Olvidos de Granada n.º 9

Son los celos

Antonio Jiménez Millán·
Son los celos
A. Warhol

Siempre te preguntas por qué termina y, a veces, comienza la noche en estos bares donde hay que alzar demasiado la voz y uno corre el peligro de que los empujones derramen el vaso que inicia tu corto viaje hacia la embriaguez. Yo sé que no te gustan, pero tal vez sea un tributo inevitable a la moda, como si esa luz de neón, que a nadie favorece, os convocara secretamente a la ceremonia del roce y del gesto un sábado tras otro y, sin sentir, fuera instalándose en los ojos una expresión noctámbula y solidaria. Hace frío en la calle, no os atrevéis a salir. Alcanzar la barra es un proyecto más difícil que entender la semiótica y sus distintas escuelas; al final consigues otra copa, la tarea del héroe.

Esos ojos inyectados en Larios, la risa de aquella mujer, la música tan fuerte. Recuerdas los bares de hace muchos años, cuando la zona aún no había sido invadida por legiones de adolescentes; recuerdas, por ejemplo, a aquel personaje que se emborrachaba, casi metódicamente, quince minutos después de abrir su propio local. Pronto desapareció: su pasión madrugadora por el alcohol le conducía a jugarse las consumiciones con los clientes, a través de procedimientos diversos. Luego, esas tabernas semiocultas, diseminadas por calles estrechas y umbrías, lugares para cultivar los mitos de la bohemia, cuando tal cosa parecía imaginable, a ratos. Ahora sigues el viaje por escaleras y sótanos donde se arrastra la condición postmoderna. Crece la multitud: ellos son los ejércitos de la noche. Bajo esta luz que hiere, intermitente, giran al ritmo de una canción que evoca el terror del milenio, las aldeas perdidas, las almas en pena; por un instante aparece ante ti la figura del conde maldito, cabalgando por llanuras desoladas, señor de todos los fantasmas. Pero ya son otras leyendas, y la imagen de los héroes no es la misma: tal vez no exista ninguna.

La voz de Patti Smith se quiebra entre reflejos violáceos, describe caballos alocados que corren por los laberintos de la sangre. Adviertes en la pista una rápida marea en blanco y negro, mientras brillan metales recuperados de un tiempo bastante ajeno a estos cuerpos casi adolescentes. Fíjate en las miradas: una forma de agredir y defenderse. Antiguos tratadistas fijarían su temperamento, colérico o sanguíneo; a Stendhal le hubieran apasionado, sobre todo al principio, cuando se tomaba muy en serio aquello de analizar los comportamientos amorosos, e incluso algún clérigo de las lujosas cortes de Provenza se hubiese servido de ellas para establecer una complicada casuística sentimental. Sin embargo, a ti sólo te revelan que existe una buena dosis de mal humor en el ambiente y un repertorio de posibilidades que en nada se aproximan a las sutilezas de los trovadores. Más bien, los boleros de Moncho: ya saben todos a quién pertenece, ya todos han de advertir que es sólo suya, su propiedad privada, como un imperativo categórico. Pero en otro barrio de la ciudad, más moderno, ella lo vio salir, un coche sin luces, un golpe certero, y todo terminó.

La música, cada vez más fuerte. El humo en los ojos. Ella ha desaparecido y es hora de marcharse; por qué agotar la noche en este sitio, piensas. De repente la ves sentada junto a alguien que —luego lo sabrías— deseaba una mujer para toda la vida. Y sabrías también que a ella siempre se acercan los que exigen fidelidad por principios: una mala costumbre que empieza a no resultarte ajena, para su desgracia. Se despide de él. Salís a la calle y el frío de la noche te despeja de un agobio metido en alcohol y malas intenciones. Los faros alumbrarán un vértigo de calles vacías, las llantas rozarán las aceras al doblar esquinas demasiado familiares, cuando la primera claridad acompañe al frío, se extienda por el asfalto húmedo.

Permaneces callado, como quien presiente tormenta, y piensas que allí seguirán bailando, ahora con una música más cansada que fuese la expresión final del invierno. Ya no puedes arrepentirte: son los celos.