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Piezas y Procesos

La muerte blanca

Rafael Juárez·
La muerte blanca

La muerte del artista granadino Claudio Sánchez Muros (1936-2010) puso en marcha en el poeta Rafael Juárez (Estepa, 1956) un proceso que acabó cristalizando en el poema “La muerte blanca”.
Rafael Juárez* ha descrito para olvidos.es ese proceso, suministrando unas claves que el lector puede completar por su cuenta: es un itinerario que, desde Quevedo, lleva a unos versos estremecedores.

*Rafael Juárez falleció el 20 de septiembre de 2019

En agosto de 2010, durante las vacaciones, estaba releyendo a Quevedo, en una antología anotada de José Manuel Blecua; en julio había muerto Claudio Sánchez-Muros.

El 13 de agosto murió mi madre. Del famoso soneto de Quevedo que comienza “Cerrar podrá mi ojos la postrera / sombra que me borrare el blanco día”, fue tomando relevancia en mi memoria esa extraña expresión que llama a la vida blanco día; en Estepa, sobre todo en agosto, todo es blanco (también el cementerio). Las palabras se unieron de otra forma: el blanco día pasó a ser la muerte blanca.

Unos meses después me pidieron un poema para un homenaje a Claudio Sánchez-Muros. No sabía cómo escribirlo; forzaba mi memoria a recordar a Claudio mediante ráfagas que anoté con la fórmula “Me acuerdo que”; me acordé de que casi siempre iba solo; me acordé de que le gustaba ir al cine; también de que le gustaban las cañas de cabello de ángel del horno de San José en el Carril del Picón, por ejemplo.

A mitad de febrero de 2010, entre semana y solo, al salir del trabajo, intempestivamente me fui al cine, a una recién estrenada comedia española, que resultó floja. Era un día luminoso. En la sala hacía frío. Más de una pareja o grupo se fue saliendo durante la proyección. Y aparecieron los primeros versos de un poema todavía sin título: “Como en el cine se levanta sombras / antes de que termine la película”…

Recordé que en el cine de Estepa cuando alguien salía con la sala a oscuras se veía el corredor que llevaba a los retretes y a la barra del bar; recordé inmediatamente la leyenda de que quienes han regresado de un estado muy próximo a la muerte definitiva dicen venir de un corredor con una fuerte luz al fondo; recordé inmediatamente otro corredor luminoso, el que forman las glicinias en el cementerio de San José, en Granada: si el poema estaba dirigido a Claudio, tan granadino, el poema tenía que contener alguna luz de Granada: “y al mover las cortinas entrevemos / el largo corredor de las glicinias”…

A estas alturas, puedo hacer una lista de personas cercanas que han muerto con la que se llenaría una sala de cine grande. ¿Qué hago yo sentado en la oscuridad, recordándolos, pero aguantando la película simplemente por mi ansia de ver cualquier película? No lo sé, pero, claro, lo que nos quedamos estamos cada vez más solos y la oscuridad de la sala es la misma o mayor: “y tocamos a más oscuridad / los que estamos quedándonos de islas”… Ya en mi casa, anoté los versos y recordé: “la muerte blanca”; me sonaba esa expresión, así que entré en google y la busqué. Muerte blanca se llama a la de los alpinistas que se pierden en la nevada y se duermen para siempre convertidos en hielo; me sonaría de algún noticiero. Pero había otros resultados en la pantalla, en los que se contaba la historia de un granjero finés, Simo Hayha. Si la escribo, la empobrezco, léela: resultó ser la película que estamos viendo mientras no nos elija como blanco, allí en las sombras, sin saber de cada uno de nosotros más que no debemos pisar vivos su patria.

Claudio Sánchez Muros, in memoriam
Como en el cine, se levantan sombras
antes de que termine la película
y al mover las cortinas entrevemos
el largo corredor de la glicinias
y tocamos a más oscuridad
los que estamos quedándonos de islas
y en la pantalla el francotirador
vuelve a limpiarle el hielo a la mirilla.