Olvidos de Granada n.º 9

Motivos del ron

Antonio Jiménez Millán·
Motivos del ron

Para nosotros, que no nos hemos ido a Santiago, sigue teniendo algo de leyenda; acaso busquemos en él una compensación de lejanos mitos cifrados en la aventura y el abordaje. Sus antiguos adictos guardamos cierta fidelidad: uno termina por volver a él, dejándose seducir por sus trampas más suaves, cuando ya la ginebra, con ese sabor extraño que evoca destilerías frecuentadas por mercaderes rastreros y colonizadores venidos desde el norte, nos había acostumbrado a frenar los abusos. Es el suyo un ritmo ondulante, parecido al de las noches en que comienza a sentirse el verano y el mar apenas se mueve; nos descubre otros reflejos, afirma que la austeridad no fue hecha para quienes se atrevieron una vez a escuchar su llamada, como el viejo poeta que, en la distancia de los mástiles y las arboladuras, forjaba sus imágenes de la evasión: no lo retendría ni la mujer ni los inciertos jardines en el espejo de la mirada, ni siquiera el desafío angustioso de la página en blanco. (Sobre un fondo de las espumas agitadas se presiente lo desconocido y lo nuevo, la invitación al viaje, el trayecto de embarcaciones que varaban en el charco sucio de la infancia y de la muerte).

Pero la carne no es triste, aún, y yo amo algunos libros, algunas ciudades en cuyos rincones, ocultos o lujosos, he sabido que esa llamada también tiene su parte de crueldad, la antesala de un lenguaje que anticipa la ruina y jamás conduce al olvido, como quieren los tangos y ciertas canciones sentimentales. Casi siempre existirá un camarero que sirva, no más, esa última copa que no será ni la penúltima, porque aquellos que se deciden a adentrarse en los rituales nocturnos siguen itinerarios nunca fijos, pero de alguna manera coincidentes en la reiteración. Y buscan otro bar, acompañan al cierre de algunos, el madrugón de otros, hasta que llega esa hora que confunde las apariencias con la luz en un brillo grisáceo. Más dura será la resaca. Pero jamás el olvido, si no es bajo la forma de espejismo fugaz que se desvanece como el humo en las vidrieras de lugares sofisticados con estilo falsamente inglés, donde las parejas se sientan para acabar la tarde, antes de dirigirse a un reino impreciso, entre los vivos y los muertos, igual que los ángeles de Rilke. Invocar la pérdida a través de un conjuro inútil, restituir las máscaras: nada valdría. Sólo se sabe de un cuerpo que aún nos roza en las proximidades de las noches más intensas, cuando se ha compartido ese mismo ron, dócil como la arena, en horas de mejor recuerdo.

A falta de barriles de madera gastada en las bodegas, uno se conforma con pequeñas dosis, brebajes conocidos para aplazar siempre el momento de la retirada nocturna. Pero más lejos, mucho más lejos, oscuros barcos fantasmas se internarán en las tormentas de un mar irreconocible, y el viento hará que se aproximen a puertos donde nunca podrían fondear porque ya no vienen de este mundo, porque la mirada de los vigías seguirá fija en una línea de sombras, como un brindis último por todos los dioses destruidos.