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Foucault, el “cuidado de sí” y la RED

Sergio Hinojosa·
Foucault, el “cuidado de sí” y la RED

Cuando Michel Foucault comienza en los 70 el análisis del sistema penitenciario, desde la perspectiva del “cuidado de sí”, y de la correlativa manipulación de ese autocontrol del sujeto, cambia el enfoque que había adoptado en la Historia de la locura. Y en ese giro alude críticamente a Althusser; en lugar de centrarse en la producción de la ideología, propone hacerlo en las “prácticas”, de modo que queden patente los rasgos y el sesgo de la operatividad del poder. Y si anteriormente había usado una mirada jurídica y negativa -consideración de los elementos que prohíben o sancionan-, ahora propone una mirada técnica para el análisis del poder, ligando las macro con las microestructuras, es decir especificando el micropoder y fijando su observación en los aspectos constructivos que soportan las “prácticas” que se refieren al “cuidado de sí”.

Cuando Michel Foucault comienza en los 70 el análisis del sistema penitenciario, desde la perspectiva del “cuidado de sí”, y de la correlativa manipulación de ese autocontrol del sujeto, cambia el enfoque que había adoptado en la Historia de la locura. Y en ese giro alude críticamente a Althusser; en lugar de centrarse en la producción de la ideología, propone hacerlo en las “prácticas”, de modo que queden patentes los rasgos y el sesgo de la operatividad del poder. Y si anteriormente había usado una mirada jurídica y negativa -consideración de los elementos que prohíben o sancionan-, ahora propone una mirada técnica para el análisis del poder, ligando las macro con las microestructuras, es decir especificando el micropoder y fijando su observación en los aspectos constructivos que soportan las “prácticas” que se refieren al “cuidado de sí”.

Que cada cuál sepa qué hacer en cada momento adquiere, así, una dimensión “técnica” del poder que cala en los individuos y rentabiliza las opciones del sistema para el mantenimiento del régimen de dominación. Esta mirada constructiva supone una nueva vuelta de tuerca a la relación del sujeto con la verdad.

El importante artículo publicado con el título Tecnologías del yo pertenece a esta última línea de investigación. Forma parte de las conferencias que en 1983 dio en Massachussets y que se imprimieron con el título genérico: The technologies of the self. A seminar with Michel Foucault.

¿Cómo compaginar “enfoque tecnológico” con el derivado de las “prácticas de sí” ligadas a una institución o una disciplina?

La clave está en la relación entre subjetividad y verdad, que es el hilo conductor en toda la filosofía de Foucault. ¿Cómo entra el sujeto en los “juegos de verdad”, es decir, en el conjunto de normas que permiten producir verdad?

Esta es una pregunta clave tanto si se trata de juegos de verdad teóricos y científicos como los relativos al control; pueden provenir de la ciencia y sus dispositivos o de aquellos juegos de verdad relacionados con las instituciones y dispositivos de control; psiquiatría, sistema penitenciario, etc. El análisis foucaultiano pasa por ese encaje de la subjetividad en los juegos de verdad instituidos y dispuestos para atrapar la subjetividad.

La relación entre subjetividad y verdad puede estar encapsulada en un saber que se impone al sujeto como una “práctica de sí”, tan importante desde la antigua Grecia y Roma. Ese “saber de sí”, con sus “prácticas de sí», será colonizado por las instituciones religiosas en la baja Edad Media, y posteriormente, en la sociedad capitalista por las pedagógicas y las científicas (médico-psiquiátricas).

Naturalmente, el enfoque de estas “prácticas de sí” se analiza en Foucault desde las relaciones de poder. Y la relación de poder, la más cercana y la más ciega, se juega en el campo de la sexualidad. ¿Tiene sentido entonces plantearse (recordemos que está en los años 80) “liberar nuestra sexualidad”? El propio Foucault contesta que no se trata de “ser dejados en libertad”, sino de “decidir cuáles son las prácticas de libertad a través de las cuales se determina qué es el placer sexual, qué es nuestra erótica, nuestro amor, nuestras relaciones pasionales con los demás”[1].

Para matizar lo aceptable de lo rechazable en las relaciones de poder, introduce una diferencia entre “relaciones de dominación”, de carácter unidireccional, y aquellas otras que son reversibles y pueden jugarse en el ámbito de la libertad. En las primeras, el sujeto sometido tiene poco margen de maniobra para elegir. Además es importante subrayar que toda dominación implica ciertas estructuras de verdad e instituciones encargadas de preservar e imponer la verdad. Esta relación de dominación hay que diferenciarla de las meras relaciones de poder existentes en el sustrato de cualquier relación humana.


