Zaidín: 25 años sin Javier Egea

HOMENAJE A JAVIER EGEA
25 ANIVERSARIO DE SU AUSENCIA
El pasado 11 de noviembre de 2024 se celebró el acto de Homenaje al poeta Javier Egea en el 25 aniversario de su ausencia. Este homenaje fue organizado por el Club de lectura Entre ríos de la Biblioteca Pública Municipal Zaidín Vergeles-Francisco Ayala y asistieron amigos y familiares del poeta, además de admiradores y admiradoras de su obra.
En la mesa participaron Antonio Chicharro Chamorro, Enrique Morón, Juan Vida y la coordinó Alfonso Salazar. Entre el público se contó también con la presencia de lectoras y lectores de poemas (Eulalia García López, Ana Barea, Carmen Cruz), intervino la cantautora Ana Isabel López Siles, así como Eduardo Castro que se unió a la lectura. El acto fue presentado por Pedro Megías, director de la Biblioteca, y clausurado por Ángela Egea, hermana del poeta.
La Biblioteca Pública Municipal Zaidín Vergeles-Francisco Ayala se encuentra en el barrio donde residió y en el cual falleció el poeta, en julio de 1999.
La poesía de Javier Egea (Granada, 1952-1999) es una poesía llamada a mayor vida. Su poética voz única, más ella misma cuanto más parasitada por sus epígonos, no sólo seguirá sonando por mucho tiempo entre nosotros, sus coetáneos, sino que hallará con toda probabilidad otros destinatarios futuros que encontrarán en sus versos la palabra solidaria y cómplice, la palabra inquietante de rara hermosura y de facciones perfectas que, abrazándolos desde la raíz, se seguirá alzando en armas en contra de la soledad de los hombres y de la depauperada vida que ha hecho de los seres humanos poco más que sombras de sí mismos, bienes de mercado, señalando con su simple y marginal presencia, como en la práctica le cabe a buena parte del discurso poético contemporáneo, hacia nuevos espacios de vida histórica.
Si la muerte pudo con el poeta y truncó una poesía futura de imprevisible −pero siempre alto− vuelo, no podrá al menos con su legado poético.No olvidemos que la escritura es la condición material de la memoria histórica, espacio de experiencia y aprendizaje y fundamento último de lo que somos, como bien argumentó Emilio Lledó. Es el mejor consuelo que encuentro para soportar el hueco de la ausencia de veinticinco años de este excelente poeta de Granada que en plena madurez vital y creadora decidió emprender el viaje definitivo.
Por eso, dejados de lado los iniciales escalofríos y las indefectiblemente tópicas notas necrológicas que se sucedieron tras aquel día, sobresale que se haya editado con rigor su poesía completa y se siga estudiando y, como aquí y ahora hacemos, sea recordado para contribuir a la difusión de su obra, también a su comprensión y conocimiento, rescatándola del olvido y del silencio, de manera ocupe el lugar que pueda pertenecerle en el seno de nuestra cultura literaria.
A cambio, queda el regalo de su poesía, a la que entregó lo mejor de su joven vida − «Y al cabo, nada os debo; / debéisme cuanto he escrito», que escribiera Antonio Machado−; entre nosotros queda su breve, pero intenso legado poético: Serena luz del viento (1974), A boca de parir (1976), Paseo de los tristes (1982), Argentina 78 (1983), Troppo mare (1984) y Raro de luna (1990), entre otras publicaciones sueltas, antologías y colaboraciones varias, publicaciones a las que se han incorporado reediciones, antologías y las poesías completas. Un legado poético en el que Javier Egea, labrando su propio camino orientado hacia un horizonte de la mejor cultura histórica de que podamos dotarnos, la cultura de la solidaridad y justicia social, asume y usa con inteligencia y finura su propia tradición y se emplea a fondo, con mucho oficio creador, buen oído poético y una sensibilidad a flor de piel, para lograr unas buenas formas poéticas, unos poemas rebeldes y tiernos, tan líricos como narrativos, intimistas y doloridos, de ambición social, indagadores y llamativos, ya reflexivos ya irónicos, de corta o de larga andadura, jirones de hermosa luz al fin y al cabo, en los que inevitablemente se anuda la historia, nuestra historia.
