Todo lo que se ve
Doña Engracia llevaba al niño de la mano por el viejo camino de la finca y le decía constantemente:
—Todo lo que se ve es mío.
Luis miraba las lomas que recortaban su vista sobre el cielo, toda aquella extensión de terreno llena de almendros cargados de fruto le parecía el infinito. A través de una garganta se divisaba el mar, al que bajaban como agolpados los bancales llenos de verdor. Volvió sus ojos hacia ella, sus grandes pechos de matrona que, envueltos por la lustrosa tela negra de sayal, la tapaban la cara de media luna, los carrillos hinchados, la nariz aguileña, la piel brillante...
—¿Y el mar también es tuyo?
—El mar no, pero la playa sí.
—¿Me vas a llevar a que me bañe?
—Tal vez.
—Nunca me he bañado en playa propia. ¿Se siente algo especial?
—Se nota como un gusto en la entrepierna, pero eso está reservado al propietario.