[1] Entrevista a M. Foucault, 20 enero 1984. Dirigida por Raúl Fornet-Betancourt, Helmut Becker y Alfredo Gómez-Müller. Rev. Concordia: Internationale Zeitschrift für Philosophie. Nº6.

Entonces ¿cómo enfocar el “cuidado de sí” liberador mediante las prácticas libres?, ¿cómo dotarse de “reglas para producir verdad” que permitan el libre juego de las relaciones de poder? ¿Cómo crear las condiciones para un libre juego con el semejante, responsable y dinámico, de modo que unas veces sea uno quien ejerce influencia y otras, otro y, en cualquier momento, cambien las tornas en juego libre y sin efectos permanentes como en la dominación? Foucault afirma que “la liberación da acceso a nuevas relaciones de poder” y que éstas, “han de ser controladas por las prácticas de la libertad”.

Para Foucault, ese control de las prácticas de la libertad es un control de la sustancia y amplitud de “práctica de sí”. Naturalmente toda práctica se basa en un saber, que oscila en torno a una verdad. Y, al igual que sucedía en la antigüedad, el objetivo de esa “práctica de sí”, de esa ascética, sigue siendo conseguir un cierto “modo de ser”, en este caso, más libre. Ahora bien, esto supone una salida ¿ascética o política?

Foucault afirma la tesis clásica de que la libertad es condición ontológica de la ética. Considerando la ética como forma deliberada asumida por la libertad” O dicho de otro modo, supone que el campo político de las prácticas de libertad, el perímetro de libertad política, es condición de lo que nos planteamos como deber, en un horizonte libremente asumido. De modo que no existiría una ética subyacente sino la derivada del marco de prácticas libres, en continua transformación, creación y cambio. Por tanto, ¡fuera sustancialidad de la ética!

Sin embargo, las prácticas que amplían ese marco de libertad no se afirman sin una resistencia. Y frente a esa resistencia es necesaria una política. Es aquí dónde Foucault se separa de la salida individualista del ascesis, para entrar en lo comunitario.

El problema es que la organicidad necesaria para afrontar tal resistencia (partidos, organizaciones sociales, etc.), fácilmente se convierte en una organización de dominio; por ejemplo, en un partido que exige adhesión y no sólo conjunción de sujetos con prácticas libres. Esta es la paradoja.

Hoy, sumidos en una globalización cada vez más interdependiente, pero a la vez, más atravesada por los flujos de interés privado, y nosotros, un tanto alejados de las antiguas críticas al Estado represor, quizá sea más apropiado plantearse cómo mantener con vida instituciones que ayudan a proteger y ejercer derechos, y permiten prácticas libres como la libertad de expresión, etc.

El juego político de partidos y la lucha por defender los derechos conquistados es básica. Sin embargo, la globalización exige más. Las supuestas prácticas de libertad deben asentarse en instituciones permeables a la libertad, pero también en un marco normativo que regule esas prácticas e impida cualquier tipo de dominación. El sueño kantiano de dotarse de las propias normas racionalmente, o en diálogo y en relación con los otros como lo reformula Habermas, encuentra el obstáculo que ya señalaba Foucault “cierta resistencia”, una resistencia que no proviene del argumento racional, sino del interés. Y éste, a su vez, se teje en centros de poder cada vez más concentrados y eficientes. Centros que determinan, de manera dinámica y lábil, el desarrollo de las sociedades y también su disolución o destrucción. Por tanto, no se trata sólo de ascetismo, de contrarrestar la configuración del micropoder, y de las prácticas libres del tête à tête, sino de algo más difícil: de crear, o al menos de preservar, instituciones y organizaciones democráticas con capacidad transformadora.

Actualmente, los medios técnicos hacen posible esa apuesta, pero las relaciones que imponen dichos centros de poder y las fuerzas económicas que se oponen, al controlar por la raíz esos mismos medios técnicos, la hacen casi imposible. Y esto, sobre todo y de manera importantísima, en un campo dejado totalmente en barbecho: la RED. El diseño en la RED no permite una circulación que no pase por los filtros del poder, que aquí es competencia pura. Y aunque se dice que en la red no hay focos, sino poder líquido y lábil, el control existe tanto a nivel del cable, como del código como del contenido.