Si, por otra parte, de algo nos sirve la experiencia de la vida, es poco más que para distinguir lo genuino y auténtico de lo falso. Aprendemos más de los errores que de los aciertos vitales y las derrotas y desengaños terminan por convertirse en preciosos instrumentos para agudizar un sentido materialista de lo real, una conciencia mínimamente realista de nuestro entorno. Digo esto, que vale para la vida entera, porque también tiene su vertiente en el dominio de la vida lectora. Así, después de todo lo leído, hecho el balance de créditos y descréditos, agotadas por el uso ciertas expectativas, secos los pozos de algunos entusiasmos, sumados los engaños y desengaños, puedo distinguir donde hay una voz y hay un eco y sentir donde, con toda la ficcionalización del yo que se quiera, hay un temblor humano traspasado de su historia de lo que es mero artificio o ejercicio dominado por el cinismo de su creador. En este sentido, resultan estremecedores versos como los que siguen: «Lo que pueda contaros / es todo lo que sé desde el dolor / y eso nunca se inventa». Javier Egea, en su vida y en su obra, ha sido y es troppo vero, quiero decir, ha sido y es verdadero hasta el exceso, lo que explica su inequívoca posición civil, su ubicación personal con respecto a las instituciones literarias, así como el básico tejido realista de su escritura poética abierto por sus márgenes a lo que sea necesario para su propósito creador (indagaciones en niveles sub, uso de elementos irracionales, inmersión en los referentes de la vida cotidiana en su tono menor con el consiguiente uso lingüístico de elementos coloquiales, etcétera). Todo ello al servicio de una obra que es resultado, pues, de una voz verdadera y una forma estética de acción. Por eso, ahora que releo sus versos con emoción y cierto turbamiento, noto una sensación análoga a la que sentí la primera vez que observé el retrato de Inocencio X realizado por Velázquez, sorprendido por la solución artística de los rojos y sus matices (fondo, sillón, birrete, muceta, rostro) y traspasado por la mirada de ese trozo de lienzo por lo que aludía sin serlo, lienzo que al serle mostrado por el artista al Papa una vez terminado, éste prorrumpió diciendo: «troppo vero».
El presente artículo, adaptado a la realidad de 2024, apareció publicado en Ideal. Suplemento de Arte y Cultura, en la sección «La aguja del navegante», el 5 de octubre de 1999 y, luego, recogido en La aguja del navegante (Crítica y Literatura del Sur), Jaén, Instituto de Estudios Giennenses de la Diputación Provincial de Jaén, 2002. Enlace en el repositorio de la UGR, DIGIBUG, http://hdl.handle.net/10481/48916

De El bronce de los días
(Port Royal, 2003)
(…) Por eso, cuando una mañana de julio del 99, leí en el periódico la noticia de su muerte, y tras asistir al sepelio, me acordé del maligno hado que, a veces, le rondaba la cabeza; y no sé cómo me vino a la memoria aquel soneto que en una noche de copas, hace ya muchos años, hicimos él, Juan J. León y yo. Juan, con su sentido del humor, le dio título de Conjuntivitis, por el hecho, como es lógico, de haberlo escrito, conjuntamente, entre los tres. Del soneto no se guarda el manuscrito, pero sí una copia a máquina. Quizá nuestro amigo Juan rompiese el original, tras copiar el texto. Hoy es difícil averiguar qué verso pertenece a cada uno, pero me consta que los dos últimos son de Quisquete:
Conjuntivitis
Vendrán por ti los hombres para quemar tu piel
y harán de ti una sombra más larga que la historia
y seguirás andando, rodando en esa noria,
envolviéndote en brasas sobre el blanco papel.
Vendrán por ti los hombres ofreciéndote miel
o la hiel pegadiza, o la sal, o la escoria,
que lleva el hombre anclada la niebla en su memoria
y su memoria es vana y su silencio cruel.
Pero el hombre es el libro que desata la vida
aunque a veces le llena las páginas de muerte,
aunque a veces le llena las páginas de olvido.
Vivir es olvidar, pues que quien vive olvida.
Recordar es la herida que en sueño se convierte,
en alba ajusticiada… Soy hombre y me suicido.
Quisquete (Sonetario)
A la memoria de Javier Egea
Esta tarde de abril, ya emigran avefrías,
te recuerdo en el bar con las piernas cruzadas
y es noble ademán de tus manos o espadas
que orlaban de amapolas a tus ideologías.
Tiempos de juventud, de vinos y alegrías,
de pulcros arrebatos y musas delicadas;
de sueños y canciones prohibidas y de osadas
palabras solidarias en fraternales días.
Esta tarde de abril, Quisquete, amigo mío,
paseas por mis ojos, como buen peregrino
que se acerca al jazmín prudente de los años.
Hoy te acompaña Juan León, por ese río
que a todos nos devora, altivo y asesino,
con su lluvia de cuervos estimando sus daños.
