción.
Y en oposición a la pulsión de muerte, se alzan las barreras que construye Eros ―más frágil y débil― para contenerla. Es mediante Eros que nos distanciamos de la repetición inercial de la muerte y ponemos la destrucción al servicio de Eros, para elevarnos a relaciones cada vez más complejas. Y son más complejas porque nos relacionamos con los otros mediante una organicidad y unas instituciones cada vez más sofisticadas. Y esta complejidad la creamos fundamentalmente a través del lenguaje.
Eros y Thanatos son para Freud una exigencia teórica necesaria para entender la economía y la dinámica del aparato psíquico. Eros contra Thanatos, Eros imbricado con Thanatos, Eros interponiendo defensas contra la eclosión de Thanatos. Parece un mito milenario. Pero si nos quedamos ahí, no entendemos a Freud.
Pues bien, la primera barrera que la cultura antepone a la pulsión de muerte es la prohibición del incesto. Una primera prohibición del goce que se repite. Una primera detracción de libido a la vida sexual por parte de la cultura. Una prohibición que separa evolutivamente la “horda primitiva” de la primera institución del “Derecho” y de la “Ley”: el totemismo. Freud creía esta versión de la antropología, la que entonces existía. Sin embargo, considera que el peso de la ley, en su forma más elaborada, sólo llega con el monoteísmo, con el judaísmo.
Las religiones monoteístas introdujeron, con el Uno ―absoluto e imaginario―, la dimensión del padre con todo su peso simbólico e imaginario. Simbólico por lo que tiene de deuda acumulada en un sólo significante: Dios. E imaginario, por lo que tiene de sometimiento…, por tender hacia una servidumbre involuntaria y pendiente de una ley exterior. Dependencia subjetiva que encuentra su soporte real en algunas instituciones ―en este caso religiosas― comandadas en nombre de un Uno. Son este tipo de instituciones y organizaciones religiosas o políticas, las que sin descanso sustentan el nombre del líder o de un dios. Sometimiento, por tanto, al Uno omnipotente e imaginario (idealizado).
Por contra, la obediencia “interna”, es servidumbre voluntaria, en la medida en que la ley se asume como propia. Freud la describe como un über, como Über Ich, algo que está sobre el yo, ―”superyó” se tradujo― y que sólo es posible con el desenlace del Edipo. Dicho de otra manera, hay algo, tras la expulsión del objeto edípico, que modula al yo e introduce la ley. A partir de ahí, el objeto se aleja del goce incestuoso. Freud lo escenifica en Tótem y tabú con el asesinato del padre de la horda primitiva. Esto es, con la identificación al “padre muerto”, a eso que hace ley y separa del objeto primigenio. Es condición indispensable para el encaje de la alteridad, que siempre anida en el otro.
Así, lanzado al espacio sideral, fuera del cobijo incestuoso primitivo e imaginario, fuera del empegostamiento familiero, el niño o la niña― tando da― tienen que buscarse la vida en otro lado. Por tanto, otro centro gravitatorio servirá de pivote al devenir de las criaturas. Y esta nueva identificación (simbólica) no sólo les marcará los límites a la satisfacción, sino que les permitirá derivar y aplazar dicha satisfacción hacia terrenos socialmente permitidos.
Pero si esta red de relaciones que es el Edipo no se disuelve y fracasa, se abre un resquicio y un falso desenlace, mediante el cual, la pulsión erótica, al no poder localizar en el exterior destino alguno para su satisfacción, retorna al yo, cargando al otro como simple espejo sin otorgar alteridad alguna. En el momento en que surja la alteridad, la diferencia surgirá el problema de lo no asimilable. Y la pulsión de muerte, aliada a Eros, conseguirá eyectar el objeto displacentero para alejarlo, suprimirlo o agredirlo. El yo sólo está entre los otros que son “los míos”, los iguales. Y aquello que me ha producido displacer, localizado en el otro,― que era mío― se convertirá, tras la insatisfacción, en objeto a batir. O bien, de manera más solipsista, ―si el otro es intocable por ideal― retornará contra el propio yo a la manera de irredenta culpabilidad y castigo inconsciente. Toda transgresión merece su castigo. La rivalidad peleona, la agresividad, en el seno familiar o en los círculos de cofrades hermanados políticamente, dan cuenta del destino de Thanatos en el primer caso, la neurosis obsesiva en el segundo. El sujeto no acaba de marcharse del objeto incestuoso, goza de lo prohibido, pero ve las orejas al lobo. Porque llo que se aperoxima como alteridad no es más que el propio goce reprimido y desviado hacia el exterior como figura degrada.