La RED se privatiza de manera acelerada y las consecuencias son cada vez más inciertas. En 2016 venció el contrato entre el Departamento de Comercio de Estados Unidos y la ICANN (Corporación de Internet para la Asignación de Nombres y Números). La misión de preservar la seguridad y la estabilidad del Sistema de Nombres de Dominio y Asignación de Direcciones de Internet, que eran las funciones de la IANA (Autoridad de Números Asignados en Internet) y que se ejercía por la NTIA (Administración Nacional de Telecomunicaciones e Información de los EE.UU.) quedó fuera del Estado. Y el vencimiento del contrato el 6 de enero de 2017 puso fin a la autoridad del Gobierno de Estados Unidos para aprobar cambios en el archivo de la zona raíz del DNS. Para poner sólo un ejemplo, los dominios; .com, .net .org, o los ccTLD, es decir, el de los distintos países como el de España: .es. Bien, pues, estos dominios pueden ser suspendidos en determinadas condiciones, lo que implica un apagón digital (Somalia ya lo sufrió). Otras direcciones se sostienen en acuerdos y se consideran de “protección especial”, como los de organizaciones sensibles: .army, .navy, .airforce, etc. De momento las condiciones para la suspensión son razonables: “sobrecarga excesiva en los servidores, uso de servidores o nombre de dominio como fuente, intermediario, respuesta al remitente o dirección de destino para bombas por correo, saturación de paquetes de Internet, corrupción de paquetes u otras actividades abusivas como el hacking del servidor o cualquier otra violación de seguridad”[1].

Sin embargo, la privatización y el desarrollo de la IA no siempre garantizará un discurrir razonable para todas las partes. Y en el futuro, el nivel del código puede ser clave, más si consideramos los efectos de la inteligencia artificial (IA). La IA supone no sólo el manejo de la ingente información de la red como input, para resolver un problema o activar determinada máquina. Supone igualmente la capacidad de recrear el código, esto es, crear algoritmos propios sin el control humano, sin que nadie sepa a ciencia cierta qué tipo de cambio va a generar. Si se produce un nuevo algoritmo maquinal también se producirá una reescritura del código y se almacenará en la memoria. La propia máquina podrá practicar soluciones consigo misma, de modo que potenciará aún más su capacidad de “resolución” automática en función de su propia experiencia (y sin intervención humana).

En cuanto al cable, la carrera por el dominio espacial está en plena competición. Para evitar los problemas de la implantación del cable por tierra (sabotajes, costes, etc.) es clave la transmisión segura y estable vía aérea. El conseguir una cobertura fiable, con suficiente ancho de banda, velocidad y fiabilidad (no decaiga) para los nuevos G5 y G6, es decir, para la transmisión de información para los IoT (la comunicación entre dispositivos y máquinas), no tardará en llegar. La competencia en esto es brutal, pues hay muchos intereses en juego. Algunos estiman el crecimiento de conexión vía satélite global (conectividad NB-IoT) en un 12% anual.[2] Cuando esto sea realmente global, las grandes empresas de telecomunicaciones tendrán que reconvertir (o habrán reconvertido ya) sus infraestructuras y cambiará la gravitación de sus centros de influencia. Un ejemplo de esa penetración empresarial en España, a este nivel, es la oferta presentada por Global Omnium, Huawei y Vodafone en el Mobile World Congress: la aplicación de la tecnología Narrowband Internet of Things (NB-IoT) para gestionar la conectividad de los contadores de agua. Es sólo un minúsculo ejemplo y  va en la línea del desarrollo de los servicios inteligentes, al igual que el control medioambiental, la gobernanza, la energía, etc, hasta implementar territorios “zonas inteligentes”, “ciudades inteligentes», etc.

La digitalización la promueven las grandes firmas y los consorcios empresariales, los Estados son meros usuarios o consumidores. En nuestro país, por ejemplo, ofrecen cobertura al internet de las cosas IoTs las compañías Eurona, Viasat y Embou, pero aún distan mucho de conseguir la transmisión espacial sin cable.