(Sonetario. Editorial Nazarí. 2020)

Los días con provecho
A Quisquete y a Javier Egea
Teníamos la vida por delante y el mundo parecía estar hecho a nuestra medida. Las horas, los días, los inviernos y los veranos ajustaban su paso al ritmo voraz de nuestra marcha.
Eran los años en que aprendimos a ser artistas y ciudadanos.
En las mañanas de verano, Luis pasaba por mi casa y rápidamente nos lanzábamos a la calle. La primera meta volante la teníamos en Servigraf, una imprenta que era también nuestra sede permanente. Después, recogíamos a Quisquete en su oficina de la Plaza de la Romanilla y pasábamos el control de avituallamiento con Mariano en la cafetería Goya. De vuelta, cumplíamos visita a nuestros héroes marginales del mercado de San Agustín: un aprendiz de unos sesenta años que tenía una oreja más grande que otra; el Perejilo, que durante un buen tiempo arengó a las hordas a comerse vivo al traidor de Jesús de Nazaret, y de forma muy especial a Miguel el Guardacoches, por el que sentíamos verdadera admiración. Dejábamos a Mariano en su Facultad, a Javier en su oficina y Luis me dejaba a mi en el estudio, pintando hasta la hora del almuerzo. Sobre las cuatro de la tarde acudíamos puntuales a la Piscina Granada, en donde ganduleábamos aproximadamente hasta las ocho, hora en que volvíamos a casa para vernos más tarde cenando en El Tiro o en el Tollín y las copas consecuentes en El 32, el Avellano, el Planta Baja o en La Tertulia.
Así rodaba la rueda de los días.
Pero a pesar de toda esa indolencia, del Tour de Perico Delgado y de las motos de Sito Pons, tuvimos tiempo de escribir Tropo Mare y El Jardín extranjero, de pintar Iré a Santiago, de inventarnos la colección Maillot Amarillo y de que Mariano nos descubriera los secretos de Passolini, de Bola de Nieve y de la Ópera.
Respirábamos el mismo aire, entendíamos el mundo de la misma forma.
Durante los cinco años que siguieron a la muerte de Javier, cada 29 de julio me dirigía temprano al cementerio para dejar un libro suyo sobre el mármol de su tumba, con la esperanza de que alguien siguiera viviendo en sus versos el compromiso con ese «pequeño pueblo en armas contra la soledad» que fue para él la poesía. Es decir, su propia vida.
(Ideal de Granada, julio 2009)
Los veranos, el verano
Los mejores recuerdos suceden siempre en verano. El verano eterno de las horas sin tiempo de la infancia; el de la adolescencia, lánguida y hormonada; el de la juventud vigorosa a la sombra de los altos álamos. Los veranos luminosos de cloro, cobalto y piel; síntesis de la vida misma, ida y vuelta, fulgor y muerte en ochenta días.
Con el paso de los años, los recuerdos se atropellan como en un trávelin de fechas imprecisas. Si acaso, se agrupan sin orden en décadas o en edades biológicas, olvidando y reconstruyendo el pasado según convenga. Por ejemplo, los ochenta son para mí un largo verano de diez o doce años vivido en compañía de un grupo estable de amigos junto a los que me formé como ciudadano y como artista. Eran los años del músculo y del comienzo de todo, porque todo estaba por hacer. También el amor. Un largo verano que emerge de un álbum de fotos felices, en las que se repiten los mismos rostros de jóvenes sonrientes. El rostro de Javier Egea, con su gorra de marinero de caseta de feria; el de Luis, ligeramente distraído contando sílabas; el de Mariano, con su cosmogonía del saber plegada y desplegada en sus revistas; el rostro de María José, terso y distante, no sé si enamorada; el de Mari Carmen, ligeramente melancólico y a punto de enfadarse. Y también Bárbara, Irene, las titas y los primos Arredondo y la Boni, una perra callejera que anidó para siempre en mis cuadros. En algunas fotos de aquellos veranos se aprecia un aire como de siesta o duermevela, que estaría muy presente en mis obras de entonces. En otras fotos anteriores, las de los primeros ochenta, el ambiente es decididamente explosivo y feliz. Unas y otras reflejan con precisión el tránsito de la euforia al desencanto de aquellos años, que tiene su expresión más nítida en ciertas fotos y dibujos del final de la década en las que aparecen con un protagonismo desolador las ruinas del pasado industrial y algunos edificios de los suburbios fronterizos con la Vega de Granada.
(Granada Hoy, agosto 2018)
Presentar a un poeta puede ser (sin duda, lo es muchas veces) un ejercicio insano, cuando no grotesco, casi de espectáculo de varietés –con todos mis respetos para los espectáculos de varietés.