La ley aceptada por coerción, como ley externa, normalmente respetada sólo por existir posible amenaza, se muestra en esta etapa fálica ―dice Freud― bajo la forma de amenaza de castración. El lenguaje coloquial lo muestra de mil maneras: “niño ―o niña, da igual―, que no, que no lo hagas más. Que eso no se hace, que si no…, etc.” En fin, los avatares del respeto heterónomo son variopintos. Pero en todos ellos, el sujeto infantil se ve obligado a buscar modos de evitar ese agujeto, esa espada de Damocles que lo lanza fuera. El goce no consentido saca al sujeto del tiesto…, abre el vacío de la alteridad, de la castración, al pisar tierra prohibida. Este malencuentro con la falta es traumático, pues la castración la concibe Freud como este malencuentro en el terreno del goce, irrepresentable imaginariamente y por tanto traumático; “no hay palabras para decirlo… y por eso se actúa”. Porque el sujeto, abandonado a ese goce, queda desarmado, sin palabra sobre la que sujetarse en el discurso. Tras el impacto silencioso, es el momento del síntoma o de las ocurrencias fantasmáticas pintadas por Narciso, a veces agresivas y malévolas. De modo que hay diversas formas de quedarse prendido al goce del objeto primordial ―ese que persiste en las neurosis―, todas ellas concomitantes con esa relación de dependencia con el otro y tintadas de rivalidad.
Ahora bien, la inflación imaginaria que tensa esta relación tiene dos polos; el padre terrible y el padre ideal. Cielo e infierno, blanco y negro; dos caras de la misma moneda. El sujeto envuelto en esa vorágine dual, se ve obligado a observar vigilancia y evitar todo aquello que porta amenaza de castración. Igualmente se ve obligado a perseguir el ideal como fuente de satisfacción (narcisista). Por eso en la histeria, el deseo aparece como una obligación. Perseguir ser notable, famoso, objeto de deseo, falo bajo el ojo público que desea, mira y petrifica. O bien, perseguir a aquel que lo posee para mostrar que realmente no lo tiene.
Ahora bien, en una sociedad polarizada políticamente, estos elementos pulsionales se liberan del ámbito privado para engancharse a algún señuelo político que preste semblanza a la salvación y prometa remedio al desamparo, para vengar el daño que cada cual sufre al devenir servidumbre obligada y no sujeto de deseo.
Incertidumbre, precarización, marginalidad exclusión, pero también empuje hacia el goce sin freno ―el incestuoso― ambas posiciones prestan superficie a la emergencia del padre de la horada, un Trump o una Ayuso (en la “etapa fálica” no hay diferencia de sexo, hay objeto único: falo, trampa de Narciso), una carátula que preste amparo con la seguridad del único y algunas promesas milagrosas. “Padre de la horda” en Freud, “padre imaginario” en Lacan, no remite más que a la fascinación y a esta sumisión, que Freud denomina “autoridad exterior” (äussere Autorität). Se trata de un mandato que funciona sólo en tanto hay una “autoridad exterior”. Dicho de otro modo, palo y zanahoria, o si se quiere amenaza de castración y semblante ideal.
Esta autoridad externa se presenta como “presencia” que intimida/promete y nos recuerda que si no cumplimos el deseo del Otro ―inscrito en el cuerpo del propio sujeto como goce― vendrá la castración, “la retirada del amor”.

Ese Otro irreductible al principio de placer, externo al espejo narcisista; eso que podemos denominar alteridad, malcuajada en el Uno imaginario. En la dialéctica narcisista no se encaja más que como síntoma o acto. El semblante hortera de Trump no deja de hacer guiños a ese Uno. Pero aquí el acto está localizado por el dedo acusador y no responde a un proceso espontáneo en las relaciones humanas, sino a un constructo organizado por la fake-newsfera comunicativa. Temor, sumisión e identificación a los emblemas del padre imaginario van unidos, por más que el padre ofrezca un semblante imposible y ridículo. Hay quienes remedan ese Otro para hacerlo creíble y fortalecer el lazo que permite la “acción”. Y con desvergüenza, y el más refinado cinismo, cubren de gloria su ridícula promesa y su siniestra presencia acusadora. Lo malo es que Trump no inspira sólo autoafirmación neurótica y fascinación a sus seguidores, sino miedo real a todos porque ha accedido a un poder descomunal y real.