En cuanto a los contenidos, hay que tener en cuenta ante todo la estandarización del lenguaje experto en los grandes productores de contenidos (tanto de imágenes como textuales) dirigidos a la determinación del “cuidado de sí”, es decir, aquellos que inciden en la formación y educación estandarizada. La influencia de las agencias de estandarización y evaluación es clave en la determinación de este lenguaje. Son dichas agencias las que sancionan los modelos conceptuales. Naturalmente, también los dirigidos al “cuidado de sí” -en sentido amplio- (ética deontológica y corporativa como “buenas prácticas”, salud, educación, etc.)[3]. El diseño de plataformas de interacción y redes sociales coadyuva a borrar la deuda simbólica -lo que cada uno debe a la sociedad- y a generar un “cuidado de sí” que toma prestadas las verdades y soluciones expertas, y se despega cada vez más de lo político (en el sentido más noble del término). La Comisión Europea ha seleccionado la IA y el IoT[4] como áreas estratégicas en las que deben desarrollarse estándares que sirvan de apoyo técnico para el despliegue de sus políticas y para el funcionamiento efectivo del mercado único. Se consideran las normas de estandarización (ISO) como “aliados estratégicos de las Administraciones en el despliegue eficaz de las políticas públicas”. Es cierto que “las personas o empresas no pueden unirse a ISO” Y que la membresía en dicha agencia sólo está abierta “a institutos nacionales de normalización u organizaciones similares que representen la normalización en su país (un miembro en cada país)” y que “las empresas que aplican o certifican las normas ISO no son miembros de ISO”, pero existe un canal común que es el lenguaje y la capacidad técnica de codificación que se impone subrepticiamente desde las grandes corporaciones a los otras partes (stakeholders) participantes. El ámbito ético (cuidado de sí) no escapa a esta estandarización.


En efecto, desde el punto de vista de este análisis, se puede afirmar que la NORMA ISO también se propone regular éticamente estos potentes medios. Podríamos decir que se ocupa del “cuidado de sí” no sólo en la estandarización de las éticas corporativas y deontológicas, sino en en tanto pretende delimitar éticamente el uso de la IA[1] y de la comunicación entre las máquinas (IoTs) por la incidencia positiva/ negativa que pueda suponer sobre las personas y la propiedad.

El enfoque y los criterios éticos así aplicados provienen de la parte (stakeholder) “Academia”, es decir, de la producción del conocimiento en las universidades y centros de investigación, que se relacionan con esto que Foucault denominó “cuidado de sí” y que hoy parece externalizado. ¿Pero qué base teórica posee esta progresiva estandarización del ámbito ético y el reduccionismo psicológico? ¿En qué lenguaje se formula?

Básicamente el enfoque teórico y la terminología se toman de lo que las ciencias cognitivas y las ciencias neurológicas aportan, en detrimento de otras orientaciones menos afortunadas y menos en sintonía con el mercado. La característica básica de estos discursos es su supuesta cientificidad, es decir, el blindaje a toda crítica y la exclusión valorativa en la producción teórica de otros modelos explicativos. Tesinas, tesis, proyectos, investigaciones no pasan el filtro sino es bajo este modelo cognitivo. Todo lo que antes caía del lado de las ciencias humanas y sociales, ahora ha de ser “científico”. Los asuntos netamente humanos han pasado de la reflexión y el diálogo a la constatación estadística y la evidencia científica. Lo humano se afirma sin sombras de duda desde la experticia que ha sustituido a la reflexión en las distintas disciplinas.  Se construyen así las bases de una ciencia del cuidado de sí sin posibilidad de apelación.. Al resto de modelos explicativos se les arroja a la papelera o se les niega la financiación por a-científicos.

Aún así, la expansión de este lenguaje experto, que explica “científicamente” lo humano, queda sometido a ciertas exigencias y a cierto enfoque. ¿Qué instrumento descomunal puede doblegar a este lenguaje científico, a esta ciencia de las ciencias? ¿Qué fuerza puede subyugar tan colosal tarea?

Pues un instrumento realmente poderoso surgido para evaluar procesos industriales, transferido luego al sector servicios, y hoy con vigencia cada vez más generalizada. Me refiero a la NORMA ISO. A la estandarización de procesos, enfoques, lenguaje y prácticas que, a finales del siglo pasado, se aplicó a los servicios (educación, sanidad, etc.) con criterios procedentes del mundo empresarial. Así vinieron al mundo expresiones como “enfoque al cliente”, “liderazgo”, “compromiso de las personas” (modelo empresarial, no político), “enfoque a procesos”, “mejora continua”, “toma de decisiones basadas en la evidencia” y “gestión de las relaciones”, “gestión de sentimientos”, etc. tal como se fija en (ISO 9001, 2015a) apuntando sobre todo al mercado.