Juan Carlos Rodríguez: “Como si os contara una historia”[1]
En la primavera de 1980, Francisco Javier Egea se marchó al Cabo de Gata y se instaló en una fonda junto al mar en la Isleta del Moro con una selección de libros de su propia colección poética y el primer volumen de Teoría e Historia de la producción ideológica de Juan Carlos Rodríguez tomado en préstamo de mi biblioteca. Su intención era la de dar a su escritura un giro radical (copernicano, diría alguien más sofisticado) en busca de una nueva poética que, siguiendo la enseñanza teórica de nuestro común compañero de la Agrupación Antonio Gramsci del PCE, dotara a sus versos de la carga ideológica y materialista de la que antes carecían. Llevaba además en la cabeza la idea de eliminar de su firma literaria el primer nombre propio y dejarla así reducida ya para siempre a la más corta y artística de Javier Egea con que desde entonces lo conoceríamos.
El resultado de aquel retiro voluntario del mundanal y ruidoso ambiente literario de la Granada recién salida de la dictadura y todavía algo reticente a los nuevos aires políticos de la democracia fue, en palabras de quien no en vano está considerado como inspirador teórico del movimiento La otra sentimentalidad, el profesor Rodríguez, «no un poeta más maduro, no un poeta más evolucionado, sino una cosa completa, radicalmente distinta. No Evolución sino Ruptura. Un poeta situado en un horizonte materialista, un poeta “otro”». Es decir, en otoño no sólo volvió Egea con nueva firma y nuevo libro, sino convertido también en un nuevo poeta, un poeta que no se movía ya «en la ideología de la palabra poética», como señaló Juan Carlos en la presentación de la primera lectura pública de Troppo mare, sino «en la consciencia de que la palabra no es nunca inocente, que la poesía es siempre ideológica, que la ideología es siempre inconsciente y que el inconsciente no hace otra cosa que trabajarnos y producirnos como explotación y como muerte».
Era la tarde del 28 de noviembre de 1980 y estábamos en la sala de Caballeros XXIV del Palacio de la Madraza, poco tiempo después del regreso a Granada de nuestro entrañable amigo y antiguo compañero de agrupación, convertido ya en el nuevo Javier Egea, al que nosotros seguíamos cariñosamente llamando Quisquete en la intimidad. Tras varios años de silencio poético, quería él dar a conocer algunos poemas de su más reciente producción en el marco del Aula de Poesía de la Universidad, entonces dirigida por Álvaro Salvador, y tuvo a bien elegirnos para su presentación a Juan Carlos y a mí. Acordamos que Juan Carlos se encargara del análisis de la obra, desde un punto de vista teórico-literario, mientras yo circunscribiría mi intervención al autor como persona, desde el punto de vista de la amistad y la camaradería. No debe por ello extrañar que el presentador crítico terminara su turno proclamando sin rodeos que Javier había regresado de Almería «convertido en el poeta que siempre quiso ser, habiendo roto al fin con la cárcel del rito y el mito de la palabra poética, para dar el salto a la poesía como práctica ideológica», cuando el presentador periodista que yo era había concluido el suyo (mío) cantando y tamborileando sobre la noble mesa de la antigua madraza, sin asomo de vergüenza y al ritmo de una vieja copla que aprendí de mi madre y que no tuve reparo en intercalar por dos veces en una semblanza pseudo-biográfica escrita especialmente para la ocasión, versificada en romance y con pretensiones de divertir.
Ahora, 43 años después[2], y cuando soy el único de los participantes en aquella presentación y lectura del «renacimiento poético sin vuelta atrás» de Javier Egea[3] que puede dar aún testimonio de lo allí acontecido, me atrevo a rescatar aquel poemilla para darle acomodo en este Cajón de sastre que la Academia ha tenido a bien reglarme y que aquí expongo al fin al juicio de sus posibles lectores.
Romancillo para la lectura de Javier Egea
Con mi respeto al maestro,
a quien mi acuerdo he de dar,
quitarle hierro al asunto
tócame a mí lo intentar.
Hay en Graná un poeta
de escritura tan genial
que entre cientos de colegas
tengo yo a bien destacar.
Egea por parte de padre,
Javier por lo bautismal,
mas ni aquello ni estotro
se le acostumbra llamar.
Cachondo entre los cachondos,
y serio a marcha cabal,
que seriedad y cachondeo
sabe bien compaginar.
Medio achavetao, piripi,
de gorra y barba total,
chulapón y más pinchete
que el gato de la posá.
(Cantando y tamborileando en la mesa:)
“Dicen que tienes pica-pica,
como el gato de la posá,
retírate de mi vera,
me lo vayas a pegar.