Al afecto que produce el temor a dicho elemento externo, que nos obliga cuando somos niños ―y a los adultos encadenados al yugo del padre de la horda cuando se hace presente el padre terrible―, lo llama Freud “soziale Angst”. De manera que hay presencia amenazante, y por eso hay ajuste al mandato. ¿Siempre? Afortunadamente no. Pero hay que tener cuidado con la atmósfera que se crea, pues si cunde la idea de la omnipotencia del padre terrible, los cofrades se sentirán omnipotentes también y cambiarán su miedo por odio. Así, la cabeza de turco estará servida. Y con esta velocidad del acontecer, todos podemos perderla como Holofernes en un momento determinado, es decir, cuando el capricho del padre de esta horda de sumisos envalentonados nos apunte con el dedo.
Este análisis de la dependencia del Lust Ich, del yo primitivo del placer que sólo reconoce la amenaza exterior y por eso se somete, lleva a Freud al análisis de esa compacticidad imaginaria de las formaciones de masas. Si no hay ley interiorizada, si no hay Super-Yo (en el sentido de la muerte del padre) o deseo en nombre propio, hay autoridad externa y sometimiento ante la amenaza de castración, que en la fase fálica aparece como miedo a la “pérdida de amor”.
La pérdida de amor en los hermanitos/as de la horda primitiva es la pérdida del lazo que mantiene la ficción en pie. Ficción o mundo vivido en nombre del otro, es una composición ajena, apropiada por identificación y, por tanto, siempre al borde del desamparo (Hilflosigkeit). Aquí, la identificación imaginaria al semejante, en el supuesto amor, en la supuesta amistad, camaradería, etc., permite al sujeto, coagulado como cofrade, no sólo sostenerse como ser deseante en el juego de miradas, sino apropiarse de los emblemas del ideal (soy como él, o como ella porque tengo lo que el otro, el rival, no tiene: falo) y ofrecer a la pulsión de muerte una localización “afuera”, en el exterior, en donde se ha arrojado lo displacentero. Fenomenológicamente se ve en ciertos usos y costumbres como las celebraciones multitudinarias de hermanamiento cofrade, o en las pequeñas agregaciones que unen sus mimbres para hacer frente al escaso compromiso de ir a hablar con el profesor, o aproximarse al jefe, o al presidente del partido. En fin, muchas y variadas son las formas en la reflexión de imágenes en espejo, urdidas para evitar el peligro de la castración, es decir, se intenta evitar de diversos modos la emergencia de la falta, del vacío y la inermidad sobre la que se eleva nuestra estatura..
Pues bien, para los encadenados/as a ese goce del que no se pueden o quieren despegar, pero que les hace sufrir, hay una vía de escape. La pulsión de muerte puede dirigirse al exterior. Sólo que a costa de encontrar una causa de todo mal. Esa causa, que señala el dedo del dictador, puede fabricarse a gusto del cliente, de modo que la experticia partidaria puede generar un odio pret à porter localizando en el discurso una víctima propicia. Los gentiles lo hicieron artesanalmente y eligieron a la comunidad cristiana a partir de San Pablo, los burgueses sirvieron de diana a los comunistas, los judíos a los nazis, los comunistas sirvieron de causa-excusa a las dictaduras europeas y latinoamericanas, y los emigrantes sirven al actual ultranacionalismo. La neurosis está muy bien repartida, tanto como el padre de la horda primitiva; un Trump, o una Ayuso salvando las distancias, semblantes que parecen hablar en nombre propio ―por más que sus asesores les soplen a la oreja―, aguantan el p/falo tieso del ideal y de la porra. No es el semblante de un mandado, no es la orden de un funcionario, ni la sugerencia de un colaborador, es el mandato de un único. De modo que ese Uno (no es masculino ni femenino, es falo) puede ejercer de padre de la horda, prometedor y terrible. Y erigiéndose Uno sirve de atracción fatal para quienes espejean y giran en torno al falo, al objeto de deseo del Otro sin alcanzar satisfacción más allá de su espejo.. ¿Qué niño más mono!, ¡Qué niña más lista! ¡Qué tío con más coj..! Y toda la serie de lindezas que rodean y fijan ese objeto, en el que se convierte el/la paria de turno.