En España el subcomité de la ISO dedicado a la ética (entre otros aspectos) se ha integrado, a través de la UNE (Asociación Española de Normalización). ¿Han oído hablar alguna vez de esto? ¿Hay algún debate político al respecto? ¿Hay alguien que sepa quiénes son sus representantes en la codificación de valores éticos derivados de la estandarización empresarial extendida hoy también a los servicios (educación salud, etc.)? ¿Los hay? Sí. ¿Se conocen? Normalmente no, pero sí a quienes se encargan de la evaluación en el centro, la empresa o el instituto, etc. Lógicamente la trascendencia depende del volumen de la organización y de la capacidad de proponer “mejoras” que provoquen cambios reales en la norma. Los estados a ese nivel aún tienen mucho que decir.

Bien es verdad que los estándares éticos suelen ser voluntarios, y que la NORMA a este nivel (el de la norma ética) aún no obliga, pero la lógica del mercado hace que los certificados de excelencia sean un aliciente también en este ámbito (ética corporativa[2], medioambiental, etc.)

Por otra parte, como los creadores de tecnologías de IA no tienen que respetar necesariamente la norma, el desarrollo de estos instrumentos potentes de implementación -en este caso en el ámbito que nos ocupa, el del “cuidado de sí” (moral y ética prêt à porter)- pueden tener consecuencias devastadoras.

Entonces, ¿qué hacer para participar en la elaboración de los criterios éticos personales, profesionales, políticos, públicos que han de ceñir la RED? ¿Cómo enfrentar, en el peor de los casos, que se rompan las normas con relación a tecnologías tan potentes? ¿Cómo enfrentar este desafío?

No hay mucho que decir salvo algo muy importante: poner sobre el tablero político (en el sentido más noble) el debate (en el sentido más noble también) sobre la NORMA que regula subrepticiamente nuestras instituciones y modula los perfiles y prácticas que alimentan el “cuidado de sí” y sus saberes.

Cultura política y avances tecnológicos deben aquilatarse en este frente. Hay una responsabilidad teórica y política a cubrir, sobre todo a raíz del Big-Data (tanto el Open-Data como el Close-Data) y el desarrollo de la IA.

Esta revolución tecnológica está afectando a su propia génesis (pronto no será humana) y a su reproducción, y a su difusión. Los efectos de esta tecnología se añaden a la transformación del legado y de la cultura en curso, que ya asoma a nivel jurídico, político, y también en la vida de las personas. La experticia que alimenta el “cuidado de sí” está ya externalizada en la educación, en formación profesional y genera normas éticas en los territorios productivos, profesionales, de consumo (éticas corporativas, deontológicas, normas en salud, en salud mental, etc.). Se pierde la perspectiva democrática e histórico-cultural en las disciplinas y en la formación, se vanalizan los valores democráticos, se excluye la dimensión crítica de la cultura en aras de la cientifización de las disciplinas, y crece la competencia normativa de la experticia, que igualmente, irá multiplicando sus efectos en la RED y fuera de ella. 

Dudo, sin embargo, que el simple avance tecnológico y la implementación de estas normas sobre “el cuidado de sí” -tal como lo sugiere cierto optimismo político- suponga un salto cualitativo en la “mejora” de las relaciones sociales, en calidad de las “buenas prácticas”, en la “formación continua” del espíritu humano o en el diálogo interdisciplinar y sociopolítico en sentido constructivo. El vaciado de diálogo, de reflexión y de crítica interna en las instituciones y la externalización de la responsabilidad ético-política, cedida a la experticia, no ayudan a ello. No hay más que observar los estándares de valores y opiniones en los ranking de circulación en red.

Las quejas más frecuentes en la RED -de los usuarios de a pie-  son relativas a  la subida de imágenes o videos sin consentimiento, a los insultos e incitaciones al odio, a los atentados contra la propiedad intelectual, a la generación de propaganda abusiva, etc.[3] Por tanto la inmensa tarea de “democratización de la RED”, de nuestra ya realidad primera, supone un esfuerzo titánico que encuentra resistencias enormes sobre un fondo de opacidad a nivel de código, de cable y de contenidos agenciarios. De modo que transitamos desde la acumulación tradicional de poder a la estandarización conceptual del lenguaje del micro poder y al control tecnológico de un dominio cada vez más opaco y global.             La ausencia de una “política de la izquierda” (por llamar de algún modo al desarrollo de políticas sociales efectivas, a la justa redistribución del beneficio y a la apuesta por los derechos humanos) frente al lenguaje experto, a los nuevos modos de instalación del “cuidado de sí”, y frente a estos tres niveles de la RED, deja en evidencia el abandono y la orfandad política a la que estamos expuestos en este horizonte donde la RED es dimensión esencial -para bien y para mal- en nuestras vidas y en la formación de la conciencia individual y colectiva.