Marineritooo,
que vas por los mares
y en todos los puertos
tienes un amor,
pon-pon-pon-pón”.
Artista entre los artistas
y militante cabal,
que militancia y poesía
sabe bien compaginar.
Comprometido hace años,
ve la clandestinidad
no del todo superada
pa desdicha personal.
Mas no se arredra por ello
y pa’lante siempre va,
pinturero como nadie
y con cara de ganar.
(Cantando y con tamborileo:)
«Estudiantillooo,
que vas por los bares
y en todas las tascas
tienes un follón,
pon-pon-pon-pón.»
Egea por parte de padre,
Javier por lo bautismal,
mas ni aquello ni estotro
se le acostumbra nombrar.
Y ya no sigo, señores,
que aquí me mandan callar,
pues con tanta pista dada
quién no lo puede acertar.
Naturalmente les hablo
del Quisquete universal,
poeta de pluma en ristre
que bien lejos llegará
y que con gusto mayúsculo
hoy tengo a bien presentar.
(Granada, 28 de noviembre de 1980)
[1] Texto “dicho” en el Palacio de la Madraza a propósito de una lectura poética de Javier Egea e incluido en Dichos y escritos (Sobre “La otra sentimentalidad” y otros textos fechados de poética), Madrid, Hiperión, 1999.
[2] 44 ya en el momento de esta lectura
[3] Así lo califica Jairo García Jaramillo en el prólogo al volumen II de la Poesía completa de Javier Egea (Madrid, Bartleby Editores, 2012, p. 12).

Tras estas intervenciones de voces autorizadas, sólo quiero poner una nota de afecto sincero recordando a mi hermano, Quisquete, apoyándome en algunas palabras suyas, transcritas en el libro Javier Egea, 1969-1999 Taller del autor, que eran anotaciones muy personales de sus carpetas, ilusiones, pensamientos, detalles sensibles, del cual leeré algunos fragmentos, para:
1.- Destacar que la poesía fue su vida, que desde el inicio se trazó un destino. En 1969 para preparar un recital escribe:
(Porque) He aprendido en la vida que es mi deber propagar la sonrisa, propagar en mis versos una lágrima cierta que brote entre sus letras, para que alguien se sienta más fuerte, tan fuerte, que pueda romper el hilo más delgado con sus manos.
Y yo quiero cumplir mi destino con mis versos.
Aunque el viento se aleje, aunque me arda el pecho, aunque sienta en mis manos la furia del deseo, cumpliré mi destino: VIVIR, LUCHAR, PROPAGAR UN ALIENTO, AYUDAR AL QUE NUNCA ABRIÓ LA BOCA.
Y puedo decir que siempre fue fiel a esa idea.
2.- Además, resaltar la influencia que tuvo la música en su vida y obras. Recojo parte de lo que preparó para una tertulia en la Casa de Porras en 1994:
Tendría que remontarme a mi más tierna y perversa infancia para localizar mis primeros contactos con la poesía. Y de inmediato me llega el sonido claro de una voz, la de mi madre, que entona, acompañándose al piano, alguna canción napolitana. Aquellas melodías contaban historias de nostalgias y ausencias y amores apasionados. (…) Ya antes, antes siquiera de comprender las palabras de las canciones, oigo también el estímulo adormecedor de su voz susurrando nanas de letras cálidas con las que se iban cerrando aquellos ojos míos de mil novecientos cincuenta y tantos llenos ya de un asombro y un miedo infinitos. Fue sin duda esta confluencia de música y letra la que inconscientemente me impregnó de eso que más tarde supe que llamaban poesía, con sus ritmos, sus rimas, sus cadencias y su discurso ideológico.
En otro momento dice:
Para escribir una obra necesito una tonalidad musical y un paisaje de fondo. Es entonces cuando me meto de lleno en una aventura que voy descubriendo poco a poco, Concibo el libro como un todo. Es una aventura con principio y con final.
3.- También quiero resaltar el valor de su autoformación. Continuamente tenía en sus manos unas cuartillas en las que tomar notas de un libro, desde autores clásicos a los contemporáneos y se relacionaba con el mundo de la cultura, como habréis podido ver en las fotografías expuestas.
Quisquete dejó voluntariamente nuestro mundo finito. Si después existe otra dimensión cósmica, cuántica, infinita … a la que pueda llegar la energía que se desprende de los aquí reunidos por la emoción que provocan sus versos él vibraría percibiendo cumplido su destino.
Bibliografía: Javier Egea Taller del Autor (1969-1999), Volumen I. Edición de José Luis Alcántara y Antonio Hernández García.Ed.Bartleby. 2015.