Él también fue, y sigue siéndolo. Flequillo al viento y decidido, hace frente a la historia, pavoneándose en relato breve, muy breve, tipo “Elon X”. También quiere mirar al infinito como los profetas, pero le sale la mirada de tendero desconfiado. Y arrastra con su bravura de niño consentido a su “pueblo”, que no sabemos si es el de Palo Alto o el de Silicon Valley. Y de ese “pueblo” se encarga la ingeniería social, para emborronarlo con argucias y atiborrarlo de mentiras. Argucias salidas de los Think Thank de los republicanos más soeces, aquellos más cínicos que saben cómo hacer comulgar con ruedas de molino a ese “pueblo”, bombardeado con miedos, promesas y sentimientos oceánicos ante la bandera. Gente con pánico a perder lo poco que le queda del andamiaje para la vida. Perder la ficción que los sujeta como objetos deseados. Ahí estamos en lo que Freud llamaba la fase fálica, común a ambos sexos. Esos gallitos, que asoman la cabeza y alardean cuando hay multitud, abrigados por la impunidad, sean gallos o gallinas, en solitario son seres atemorizados que no quieren correr el riesgo de vivir, y se cuidan muy mucho para no meter la pata y salir despedidos. Por eso debemos cuidar de que no haya demasiado ruido en el gallinero. Esa multitud ―que no hay tantos― irrumpe continuamente en la voz pública y hace mucho ruido cuando asoman la cabeza, pero de uno en uno, la bajan y sienten miedo. Sin embargo, las redes sociales y determinados medios pueden hacer creer que sí, que son mayoría. Por eso se crecen.
Aunque no hay que simplificar, si crece la ultraderecha es también porque hay quien paga sus infraestructuras y la dotan de medios para hacer ruido y extender sus mensajes de odio y miedo. Un miedo que se traduce a la postre en miedo a la pérdida del lazo que soporta la ficción los hace vivir. Miedo que socialmente aparece cada vez más como amenaza de exclusión. Y mostrando la otra cara, se permiten la licencia de mentir y extender la idea de que el resto estamos equivocados. Que hay masa crítica y que aquí, a Europa, también llegará la fuerza que anima a ese “pueblo”, que enarbola banderas, que asalta instituciones, al mando del padre de la horda, con su pluma gigante y sus ademanes de representante de un concesionario de automóviles. Un padre de la horda freaky, con flequillo rubio y dueño del país más potente de la Tierra.
En fin, a Freud le tocó vivir una realidad más formal y a nosotros ésta. Y él supo hacer un análisis lúcido de cómo solucionan el malestar los sujetos en este tipo de agrupaciones, cohesionadas por identificaciones especulares. ¿Y cómo lo hacen? Fácil: simplemente tienen que situar la pulsión de muerte fuera del campo propio, en esa extimidad tan cercana inconscientemente, pero tan ajena a la conciencia: moro, extranjeto, socialcomunista, palestino…¿europeo? Esos que, desde la alteridad, se tornan malévolos y propensos a robar el trabajo, violar, y toda la serie de males imaginables. El peligro se ha desplazado y hay que combatirlo. «Los vamos a cazar» fue una amenaza lanzada por Kristi Noem, secretaria de Seguridad Nacional del gobierno de Donald Trump. Le faltó decir, “en caso contrario, perderemos el objeto imaginario más valioso que tenemos, el falo”.
De estas naderías están hechas las guerras. Así, de este modo, las identificaciones imaginarias (no hay más que ver los atuendos de quienes asaltaron el congreso de los EEUU) abren cauces (de lenguaje) a una economía libidinal sostenida por el narcisismo y la eyección del displacer. Los otros, los enemigos de la patria, me roban, me violan; son escoria, mierda, excremento, basura a arrojar fuera, lejos de mi vista. Aunque siempre se esté vigilando para ver esa basura y saciar en ella la pulsión mortífera.
Se construyen así barreras, instituciones, ejércitos, atesorando la satisfacción erótico-narcisista en el campo de “los nuestros”, mientras se eyecta la agresividad ―un modo de cumplimiento de la pulsión de muerte― contra “los otros”. Y si llega el caso en que, por efecto de alguna rivalidad u odio, ocurra algo reprochable para los propios, siempre podrá deslizarse la pulsión hacia el amigo (tampoco este lazo aquí es real), hasta convertirlo en un otro tachado de traidor, secesionista, o peor aún, de infiltrado. En definitiva, al igual que en el transitivismo infantil ―y no por casualidad―, el otro se convierte en culpable y merecedor del castigo. Nunca hay responsabilidad propia a este lado del muro. Como ven, Freud está muy lejos de ser algo superado y una bagatela de místicos e iniciados fantasiosos. Otra cosa es que lo hayan borrado del mapa académico localizable, y ande de tertulia en tertulia o paseándose por los museos de lo proscrito. De nuevo el mal localizado, esta vez por la “Academia”.
